Mis
queridas hermanas y hermanos todos en el Señor, queridas niñas
y niños que se preparan para recibir hoy el sacramento de la
confirmación.
Hoy se renueva entre nosotros, ese
misterio de Pentecostés. En ese día recordamos que el Señor envió
sobre los apóstoles al Espíritu Santo como lo había prometido
y les confirió el poder de perfeccionar la obra comenzada en el
bautismo mediante el don del Espíritu Santo.
Así lo leemos en el libro de los Hechos
de los Apóstoles cuando San Pablo impuso las manos a algunos
bautizados y descendió sobre ellos el Espíritu Santo y empezaron
hablar en diversas lenguas.
Los obispos, que son los sucesores
de los Apóstoles han recibido este don, este poder y así, ya
sea por ellos mismos, ya sea mediante presbíteros designados legítimamente
para este ministerio nos van comunicando el don del Espíritu Santo
para que este don que habíamos recibido en el bautismo y que nos
ha hecho renacer como hijos de Dios a la vida, a la vida de Dios,
haga de nosotros mejores testigos de Cristo en nuestra vida diaria.
Si, bien es cierto, que en nuestros
días, esta presencia del Espíritu Santo se manifiesta de una forma
muy sencilla no como en los apóstoles el día de Pentecostés, con
prodigios extraordinarios como el don de lenguas, como el estruendo
que surgió en el lugar donde estaban; sino en la sencillez, es
cierto que ese don del Espíritu Santo lo recibimos para que cada
uno de nosotros vivamos con mayor profundidad nuestra fe.
Es el Espíritu de Dios, el que nos
congrega en un sólo cuerpo y aunque son muchos los dones, los
carismas que Él derrama sobre nosotros y muchas las vocaciones
o llamados que suscita en cada uno de aquellos que lo recibimos;
también es cierto, que tenemos que reconocer que es uno ese Espíritu
en cada uno de nosotros.
El don del Espíritu Santo, que ahora
van a recibir como un sello espiritual completa en cada uno de
ustedes que lo van a recibir esa semejanza a Cristo y los hace
miembros más perfectos de la Iglesia.
En efecto, no podemos olvidar que Cristo Nuestro Señor fue ungido
por el Espíritu Santo en el bautismo que recibió de Juan y así
fue enviado a realizar su obra y encender por toda la tierra el
fuego del Espíritu.
Ustedes mis queridas niñas y niños,
que hoy van a recibir precisamente el sacramento de la Confirmación,
no podemos olvidar que ya desde nuestro Bautismo Dios nos ha
consagrado para Él y que ahora al recibir el don del Espíritu
Santo nos va a fortalecer para que cada uno de nosotros al quedar
marcados por la señal de la cruz en nuestra frente seamos testigos
de Cristo, donde quiera que nos encontremos.
Tal vez es cierto que nos cuesta mucho
trabajo, quizás, dar testimonio. Entender de que se trata este
testimonio ser testigos de Cristo; sin embargo, yo creo que entre
nosotros los cristianos hay signos muy concretos a través de los
cuales nosotros manifestamos como debemos dar testimonio.
Son tres características las que
el Señor nos ha dejado y a través de las cuales podemos dar testimonio
de Jesús con nuestra vida.
No todos, quizás, tendrán el don de la palabra para hablar de
Jesús; pero sí, en nuestra vida, muchas actividades que realizar
que tienen que estar marcadas por esa presencia de Cristo en
medio de nosotros. La primera de ellas es el amor; así como Cristo
nos lo ha enseñado y nos lo ha dejado como mandato, amándonos
los unos a los otros como el nos ha amado.
La segunda el perdón, así como Él nos lo ha enseñado, sí cada
cual no perdona de corazón a su hermano tampoco el Padre lo va
a perdonar, señal elocuente de los cristianos es saber perdonar
a los hermanos cuando nos hacen daño, cuando hablan mal de nosotros,
cuando nos persiguen, cuando tienen alguna cosa contra nosotros.
Y la tercera, Jesús mismo nos enseña,
con su ejemplo, como tenemos que aprender a servir, Él se hace
sencillo y se pone a lavar los pies a los Apóstoles y Él nos dice:
Que, no ha venido a ser servido, sino a servir y a dar la vida
por los demás; de tal suerte, hermanos míos, que hay son tres
características que podemos decir que nos hablan de cómo podíamos
dar testimonio con toda sencillez de nuestra vida; amando, perdonando
y sirviendo a nuestros hermanos.
Esto es lo que debemos de manifestar
en nuestra vida de cada día, por eso es importante que ustedes,
niñas y niños procuren ser siempre miembros vivos de Cristo,
miembros vivos de la Iglesia y que se esfuercen ustedes por ser
conducidos por el Espíritu Santo para que en verdad delante de
los que estemos, nosotros podamos dar testimonio con nuestras
obras, con nuestras palabras.
Y todos nosotros que esta mañana acompañamos
a estos hermanos nuestros que reciben el sacramento de la confirmación,
pidamos también que el Espíritu Santo derrame sobre nosotros sus
dones y nosotros que en otro momento hemos sido ya confirmados
podamos ser mejores testigos de Cristo, donde quiera que nosotros
nos encontremos.
También a través de esos signos el
amor, el perdón y el servicio que la intercesión de nuestra Madre
la Virgen Santísima de Guadalupe nos ayude a todos para que cada
uno de nosotros sepamos dar testimonio de la presencia salvadora
de Cristo en medio de nosotros. Que así sea. |