Homilía
pronunciada el Domingo XXXIII del Tiempo Ordinario
por Mons. Diego Monroy Ponce,
Vicario General y Episcopal de Guadalupe y Rector
del Santuario.
16 de noviembre del 2003
EL CRISTIANO, ALGUIEN QUE VIVE EN TENSIÓN HACIA EL
FUTURO
Hermanos
míos: alabemos al Padre de las misericordias, y démosle
gracias, por habernos llamado en Jesucristo, su Hijo, a participar
de la plenitud de su vida hacia donde nos dirigimos ya desde ahora
en los quehaceres de esta vida.
Así
es mis hermanos, la vida del cristiano transcurre en tensión
permanente entre el presente y el futuro. Lo cual no significa que
viva enajenado por él. Pero en realidad, “somos futuro”
como reza el título de un libro de un autor contemporáneo
(L. Boros). El futuro nos llama permanentemente y da sentido a nuestro
presente. Y lo vivimos de una manera natural, sin angustias ni temores,
porque ese futuro se va perfilando desde el aquí y el ahora
de la fe que nos hace vivir en la esperanza y en la práctica
del amor. La fe nos impulsa a construir el futuro que no sabemos cuándo
llega, pero esperamos en la perseverancia y la paciencia precisamente
porque estamos ya comprometidos en él, pues, aunque todavía
como promesa, lo hemos aceptado, y recibido.
Hay en las
Sagradas Escrituras, una literatura que se conoce como apocalíptica.
Se caracteriza por ser marcadamente simbólica. Se produce en
tiempos difíciles de persecución y, en general, de crisis.
La finalidad que persigue este tipo de escritos no es atemorizar sino
alentar y consolar y, por eso, exhortar a la perseverancia y a la
conversión en medio de los conflictos. Estos escritos nos hacen
ver el futuro como el cumplimiento de las promesas de un Dios misericordioso.
La apocalíptica es considerada también como teología
de la historia.
Este es el
caso de la primera lectura y del discurso de Jesús. El libro
de Daniel, escrito hacia el año 150 a. C., muy probablemente
con ocasión de la guerra de los macabeos (167-164), escrito
bajo un pseudónimo, detalle propio de esta literatura, trata
de dar ánimo “a los judíos perseguidos, fortalecer
su fe y su fidelidad a la ley y alimentar su esperanza” (Biblia
de América). Por su parte, el capítulo 13 de san Marcos,
del que está tomado el evangelio de hoy, fue escrito también
en este tono apocalíptico. De manera que, aunque es un tanto
difícil de entender, ayuda un poco para su comprensión
saber que las indicaciones de la catástrofe son propias de
este estilo literario y que no se han de tomar al pie de la letra.
En este pasaje,
queridos hermanos, Jesús habla como un maestro a sus discípulos
a fin de que sepan vivir los acontecimientos de la historia en vistas
a su venida. Bajo esta perspectiva, el discurso apocalíptico
de Jesús adquiere un significado mucho más amplio especialmente
en los datos sobre Jerusalén (13,20) o sobre “esta generación”
(v.30) los cuales se refieren a todo tipo de tribulación que
han de sufrir los verdaderos discípulos, tal como le sucedió
al Maestro. Por tanto, las actitudes que hay que adoptar son las mismas
del Maestro: vigilar y orar (v. 33) exactamente como lo hizo en Getsemaní
(cf. 14,38).
Hermanos: La
razón de una actitud optimista y esperanzada de los cristianos,
en medio de las tribulaciones, la encontramos en la certeza que nos
da la fe en que el sacrificio de Jesucristo en la cruz nos ha conseguido,
de una vez para siempre, el triunfo y la perfección propios
de quienes hemos sido santificados con su sangre redentora, como se
nos dice en la segunda lectura.
Hermanos muy
queridos, toda la existencia de la Iglesia y de todos y cada uno de
los que la formamos está animada por esta gran verdad: la historia
se encamina hacia la perfección y la plenitud. No está
destinada al fracaso. Esto es lo que le da sentido a la perseverancia
y al deseo de ser fieles colaboradores de Dios en la historia de la
humanidad y de cada uno de nosotros.
Una vez más
nos aproximamos al fin del recorrido del año litúrgico
mediante la contemplación de los grandes misterios de nuestra
fe y la meditación asidua de su Palabra. Este año, en
el tiempo ordinario, nos condujo el Padre Dios por medio de san Marcos.
Los invito, por tanto, a agradecerle por habernos iluminado y fortalecido
y muy seguramente también consolado durante este camino; tal
vez también tengamos que pedir perdón por nuestra resistencia
a hacer vida la Palabra que se nos ha dado.
Sepamos, hermanos,
que no estamos solos en este camino por el que peregrinamos en la
vida. Continuemos esta marcha hacia la Patria prometida donde está
nuestra última morada. La tierra, con toda su hermosura no
es más que una etapa del viaje. Y sin embargo, no nos desentendamos
del todo de nuestra tarea de hacer de ella un lugar donde ya se empieza
a vivir el Reino que se nos promete en plenitud. Hemos de estar atentos,
es decir, vigilantes, para no caer en ninguno de las tentaciones permanentes
en la historia: angustiarnos porque el mundo se acaba y por lo tanto
desinteresarnos de él; o bien aferrarnos a él como si
aquí fuera nuestra casa definitiva.
Cuidemos este
mundo que el Creador nos ha dado como tarea. La fe no nos permite
evadirnos de la responsabilidad de hacer de esta gran tienda de paso,
que es el mundo con todas sus realidades, una etapa agradable y digna,
ordenada y justa, alegre y festiva, el lugar donde se gana el cielo
mediante las relaciones fraternales, justas, respetuosas y constructivas,
sin olvidar que en esta tarea tenemos también la gran responsabilidad
de cuidar el orden ecológico que Dios estableció en
la creación para bien nuestro y para gloria suya.
Tenemos entonces,
mis hermanos, frente al mundo, criatura de Dios, y ante la historia,
el deber de que todo llegue a su plenitud como una nueva creación,
en medio de las fatigas, el cansancio y hasta el dolor junto con la
alegría que da la certeza de cooperar en el proyecto salvífico
de Dios a través de la historia. Para los cristianos la historia
no es agonía sino proceso vital, es triunfo y es plenitud,
pues Cristo la transforma en una historia de pecado y destrucción
en historia de salvación. No nos quedemos fuera de ella, pues
todos estamos invitados a participar y ser colaboradores en este proyecto
de amor divino. En este empeño nos acompaña nuestra
Señora Santa María de Guadalupe y su confidente y mensajero
San Juan Diego Cuauhtlatoatzin, con su intercesión y su ejemplo.
Así
sea.