PERDÓN Y FRATERNIDAD, BASES DE TODA
COMUNIDAD
Muy queridos hermanos: continuamos nuestra reflexión en el
contexto de las enseñanzas de Jesús sobre la vida de su comunidad
de discípulos suyos. Hace una semana su enseñanza se centraba
en la falta cometida contra Dios y la comunidad y era motivo de
la corrección fraterna. Hoy somos instruidos acerca de las
actitudes que hemos de adoptar ante las ofensas personales.
Dispongámonos, este domingo, a abrir el corazón y la mente para
comprender en esta reflexión el vínculo que existe entre su
misericordia para con cada uno de nosotros y la misericordia que
debemos mostrar a través del perdón a quien nos ofende, pues
es en su misericordia donde encontramos la razón más profunda
para perdonar a quien nos ofende.
Tanto la primera lectura como el evangelio de hoy iluminan,
como siempre, nuestras relaciones con los demás en el tema
tan delicado como indispensable como es el de la capacidad de
perdonar como expresión perfecta de la misericordia que hemos
de practicar como discípulos de Jesús.
Se trata de un asunto ciertamente difícil porque los seres
humanos, experimentamos una fuerte resistencia al perdón dado
que “tendemos a recordar ofensas, desprecios, embrollos, en fin,
todos los males que hemos sufrido por parte de nuestro prójimo;
tendemos a tenerlos en cuenta y a volver una y otra vez sobre
ellos” (K. Stock). Esta práctica continua de llevar registro
de todas las ofensas va penetrando en lo más profundo de nuestro
ser, envenenando el corazón y la mente y, en definitiva, dañando
las relaciones de unos con otros.
De esta manera, mis hermanos, el perdón se hace muy difícil.
Vivimos en una en una cultura en la que dignidad y perdón se
contraponen radicalmente. Pretendemos justificar la negación
del perdón con nuestra dignidad ofendida. Sentimos tan fácilmente
conculcados nuestros derechos que los consideramos casi absolutos.
Y, pensando así, nos incapacitamos para vivir la fraternidad
que es la base de la capacidad de perdonar. El egocentrismo,
característico de esta época, nos priva de la alegría de la
libertad interior del perdón y de la paz que se traduce necesariamente
en fraternidad.
Sin embargo, mis hermanos, hoy Jesús y el libro del Eclesiástico
o Sirácide nos insisten tanto en la necesidad de perdonar para
ser perdonados por Dios como en lo abominables que son el rencor
y la ira. La verdad, hermanos, es que todos necesitamos en
cualquier momento perdonar y ser perdonados. Y, de hecho todos
alguna vez hemos sido perdonados, por lo cual todos deberíamos
estar dispuestos a perdonar.
Probablemente, mis hermanos, nos incapacitamos para perdonar
porque no nos hemos percatado suficientemente de que permanentemente
somos objeto de la gran misericordia divina. Es lo que
le pasa a ese hombre inmisericorde de la parábola con la que Jesús
nos motiva al perdón. Aquel hombre es gravemente insensible
a la misericordia del rey que no da una prórroga a su deuda
sino que se la perdona totalmente. Parece, mis hermanos, que ésta
es la raíz de nuestra incapacidad para perdonar. Podríamos
decir que cuando nos sentimos agraviados por nuestros hermanos
no deberíamos ignorar la misericordia de Dios para con nosotros.
Es muy conveniente, hermanos, que caigamos en la cuenta de
que ninguna comunidad puede desarrollarse y mantenerse sin
la capacidad del perdón en todos sus miembros. Esto es cierto,
hermanos, en cualquier clase de comunidad: la familia, la comunidad
parroquial, la colonia, la ciudad o el trabajo, así como la
comunidad de las naciones en el mundo. Ninguno de esos niveles
comunitarios está exento de conflictos. Y éstos son mayores y
variados como son las actitudes negativas como el egoísmo,
la soberbia, el resentimiento, la necesidad de autoafirmación
que solemos disfrazar de derechos y de dignidad mal entendidos.
Lo que construye las comunidades –que no se nos olvide– es el
amor. No es fundamentalmente la red de derechos y obligaciones.
Aunque nos parezca demasiado idealista, pero no podemos ignorar
o hacer a un lado nuestra categoría de hijos de Dios y hermanos
de Jesucristo, salvados y redimidos del pecado que destruye
toda fraternidad y fomenta la rivalidad, la competencia soberbia
y el odio.
La
Iglesia, como comunidad de amor, se reúne cada domingo para
celebrar la gran misericordia de Dios para con toda la humanidad
manifestada en la muerte de su Hijo. Es aquí, hermanos, en
la sabiduría de la cruz, donde aprendemos a construir la comunidad
desde el amor inigualable de Jesús que desde la cruz pide a
su Padre el perdón para todos sus hermanos los hombres de todos
los tiempos. Por eso la Eucaristía es una insustituible
escuela de perdón y de reconciliación. Ojalá salgamos siempre
de nuestras celebraciones con un deseo sincero y firme de vivir
en armonía construyendo la civilización del amor, la cultura
del perdón y de la reconciliación.
Que Nuestra Muchachita y Celestial Señora, Madre del amor y
de la misericordia, interceda siempre por nosotros para que
seamos, como ella, humildes y sencillos en nuestras relaciones
de unos con otros.
Amén.
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