Hermanos: nuestro Dios y Señor, el Padre de nuestro
hermano mayor, Jesucristo, que es rico en misericordia y
generoso para perdonar, nos concede este tiempo fuerte de
conversión a fin de que, volviendo por los caminos de la
obediencia en la justicia y en el amor, alcancemos la vida que
Él nos ha prometido por medio de la pasión redentora de su Hijo
amado a quien resucitó de entre los muertos.
En su mensaje para la Cuaresma de este año, el Papa Benedicto
XVI nos propone permanecer como Juan y María, mirando al
que traspasaron, es decir, junto a Aquel que en la Cruz
consumó a través de su vida el sacrificio de salvación para
toda la humanidad. Insiste en el misterio de la Cruz como
revelación de la plenitud del amor de Dios, pues por este
misterio se revela enteramente el poder irrefrenable de la misericordia
del Padre del cielo. Dice el Papa: Cristo traspasado en la Cruz,
es la revelación más impresionante del amor de Dios, pues nada
menoscabó su amor por nosotros, aceptó pagar un precio muy alto:
la muerte de su Hijo Unigénito.
Mis amados hermanos, ¿Para qué y porqué hacemos penitencia?
La finalidad y la causa inmediatas son: para prepararnos
a la celebración gozosa de la Pascua y porque hemos
cometido pecados. La causa y finalidad remotas son: porque
estamos permanentemente inclinados al pecado y necesitamos
estar luchando siempre contra todo aquello que nos aleja de
Dios y de nuestros hermanos a fin de alcanzar la vida que
nuestro Hermano mayor, Jesucristo, nos ha obtenido con su muerte
y resurrección. Esto significa que nos preparamos para la Pascua
definitiva, no sólo la de este año.
Entonces, lo que nos mueve al arrepentimiento, a
la penitencia o a la conversión no es un vago sentimiento
de culpa sino la pena y el dolor de no corresponder al amor
que Dios nos ha mostrado a través de la vida, pasión, muerte
y resurrección de su Hijo. Es el anhelo del bien perfecto,
que consiste en una vida feliz al lado de Dios, nuestro Padre;
es esto lo que nos alienta a resistir a las tentaciones del
pecado y, si hemos caído, a levantarnos, reconocer con humildad
nuestras debilidades, a buscar los medios a nuestro alcance
para superarlas, contando especialmente con el auxilio divino
en el sacramento de la Penitencia.
Los recursos propios de la Cuaresma los tenemos bien especificados
en las lecturas de este domingo primero de Cuaresma.
Ésta nos propone una serie de prácticas que forman parte de
la ascesis cristiana: la oración, el ayuno y la limosna,
las cuales no son un fin en sí mismas, sino medio, método
o camino al servicio de la vida y de los valores que nos
exige el hecho de llamarnos y ser hijos de Dios y discípulos
de Cristo.
Oración es buscar con mayor asiduidad la unión con Dios, en la alabanza, la acción
de gracias y la súplica, a través de la oración junto con
y a partir de la escucha atenta y agradecida de su Palabra contenida
en la Sagrada Escritura y en los acontecimientos de la vida
privada, comunitaria y universal. Para orar es necesario
estar muy atentos a las múltiples formas que Dios tiene de hablarnos.
Así que orar exige de nosotros no sólo ratitos o momentos de
la vida, sino permitir que toda la vida transcurra bajo la
mirada de un Dios que nos ama y a quien amamos.
Ayunar es no sólo poner límites a la comida y a la bebida. Esto es la expresión
más tangible de otras abstenciones quizá, en determinadas circunstancias,
más urgentes. Ciertamente es signo de una lucha contra el
desmedido y egoísta apego a los bienes materiales, como
si en ellos se me fuera la vida, y con una inhumana falta de
sensibilidad a las carencias de tantos. Pero también el ayuno
debería abarcar todo aquello que nos perjudica en la salud
espiritual y material y que, para rematar, nos separa
de Dios y del prójimo. Ayunar abarca también el abandono
de falsas seguridades como son el poder y el placer.
Es importante que en este tiempo de Cuaresma empezáramos a eliminar
todo aquello que nos tiene atrapados en la esclavitud exigiendo
de nosotros nuestra confianza total, nuestra seguridad y felicidad
como si fuera nuestro dios.
La limosna nos es principalmente dar algo material. Es ante todo un
signo de misericordia, de compasión que se traduce en solidaridad
con quien sufre o carece de lo que necesita todo ser humano
para vivir dignamente como hijo de Dios. Y esto no es necesariamente
sólo lo material, pues las carencias y las necesidades del ser
humano son muy diversas. Todos, de alguna manera, necesitamos,
demandamos. Unos quizá atención o asistencia en la salud
sea por enfermedad o por la edad, por poca o por mucha, es decir,
porque se trata de niños o de ancianos. O tal vez sea necesaria
no la asistencia física sino la compañía, el efecto que proporcione
serenidad y alegría. Con nuestra simpatía y afecto al pobre,
al que poco cuenta, a todo marginado, al inmigrante… hacemos
de la ternura de Dios hacia todos sus hijos una experiencia
creíble. Pero todo esto, mis hermanos, no tendría sentido
si lo desligamos de la Pascua.
Sería signo sin significado real, formas sin contenido. Por
eso en la segunda lectura nos recuerda san Pablo que el
valor de todas estas obras está en la unión con Cristo a quien
aceptamos en el Corazón, es decir, en lo más profundo de
nuestro ser, en la fe, y anunciamos con la boca, es decir
con las obras.
Entonces, ayuno, oración y limosna son expresiones vivas de
la fe que nos permiten superar todas las tentaciones que sufrimos
como búsqueda de las cuatro “p”: parecer, placer, posser y poder;
tentaciones que Cristo venció y nos enseña a superar con la
fuerza de su Espíritu. En la Eucaristía celebramos al Dios y Señor de todo lo creado
que nos da desde su misericordia no sólo los bienes materiales,
sino también los espirituales que nos llevan a la gratitud (eucaristía)
para considerarlos no como bienes absolutos sino como medios
para compartir a fin de construir un mundo más justo y fraternal.
Nuestra Muchachita y Dulce Señora, Santa María de Guadalupe,
nuestra madre y maestra, nos da con su presencia un ejemplo
de solidaridad e intercede continuamente por nosotros a
fin de que logremos como pueblo de Dios cada vez mejor una sociedad
más justa y llena de paz. Amén. |
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