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Homilía
pronunciada por
Mons. Diego Monroy Ponce, Vicario General y Episcopal de Guadalupe y Rector del Santuario, en el VII Domingo Ordinario.

18 de febrero de 2007

PERDÓN: EXPRESIÓN DEL AMOR Y LA CONFIANZA EN DIOS


Hermanos: demos gracias y alabemos a Dios, nuestro Padre, rico en misericordia, porque con su perdón nos da la prueba más grande de su amor por nosotros.

Este domingo nos regala Dios mediante su Palabra una gran alegría y consuelo, a la vez que, como siempre, nos señala su voluntad para que cumpliéndola le demos gloria y nosotros salgamos profundamente beneficiados.

No podemos, queridos hermanos, decir que somos verdaderamente cristianos si no somos imitadores auténticos de nuestro Padre misericordioso. No se trata de un deseo pretencioso. Es una orden, un mandato del Señor Jesús que tiene antecedentes ya en el Antiguo Testamento. Exigencia, por lo demás, tan alta, que resultaría imposible de llenar si quien nos lo exige no nos asistiera con su poder y su gracia. Entendido así, esto resulta ser, entonces, un doble don: ser imitadores del Padre y recibir la fuerza de su gracia para alcanzar lo que nos pide. Ya clamaba, por eso, san Agustín: “pídeme lo que quieras, pero concédeme lo que me pides”.

Hay una invitación explicita del Señor Jesús a no quedarnos con lo que suele ser ordinario y lógico como amar a los que nos aman y dar a los que también van a dar. Jesús nos invita a ir más allá; por eso vuelve a insistir “Ustedes, en cambio, amén a sus enemigos, hagan el bien y presten sin esperar recompensa”.

Amar de esta manera, así como nos pide Jesús, sólo es posible experimentando el amor gratuito de Dios que “es bueno hasta con los malos y los ingratos. Es precisamente en este amor que se nos da y que damos, donde el hombre puede alcanzar la meta de su felicidad y reconocerse como verdadero hijo de Dios. En el amor nunca se pierde. Entre más se da, más se recibe; entre más nos damos más plenos y felices nos sentimos. Así lo dice Jesús: “Den y se les dará: recibirán una medida buena, bien sacudida, apretada y rebosante en los pliegues de su túnica.  

Como cada domingo, dejemos que la Escritura en los textos de este día nos ilustre acerca de este don misterioso, expresión de la ternura de Dios para con nosotros.

En la primera lectura que hemos escuchado del primer libro de Samuel, tenemos una ilustración perfecta de la enseñanza y del mandato que hoy nos da el Señor en el evangelio de Lucas.

David, que había sido encarnizadamente perseguido por Saúl, tuvo la oportunidad de matar a su acérrimo enemigo; sin embargo, oponiéndose terminantemente a la propuesta de su compañero Abisay no lo hizo porque reconoció en Saúl al representante de  Dios, justamente como se consideraba, en aquel entonces, al rey. Por eso no quiso correr el riesgo de ser castigado por tal atentado. Me parece, mis hermanos, que la conducta de David frente a Saúl y delante de Dios, nos enseña que saber y poder perdonar implica una gran certeza en la fe de que es Dios el único que sabe hacer justicia en su momento, especialmente a favor de quien es fiel y justo.

Sin embargo, hermanos, mientras que a Saúl sólo le mueve el respeto a Dios —lo cual ya es mucho— el salmo 102, que acabamos de cantar nos da una razón para perdonar, quizá todavía más completa: Dios ha perdonado todas nuestras culpas sólo por su misericordia, pues no nos trata según nuestros pecados; ni nos paga según nuestras culpas (vv 9-10). Entonces, saberse perdonado y confiar auténticamente en la justicia divina son dos razones muy profundas para no desear la venganza y saber perdonar.

En el evangelio nos transmite Jesús las enseñanzas más radicales en esta línea en la que estamos meditando. Como en el sermón de la montaña del evangelista Mateo, aunque con sus características propias, también en el evangelio de san Lucas nos da Jesús un resumen de la moral cristiana.

Hermanos, no podemos negar que lo que nos pide el Señor está más allá de nuestras fuerzas. Más aún, hemos de aceptar en la humildad que lo que nos viene espontáneamente es el rechazo a tal exigencia. Humanamente es algo excesivo. Por eso es preciso que lo veamos, como ya decíamos, como un don. La moral cristiana no consiste principalmente en un esfuerzo; no es heroísmo; no es algo de lo cual exijamos recompensas o pagas. No. La conducta cristiana se funda sobre todo en el amor. En el amor recibido y prodigado. Es tener la experiencia de que Dios nos ha amado primero al grado de perdonarnos todo.  Es esto lo único que nos hace capaces de perdonar y hacer el bien incluyendo a los enemigos, a los que no nos quieren, a los que nos persiguen.

Como decíamos el domingo pasado, si Jesús, el Señor nos pide esto, es porque Él lo hizo primero. Tal vez por eso su mandamiento es algo inédito; es nuevo (Jn 13,34; 15,12), pues no había sido expresado, tal vez ni experimentado, por nadie antes de Él. Pero en todo caso, la novedad está no sólo en el ejemplo que Él nos da sino en la fuerza que nos da para actuar como Él.

Y esto es lo que celebramos en la Eucaristía cada domingo. Es en ella donde encontramos la raíz del amor fraterno. Es lo que se nos enseña y aprendemos a vivir en las asambleas eucarísticas. Es lo  más importante en la vida del cristiano y de la Iglesia en su conjunto, como signo de salvación; porque el perdón es expresión del amor total y perfecto. Es como el amor expresado en la cruz de Cristo, centro de nuestra celebración eucarística, que se proyecta en el mundo como un as de luz y de paz disipando las tinieblas del odio y la venganza.

Que Nuestra Niña y Dulce Señora; Santa María de Guadalupe, Madre del Amor, que nos une y nos reconcilia con su Hijo Jesucristo y entre nosotros mismos;  nos anime y nos aliente en la construcción de una familia, un México y un Continente mejor. Amén.

 
 
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