RECHAZAR A CRISTO: UNA AMENAZANTE
POSIBILIDAD
Mis queridos hermanos y hermanas,
fieles laicos de Cristo. Muy amados y hermanos y hermanas de la
Vida Consagrada, mis queridos hermanos en el ministerio diaconal,
presbiteral, Cabildo de Guadalupe.
Alabemos, al Padre de la Misericordia que no deja
de mostrarnos su fidelidad y su ternura, a pesar de nuestras rebeldías
y de nuestras resistencias a mantenernos fieles a nuestra condición
de hijos elegidos y consagrados por Él por medio del bautismo.
Agradeciéndole una vez más, dispongamos nuestra mente y nuestro
corazón para dejar que la Palabra penetre en lo más hondo de nuestro
ser y seamos así verdaderos hijos suyos aceptando a su Hijo en
la fe.
La hermosa y al mismo tiempo dramática parábola
del Evangelio de hoy tiene un largo antecedente en la tradición
bíblica plasmada en la Sagrada Escritura, especialmente en la
literatura profética como lo podemos comprobar en la primera lectura
que hemos escuchado del profeta Isaías.
Ya en el siglo octavo a.C. el profeta expresó en
un bellísimo y sentido poema el amor despreciado y mal correspondido
de Dios por su pueblo elegido. Algunas veces, mis hermanos, echamos
mano de las figuras poéticas para expresar aún las cosas más dramáticas.
Así lo hizo el profeta que se consideraba amigo de Dios cuando
reprochó al pueblo elegido su actitud de desprecio frente a tantas
atenciones que Dios había manifestado para con él.
Hace una semana, el domingo pasado decíamos que
la vida cristiana consiste en la coherencia permanente entre el
decir y el hacer a propósito de un “sí’ generoso, de un “sí” permanente
a Dios que se traduce en las obras y en la actitud permanente
de obediencia. Hoy, mis queridos hermanos, tenemos en la primera
lectura un caso penoso, precisamente de incoherencia, que tiene
que hacernos reflexionar en nuestras actitudes como individuos
y como pueblo de Dios, es decir como Iglesia.
El poema profético describe, para comenzar, que
Dios ha tenido especial predilección por Israel colmándolo de
cuidados, de mimos, de bendiciones que se significan en los cuidados
estratégicos de un agricultor y propietario que se esmera hasta
en los mínimos detalles para que su viña dé los mejores frutos.
Inmediatamente, en la segunda parte del poema Dios reprocha a
ese pueblo-viña que no ha correspondido a tantos mimos, a tantos
cuidados y en la tercera parte una vez más Dios habla de las consecuencias
de la ingratitud.
En el Evangelio que hemos escuchado del evangelista
san Mateo, Jesús continúa con la tradición bíblica sobre el tema
de la viña par referirse al pueblo elegido.
Por eso, en la discusión con los jefes de Israel
no duda en traer a colación el tema que ellos muestran que conocen
y entienden ya que su reacción, según los versículos, que siguen
al texto que hoy se leyó, es la de acabar con Jesús (vv. 45-46)
a lo cual no se atreven por miedo a la gente que lo consideraba
un profeta. Jesús les hace entrar en la reflexión y provoca que
emitan un juicio que inmediatamente retuerce contra ellos. Lo
que Jesús reclama al pueblo de Israel, representado especialmente
por los jefes, es que, como los antiguos, tampoco el pueblo judío
actual daba los frutos esperados, antes al contrario, estaban
más renuentes y sordos que nunca. Ya no eran los profetas o siervos
de Dios los que venían de parte de Dios, es el Hijo único, el
heredero que vino a exigir, con todo derecho los frutos. Las palabras
con las que concluye Jesús este diálogo son muy contundentes
y desconcertantes.
Jesús asegura que les será quitado el Reino de
Dios y se le dará a otro pueblo que le permita dar frutos. Ese
otro pueblo, mis amados hermanos y hermanas, que hará fructificar
la viña-Reino de Dios es la Iglesia, somos nosotros el nuevo pueblo.
Y debemos entender, entonces, mis amados hermanos, que ésta no
puede, la Iglesia, nosotros, permanecer pasivos o indiferentes
ante este privilegio. La Iglesia es el otro pueblo que ocupa el
lugar de Israel, pero a ella también se le exige que de frutos.
A veces, mis amados hermanos, se nos olvida o, tal vez a veces
queremos ignorar deliberadamente, que lo que se nos da es gratuito,
pero trae una responsabilidad, es decir, exige una respuesta que,
también a veces, no queremos dar. No tiene sentido pensar, mis
hermanos, pensar que con nosotros sucede algo diferente de Israel
su pueblo elegido. Démonos por aludidos en el reclamo de Jesús.
Y más nosotros los mexicanos que tenemos la gracia y el honor
de que nuestra Niña y Muchachita desde hace 476 años camina a
nuestro lado.
Simplemente no podemos ignorar, mis hermanos, tantas
comunidades de la antigüedad cristiana que han desaparecido del
mapa; en el norte de África, en Asia Menor, por ejemplo, sólo
se recuerda el nombre de algunas de ellas, pero en su lugar existen
otras comunidades con otras creencias y muy diferente cultura.
Pensemos lo que está sucediendo con países de Europa donde ya
no es característica la fe cristiana. En Cambio vemos cómo van
surgiendo en África y en Asia iglesias con nuevas experiencias
y nuevas expresiones de fe. ¿No sucederá, dentro de poco, algo
parecido con nuestro pueblo tan católico de México? Preguntémonos
a la luz de la Palabra que hoy el Señor nos da, preguntémonos
con honestidad y valentía ¿hacia dónde va nuestro catolicismo
mexicano (¡y tan guadalupano!) ¿Hacía donde va que no da frutos
de justicia, de verdad, de amor fraternal sincero, de misericordia,
de perdón y de servicio? Que pena da nuestro país en este momento,
que pena, nos duele lo que está pasando en México, nos duele.
Pero es la consecuencia de nuestra incoherencia en la fe. Es la
consecuencia de no responderle al Señor el regalo que nos ha hecho
de la presencia amorosa de nuestra Niña y Muchachita Santa María
de Guadalupe ¿O acaso, mis amados hermanos, no significa nada
la ausencia cada vez más notable de nuestros templos de muchas
personas que buscan sinceramente a Dios en su vida? No debemos
olvidar que siempre está el riesgo de rechazar a Cristo en nuestra
vida, personal y en nuestra vida comunitaria. ¡Hay muchas maneras
de hacerlo y no siempre son tan explícitas!
Cada Eucaristía, mis amados hermanos y hermanas,
cada Santa Misa en la que participamos domingo tras domingo nos
permite expresar y pedir una fidelidad a Cristo cada vez más profunda,
cada vez más comprometida con la misión que Él nos encomendó desde
nuestro bautismo. Ojala que ninguno de ustedes venga a misa por
cumplimiento, cumplo y luego miento en la vida de todos los días.
Soy incoherente con la fe y esa violencia que nos está asechando
terriblemente, que nos causa pavor, comienza en nosotros, en
nuestra propia casa, porque no son hogueras, no son hogares, donde
este encendido siempre el fuego del Espíritu, el fuego del amor
de Dios que vino a traernos Santa María de Guadalupe hace 476
años. La comunión eucarística, que enseguida vamos a recibir,
mis hermanos, ha de significar la adhesión de todo nuestro ser
a la persona viva de Jesús y con Él al Padre misericordioso. Seamos
cada vez más responsables con este signo sacramental tan sublime.
Quiera Nuestra Niña y Celestial Señora, la siempre
Virgen Santa María de Guadalupe, modelo perfecto de fidelidad,
ser para nosotros la que nos acompañe de cerca en este proceso
de amor creciente a Cristo, el Hijo y enviado del Padre.
Que así sea, mis amados hermanos.