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Homilía
pronunciada por Mons. Diego Monroy Ponce, Vicario General y Episcopal de Guadalupe y Rector del Santuario, en la Soleminidad de la Santísima Trinidad.

3 de junio de 2007

DIOS NOS DA A CONOCER SU MISTERIO

Alabemos, hermanos, a Dios, el Padre de nuestro Señor Jesucristo y al Espíritu Santo que procede de ambos y nos hace conocer cada día su misterio insondable de amor por nosotros. Por la fe en este Dios Uno y Trino hemos sido hechos hijos suyos por el amor que nos tiene; por esta fe, don de su Espíritu, podemos llamar con toda confianza y verdad ‘Padre’ a nuestro Dios, el único y verdadero que nos ha mostrado Jesús nuestro hermano y Señor.

Hoy celebramos en la Iglesia, mis hermanos, el gran misterio central de nuestra fe: la fe en un solo Dios, Uno y Trino. Se trata del misterio central de la fe cristiana sin el cual no podemos llamarnos con propiedad cristianos. Porque hay, mis queridos hermanos varias formas de referirnos a Dios, pero lo propio del cristianismo es la fe trinitaria. El Dios en quien creemos no es un concepto vago y etéreo. Es más bien un Dios con un rostro que se nos ha revelado en Jesucristo, el Hijo de Dios y hermano nuestro.

Efectivamente, hermanos, sabemos por la fe que el Padre envió a su Hijo precisamente para darnos a conocer el misterio de su ser –pues Cristo es  el rostro del Padre –a fin de que conociéndolo experimentemos su amor y, acogiéndolo y correspondiéndole,  entremos en la intimidad de su misterio. ¡En esto consiste la salvación! No es otra cosa que esto precisamente.

Por eso, es de primera importancia que comprendamos cada vez más, con la ayuda de su Espíritu, cuál es la obra que Dios realiza a favor de nosotros mediante cada una de las divinas personas. Y para alcanzar esa comprensión nos envió Jesús su Espíritu, según lo escuchamos en el Evangelio de san Juan.

Veamos de cerca cómo la palabra de Dios nos ayuda a esta comprensión, tan necesaria como sorprendente, a través de lo que nos dicen las lecturas de este domingo.

En la primera lectura escuchábamos a la “Sabiduría de Dios” personificada que habla de sí misma como alguien que tiene su origen en Dios y que está presente desde la creación del mundo y que tiene la tarea de conducir a los hombres a Dios. En realidad, hermanos, para los cristianos, el texto nos revela un aspecto del misterio de Cristo, el Hijo de Dios. Palabra viva de Dios. Es la sabiduría de Dios, como lo llama san Pablo (1Co 1,24). Sabiduría que nos revela mejor que nada y mejor que nadie el verdadero rostro de Dios nuestro Padre que nos ama con ternura y misericordia.

Esta sabiduría no nos revela sólo a Dios, sino que nos descubre la realidad más profunda de nosotros mismos: que somos obra de su sabiduría y que, por eso, hemos sido creados para Él. En Cristo sabemos, por la fe que nos infunde su Espíritu, que todo tiene su sentido pleno en Él, puesto que todo ha sido creado por Cristo, que todo tiene su consistencia en Cristo y que en Él tiene su destino. De manera que el bien, lo bello, la vida y lo que se deriva de esto: las artes, la ciencia, las culturas, en fin, la historia y toda realidad humana; todo revela la bondad del Dios en quien creemos, porque el Hijo está en el origen y en el destino de todo lo que existe. Las ciencias tienen todavía mucho que explicarnos, pero la razón última de todo cuanto existe está en la Sabiduría creadora de Dios que es su Hijo.

La segunda lectura nos da un elenco de dones y bienes que se nos han dado: en primer lugar la paz que nos ha obtenido Cristo mediante la fe en Él; el acceso al favor (gracia) de Dios, a la esperanza de la gloria de Dios; pero especialmente el amor de Dios que ha sido derramado en nosotros por el Espíritu Santo que se nos ha dado. Este es el don por excelencia que Cristo nos alcanzó con su Espíritu Santo. Aquí esta la verdadera explicación de nuestra existencia. Por eso he dicho, mis hermanos, que la revelación del misterio de Dios Trino y uno es también revelación de nuestro ser, pues al conocer que nuestro origen y nuestro destino están en el Señor, podemos mantenernos en la paciencia y en la esperanza en medio de tribulaciones y oposiciones que no faltan en nuestro paso por el mundo.

En el evangelio escuchamos a Jesús que, a punto de dejar a sus discípulos en la noche anterior de su pasión, les asegura el don de su Espíritu de verdad que hará precisamente la labor de guiarlos en el conocimiento cada vez más profundo y verdadero de todo lo que les ha enseñado. Efectivamente, Jesús había dicho y hecho muchas cosas ante los discípulos, pero estaba bien claro que, hasta el día anterior a su pasión, no entendían muchas de ellas. Jesús sabe muy bien que tendría que decirles muchas cosas más, pero, por el momento no podrían entenderlas porque les faltaba una capacidad especial la cual les daría el Espíritu Santo. De esta manera es como el Espíritu da gloria a Cristo, de la misma manera que lo hace Cristo con respecto al Padre de quien ha recibido todo.

Por tanto, hermanos, tenemos una solo revelación que tiene su fuente en el Padre, se realiza a través  del Hijo y se cumple en los creyentes por medio del Espíritu Santo que cierra la dinámica de la fe y del amor entre Dios y sus criaturas los seres humanos.

Toda la vida de la Iglesia se desenvuelve en el seno del misterio trinitario. La Eucaristía es la más perfecta expresión de esta realidad misteriosa tan fundamental para la vida de los creyentes. En la Eucaristía, mis hermanos, dirigimos nuestra oración de alabanza, de súplica de perdón y de petición unidos a nuestro hermano y Señor Jesucristo y movidos por el amor de Dios que nos hace experimentar su Espíritu. Por medio de la Escritura el Espíritu nos hace comprender cada vez mejor, y con mayor profundidad, su Palabra que nos santifica y nos transforma, como Iglesia o comunidad creyente, en templo suyo en medio del mundo para ser testigos de la maravillas de Dios.

En medio de la Iglesia está nuestra Señora, la Madre de Dios, Nuestra Muchachita Santa María de Guadalupe nos enseña y acompaña en este camino cada vez más alegre, aunque no sin sufrimientos, hacia la patria donde nos espera el Padre. Amén.

 
 
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