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Homilía
pronunciada por
Mons. Diego Monroy Ponce, Vicario General y Episcopal de Guadalupe y Rector del Santuario, en el I Domingo de Cuaresma. Y en la peregrinación de Guardias de Honor de Nuestra Señora de Zapopan Jalisco.

25 de febrero de 2007

ORACIÓN, DESAPEGO A LOS BIENES MATERIALES Y CARIDAD

Hermanos: nuestro Dios y Señor, el Padre de nuestro hermano mayor, Jesucristo, que es rico en misericordia y generoso para perdonar, nos concede este tiempo fuerte de conversión a fin de que, volviendo por los caminos de la obediencia en la justicia y en el amor, alcancemos la vida que Él nos ha prometido por medio de la pasión redentora de su Hijo amado a quien resucitó de entre los muertos.

En su mensaje para la Cuaresma de este año, el Papa Benedicto XVI nos propone permanecer como Juan y María, mirando al que traspasaron, es decir, junto a Aquel que en la Cruz consumó a través de su vida el sacrificio de salvación para toda la humanidad. Insiste en el misterio de la Cruz como revelación de la plenitud del amor de Dios, pues por este misterio se revela enteramente el poder irrefrenable de la misericordia del Padre del cielo. Dice el Papa: Cristo traspasado en la Cruz, es la revelación más impresionante del amor de Dios, pues nada menoscabó su amor por nosotros, aceptó pagar un precio muy alto: la muerte de su Hijo Unigénito

Mis amados hermanos, ¿Para qué y porqué hacemos penitencia? La finalidad y la causa inmediatas son: para prepararnos a la celebración gozosa de la Pascua y porque hemos cometido pecados. La causa y finalidad remotas son: porque estamos permanentemente inclinados al pecado y necesitamos estar luchando siempre contra todo aquello que nos aleja de Dios y de nuestros hermanos a fin de alcanzar la vida que nuestro Hermano mayor, Jesucristo, nos ha obtenido con su muerte y resurrección. Esto significa que nos preparamos para la Pascua definitiva, no sólo la de este año.

Entonces, lo que nos mueve al arrepentimiento, a la penitencia o a la conversión no es un vago sentimiento de culpa sino la pena y el dolor de no corresponder al amor que Dios nos ha mostrado a través de la vida, pasión, muerte y resurrección de su Hijo. Es el anhelo del bien perfecto, que consiste en una vida feliz al lado de Dios, nuestro Padre; es esto lo que nos alienta a resistir a las tentaciones del pecado y, si hemos caído, a levantarnos, reconocer con humildad nuestras debilidades, a buscar los medios a nuestro alcance para superarlas, contando especialmente con el auxilio divino en el sacramento de la Penitencia.

Los recursos propios de la Cuaresma los tenemos bien especificados en las lecturas de este domingo primero de Cuaresma. Ésta nos propone una serie de prácticas que forman parte de la ascesis cristiana: la oración, el ayuno y la limosna, las cuales no son un fin en sí mismas, sino medio, método o camino al servicio de la vida y de los valores que nos exige el hecho de llamarnos y ser hijos de Dios y discípulos de Cristo.

Oración es buscar con mayor asiduidad la unión con Dios, en la alabanza, la acción de gracias y la súplica, a través de la oración junto con y a partir de la escucha atenta y agradecida de su Palabra contenida en la Sagrada Escritura y en los acontecimientos de la vida privada, comunitaria y universal. Para orar es necesario estar muy atentos a las múltiples formas que Dios tiene de hablarnos. Así que orar exige de nosotros no sólo ratitos o momentos de la vida, sino permitir que toda la vida transcurra bajo la mirada de un Dios que nos ama y a quien amamos.

Ayunar es no sólo poner límites a la comida y a la bebida. Esto es la expresión más tangible de otras abstenciones quizá, en determinadas circunstancias, más urgentes. Ciertamente es signo de una lucha contra el desmedido y egoísta apego a los bienes materiales, como si en ellos se me fuera la vida, y con una inhumana falta de sensibilidad a las carencias de tantos. Pero también el ayuno debería abarcar todo aquello que nos perjudica en la salud espiritual y material y que, para rematar, nos separa de Dios y del prójimo. Ayunar abarca también el abandono de falsas seguridades como son el poder y el placer. Es importante que en este tiempo de Cuaresma empezáramos a eliminar todo aquello que nos tiene atrapados en la esclavitud exigiendo de nosotros nuestra confianza total, nuestra seguridad y felicidad como si fuera nuestro dios.

La limosna nos es principalmente dar algo material. Es ante todo un signo de misericordia, de compasión que se traduce en solidaridad con quien sufre o carece de lo que necesita todo ser humano para vivir dignamente como hijo de Dios. Y esto no es necesariamente sólo lo material, pues las carencias y las necesidades del ser humano son muy diversas. Todos, de alguna manera, necesitamos, demandamos. Unos quizá atención o asistencia en la salud sea por enfermedad o por la edad, por poca o por mucha, es decir, porque se trata de niños o de ancianos. O tal vez sea necesaria no la asistencia física sino la compañía, el efecto que proporcione serenidad y alegría. Con nuestra simpatía y afecto al pobre, al que poco cuenta, a todo marginado, al inmigrante… hacemos de la ternura de Dios hacia todos sus hijos una experiencia creíble. Pero todo esto, mis hermanos, no tendría sentido si lo desligamos de la Pascua.

Sería signo sin significado real, formas sin contenido. Por eso en la segunda lectura nos recuerda san Pablo que
el valor de todas estas obras está en la unión con Cristo a quien aceptamos en el Corazón
, es decir, en lo más profundo de nuestro ser, en la fe, y anunciamos con la boca, es decir con las obras.

Entonces, ayuno, oración y limosna son expresiones vivas de la fe que nos permiten superar todas las tentaciones que sufrimos como búsqueda de las cuatro “p”: parecer, placer, posser y  poder; tentaciones que Cristo venció y nos enseña a superar con la fuerza de su Espíritu.
En la Eucaristía celebramos al Dios y Señor de todo lo creado que nos da desde su misericordia no sólo los bienes materiales, sino también los espirituales que nos llevan a la gratitud (eucaristía) para considerarlos no como bienes absolutos sino como medios para compartir a fin de construir un mundo más justo y fraternal.

Nuestra Muchachita y Dulce Señora, Santa María de Guadalupe, nuestra madre y maestra, nos da con su presencia un ejemplo de solidaridad e intercede continuamente por nosotros a fin de que logremos como pueblo de Dios cada vez mejor una sociedad más justa y llena de paz. Amén.

 
 
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