LA CORRECCIÓN
FRATERNA ES UN SERVICIO
Mis amados hermanos y hermanas, fieles laicos
de Cristo. Muy amados hermanos y hermanas en la Vida Consagrada,
mis queridos hermanos en el ministerio diaconal, presbiteral,
Cabildo de Guadalupe.
La misericordia de Dios vuelve a ser hoy tema de nuestra reflexión.
En realidad, queridos hermanos y hermanas, nunca terminaremos
de profundizar en este misterio del amor de Dios. Pero hoy, hermanos,
hemos de contemplar este misterio divino en la Iglesia como una
experiencia comunitaria. Especialmente en su expresión sacramental,
que es la Penitencia como celebración de la misericordia divina
ejercida por la Iglesia, tal como lo deseo el Señor Jesús.
Pero antes de intentar profundizar en la dimensión sacramental,
conviene que veamos el deseo de Jesús, respecto a la corrección
fraterna, en su realidad cotidiana. Es importante que consideremos
este acto fraternal antes que nada como un servicio al prójimo
al mismo tiempo que a la Iglesia. Como podemos ya prever, mis
amados hermanos, se trata de un servicio de amor, mucho antes
que de castigo; y aunque pudiera, en caso extremo, llegarse a
la excomunión, ésta no tendría otro propósito que el que sirviera
como medicina. La Iglesia no excomulga por excomulgar, no, no
es su tarea, ni su misión. Es exhortar con amor, corregir al que
al que hierra. Y en este servicio, mis hermanos, estamos todos
implicados porque es responsabilidad de todos los miembros de
la Iglesia y no sólo de los ministros ordenados: sacerdotes, obispos
y el papa.
Así lo podemos deducir de la primera lectura donde Dios le
advierte al profeta Ezequiel que le pedirá cuentas de la muerte
del pecador en el caso de que no le advirtiera de su mala conducta.
Notemos que no se trata de andar haciéndole al policía ni mucho
menos que nos constituyamos en jueces de los demás. No se trata
tanto, amados hermanos y hermanas, de vigilar como de cuidar la
observancia de las normas que Jesús ha establecido para su comunidad,
a la que pertenecemos y en la cual servimos como señal en medio
del mundo. Se advierte, entonces, hermanos, que no podemos desentendernos
de los desórdenes que se suscitan en la comunidad, pues no benefician
ni al individuo ni a la comunidad. Pero este cuidado no puede
darse sólo por un prurito de orden moralizante o simplemente cultural.
Desde luego, que habremos de cuidar de no aparecer con una actitud
hipócrita al momento de corregir al hermano, sino de buscar realmente,
con sinceridad y amor, su salvación, como nos sugiere la primera
lectura.
El procedimiento en la corrección fraterna está bien señalado
por Jesús en el Evangelio de hoy. Ante la evidencia de una falta,
lo primero que hay que hacer es ser conscientes de que queremos
hacer el bien. Por lo tanto el primer acto ha de distinguirse
por la discreción y el respeto en la caridad con el que ha errado,
no con el cuchicheo y el cuchi, cuchi, a ver, no mis hermanos,
¿cuántas veces cometemos estos errores? Siempre el evitar escándalos
será lo mejor. No debemos, entonces, en primer lugar ir a hablar
con otros de las faltas de los demás, sino tratar directamente
el asunto con quien necesita corrección a fin de motivarlo a corregir
su falta.
En segundo lugar, dado el caso de que no se acepte la ayuda,
conviene que se acuda a personas dignas de crédito para que juntos
le hagan ver el error en que se encuentra. Así parece que la intención
de Jesús es que, a partir de criterios objetivos de la Iglesia
sirvamos, amonestando en la caridad, a quien ha cometido faltas
que así lo ameriten.
Y finalmente, ya como último recurso, Jesús ordena que se acuda
a la comunidad. Pero también en este caso, mis queridos hermanos,
hay que tener cuidado de entender que no es necesario exhibir
a la persona ante todos los miembros de la Iglesia, sino ante
la autoridad que, a nombre de ella, juzgue del caso e invite a
observar las normas de la Iglesia que, a su vez, no se ha dado
a sí misma, sino que las ha recibido del mismo Señor. Es así como
se entienden las palabras de ‘atar’ y ‘desatar’. Son la expresión
de la autoridad de la Iglesia que Jesús le confirió. En esta línea
va también el sentido del Sacramento de la Penitencia.
Pero en la vida ordinaria, queridos hermanos, las situaciones
reales se multiplican, y quiero, entonces, centrar la atención
en una muy importante: me refiero a la familia. Ésta es la primera
comunidad, pues en ella nacemos y se dan las más diversas ocasiones
de vivir el Evangelio. Es ahí donde crecemos y maduramos integralmente.
Resulta, entonces, muy oportuno recordar que es un lugar privilegiado
para dar y recibir con el mayor provecho el servicio de la corrección
fraterna. Ojalá lo ejerzan especialmente los padres con los criterios
del Evangelio y que los hijos la aceptemos, también, con lo criterios
del Evangelio. La corrección no es, obviamente, para sentirse
superiores, ni para desquitarse, ni para reprochar o lastimar.
No debemos tener temor alguno al ejercer este servicio si nos
dejamos conducir por el interés de ayudar al crecimiento integral
de los demás. Mis hermanos, no perdamos de vista siempre, siempre
será: caridad fraterna.
Este encargo de Jesús se realizará de la mejor manera si la
acompañamos de la oración. Si nos apoyamos en ella para ayudar
a alguien en el caso de que se encuentre actuando contra las normas
de la comunidad inmediata como puede ser la familia, o bien al
margen de la vida de la Iglesia. Por eso, mis hermanos, tiene
mucho sentido que en la Eucaristía, que es la oración más perfecta
de esta gran familia de creyentes, oremos por quienes están en
una situación de riesgo en nuestras comunidades. En ella lo hacemos
unidos en el amor y en la obediencia con Cristo, nuestro Maestro,
Señor y Hermano mayor.
Que nuestra Muchachita y Celestial Señora, la Morenita del
Tepeyac: la perfecta discípula de Cristo nos asista con su intercesión
a recibir con humildad la corrección cuando la necesitemos.
Que así sea, mis amados hermanos.