Homilía
pronunciada el Domingo II de Pascua por Mons.
Diego Monroy Ponce, Vicario General y Episcopal
de Guadalupe y Rector del Santuario.
27 de abril de 2003
LA PAZ DEL SEÑOR CONTRA EL MIEDO
Y LA DUDA
Aleluya,
hermanas y hermanos, La misericordia del Señor es eterna.
¡Aleluya!
El
Señor es grande y no deja de mostrar sus maravillas en medio
de nosotros, basta con que creamos para ver la gloria de Dios. A
lo largo del tiempo pascual continuaremos este canto de alegría
y gozo en la paz que nos brinda nuestro Salvador en medio de nuestra
asamblea dominical.
La
octava de Pascua nos da la gran ocasión catequética
para proponer el domingo como día del Creador, día
del Señor, día de la Eucaristía, día
de la Iglesia… día de la fe auténtica de los
que creemos sin haber visto.
La
Resurrección del Señor y nuestra resurrección
con él constituyen el gran don del Padre a la humanidad.
Son el principio y el término de la felicidad plena para
la criatura humana. El Resucitado lo recuerda hoy a los apóstoles.
Este domingo y el siguiente, mis hermanos, iluminados por la Palabra
revelada, centraremos nuestra atención en la contemplación
del misterio mismo de la Resurrección.
El
día de hoy, este segundo domingo de pascua, la Palabra nos
sitúa en el contexto de los acontecimientos que dieron origen
a la fe de los apóstoles que, a su vez, nos transmitieron
mediante su testimonio. Desde sus inicios, la Iglesia trasmite la
fe por el testimonio y la predicación. Los sacramentos, esos
signos sagrados no siempre bien comprendido y apreciados en toda
su profundidad, especialmente el sacramento del agua —es decir,
el bautismo— y el sacramento de la sangre —es decir,
la Eucaristía—, junto con la obra del Espíritu
son los testigos de esta nueva realidad misteriosa en la que nos
movemos, existimos y somos los cristianos.
Cada
domingo, mis hermanos, nos reunimos en torno al Señor como
lo hicieron los primeros cristianos. Al rededor de su mesa oramos,
cantamos y damos gracias por los dones de su misericordia. Y nos
reunimos porque creemos que Él está en medio de nosotros
para instruirnos y conducirnos con la sabiduría que sale
de su boca: su Palabra santa. Tal vez, algunos venimos, como fueron
los apóstoles aquel primer domingo después de la Resurrección:
con muchos temores.
El
temor no es buen consejero, porque paraliza, cierra la mente y el
corazón para ver la realidad, especialmente cuando se trata
de ver la nueva realidad que abre ante nuestros ojos el Señor.
El temor nos incapacita para abrirnos a la verdad. Para nuestra
fortuna la Verdad, es decir, el Señor Jesús quien
así se autodefinió, no tiene barreras para entrar
a donde Él quiere hacer el bien y tiene la capacidad para
abrir no sólo nuestras mentes, sino también nuestros
corazones.
Él,
que es manso y humilde condesciende con nosotros como condescendió
con Tomás mostrándole sus manos y dejando tocar sus
heridas. En efecto, en la Eucaristía nos muestra todas las
obras que realiza cada día y a lo largo de la historia y
de nuestra historia personal. Toda su historia de salvación,
historia de amor por nosotros, se entrecruza con nuestra historia
personal y comunitaria, historia de infidelidades y rebeldías.
Por eso sus heridas son las nuestras y nos las muestra para que
las aceptemos y creamos que han sido curadas por Él. Son
la prueba de nuestra infidelidad y al mismo tiempo de su amor fiel
y permanente. Ahí está el Señor muerto y resucitado
para nuestra salvación. El Señor continúa en
medio de nosotros.
Como
aquel domingo, el primero de la nueva creación, todavía
en el tiempo, es decir en la historia, pero proyectado hacia la
eternidad, hoy y cada domingo que nos reunimos como Iglesia mientras
vuelve el Señor, recibimos su Espíritu fuente de la
paz con la que somos enviados para continuar su obra en medio del
mundo.
Cada
misa, queridos hermanos, es un refrendo y un acrecentamiento de
la obra iniciada por el Espíritu en cada uno de nosotros
por el bautismo. Somos enviados a ser testigos como lo fueron los
apóstoles que vieron a Jesús ante Tomás que,
incrédulo, asistió al siguiente domingo con deseo
vivo de comprobar lo que le habían contado sus compañeros.
¿Cómo habrá transcurrido aquella semana para
Tomás después del testimonio de sus compañeros?
Seguramente, a pesar de su abierta resistencia para creer, no dejó
inquietarse ante su temeraria seguridad y sus exigencias.
Ante
la contemplación de este misterio, ¿no valdría
la pena preguntarnos o preguntar si nuestro testimonio después
de cada misa dominical es provocativo, firme, valiente y entusiasta
como para hacer pensar y reaccionar a quienes comparten con nosotros
el trabajo, la casa u otra oportunidad? Preguntémonos si
alguien ha creído por nuestro testimonio.
El
Papa Juan Pablo II nos dice en su última encíclica:
En el humilde signo del pan y del vino, transformados en su cuerpo
y en su sangre, Cristo camina con nosotros como nuestra fuerza y
nuestro viático y nos convierte en testigos de esperanza
para todos. (Ecclesia de Eucharistía 62 2).
Que
el Señor resucitado al enviarnos, cada domingo, como testigos
de la Resurrección, nos haga, por su Espíritu, instrumentos
de su paz para la reconciliación del mundo. Se lo pedimos
con la intercesión cariñosa de nuestra Madre María
de Guadalupe, la Virgen de la Nueva Vida testigo fiel del Resucitado,
Reina de la paz.
Amén.