¡CRISTO VIVE! ESTA ES NUESTRA FE!
Mis amados hermanos y hermanas:
¡Que la paz del Señor Jesús resucitado inunde nuestros corazones!
La resurrección de Jesucristo ha sido para nosotros un nuevo nacimiento.
Todos los años, la Pascua nos hace revivir lo más decisivo de nuestra
fe: que Jesús, muerto por amor, vive ahora para siempre;
y que nosotros, unido a él, hemos comenzado también una vida nueva.
No bastó una mañana. Ni una cena. Ni siquiera una semana. Y
a muchos no les basta hoy toda la vida. Es cierto, el hecho misterioso
de la Resurrección es algo muy difícil de entender y, por lo mismo,
de aceptar como algo cierto. Pero esto ha sido así desde el principio.
Jesús tuvo que estar con sus apóstoles y sus discípulos por cuarenta
días para hacerles asimilar su nueva forma de presencia, más misteriosa
que la de antes de su muerte y que muchos tampoco aceptaron. Los
discípulos, que antes lo habían seguido, estaban, en cierto modo,
preparados, aunque con la pasión se dieron a la desbandada. Podríamos
decir que Jesús, una vez resucitado, se dio a la tarea de re-unir
a su grupo de discípulos escandalizados.
Hoy queremos valorar y agradecer nuestra fe. La hemos recibido, no tanto por razonamientos,
sino por contagio; y sabemos que en el fondo es un don. Fue
Dios quien abrió los ojos de nuestra alma, para que lo pudiéramos
<<ver>>.
“Dichosos los que crean sin ver”. No se llega a la fe por pruebas físicas
o racionales. No sería la fe. No hay argumentos filosóficos o de
laboratorio que consigan alcanzar a Dios. Pero la fe tampoco es
irracional, no es un absurdo creer. La fe tiene también sus
razones y sus <<visiones>>. El creyente no ve a Dios,
pero ve sus signos y sus huellas. El creyente ve con el corazón.
<<Dichosos los limpios de corazón, porque ellos verán a Dios>>.
Quienes aceptan la resurrección lo hacen en la fe. Es la
única manera de involucrarse en ese misterio. Y podemos afirmar
que sólo dejándose involucrar, podemos creer. No es algo que se pueda
ver desde fuera. La resurrección es algo que resuelve muchos interrogantes
que por naturaleza se hace el hombre. Pero pertenece al campo
de lo divino que tiene mucho que ver con lo humano, con lo profundamente
humano, según el plan original de Dios.
Porque el hombre tiene sed de inmortalidad, de infinitud
y de permanencia, aunque naturalmente no sepa cómo conseguirlo.
Si lo acepta ha de ser a partir de que se le ha revelado. Se le
ha concedido como un don del Eterno. Eso pasó con los discípulos
que no podían salir de su desconcierto y confusión. Jesús tuvo
que explicárselo, como explicó toda su doctrina anterior a su muerte,
aunque ya por tres veces les había anunciado este momento de su pasión,
su muerte y su resurrección.
Este misterio se nos ha revelado hoy en Cristo. Por eso va unido íntimamente a su
persona en la cual hay que creer, es decir, aceptar en el riesgo
de la fe. Jesús llama a Tomás a la fe: ¡no seas incrédulo,
sino creyente! No se trata de ver o tocar para creer, pues eso
no es fe. Se trata de correr el riesgo de aceptar lo que se anuncia.
Así es la fe: nos hace ver y experimentar lo que creemos.
Por eso la corrección al apóstol Tomás es, por demás, muy dura. Pero
está llena de misericordiosa condescendencia.
Los discípulos creyeron y anunciaron lo que habían visto. Primero se lo comunicaron a Tomás
y después de la segunda ocasión, según el evangelio de san Juan, Jesús
mismo, enviado del Padre, los envió a su vez con el don del
Espíritu Santo.
“Como el Padre me ha enviado…”, dice Jesús. El discípulo
es invitado a dejarse modelar según Jesús, de la misma manera que
él se ha dejado modelar según el Padre. Lo que define a Jesús es
la misión, de ser “enviado”. También sus discípulos, y
la Iglesia como tal, serán definidos por la misión que él les
da. La misión evangelizadora y el mismo Evangelio, cobran
sentido con la bienaventuranza que el Resucitado dirige a los
creyentes: “Dichosos los que crean”, es decir, la finalidad
de la evangelización es que los que no conocen a Jesús sean “felices”
conociéndolo, sean “felices” en la fe.
El libro de los Hechos, que acabamos de escuchar en la primera
lectura, nos da cuenta, de una manera muy sumaria, cómo la primitiva
comunidad eclesial era desde el inicio una comunidad que se reúne
en un lugar ya bien definido a escuchar la palabra de los apóstoles.
Pero también podemos ver que se acerca una gran cantidad de hombres
y mujeres que iban aumentando número de creyentes a tal punto
que les traían toda clase de enfermos para que los curaran.
Tenemos, entonces, mis hermanos, que los apóstoles continúan
la misión de Jesús de una manera casi completa, pues hasta tienen
los poderes que Él tenía cuando pasó por este mundo haciendo el bien
y curando toda clase de enfermedades.
Podemos observar que desde el principio de la Iglesia,
como el mismo Jesús, también los discípulos anunciaban la
fe e invitaban a aceptarla con las palabras respaldadas por la el
testimonio. Sólo así podemos hoy también, como entonces, invitar
a que otros crean. Y muchos no creerán si no lo testimoniamos con
la propia vida.
Es en la Eucaristía donde vivimos la experiencia
de fe de que Jesús vive entre nosotros. Esa experiencia única
de cada domingo no puede quedarse en lo íntimo de nuestro ser. Como
los apóstoles con Tomás y luego con todos los judíos y
paganos, nosotros hemos de salir, como enviados al mundo, a la
familia, al trabajo, al mundo de la cultura y de la política,
a anunciar que es posible una nueva manera de relacionarnos y de ser
felices; que Cristo vive y camina a la lado de cada uno de nosotros
y con la Iglesia; que se conduele hoy, a través de cada uno de nosotros,
de todos y cada uno de los enfermos, los tristes, los marginados
y despreciados por un mundo consumista y tan superficial como
utilitarista.
En esta labor nos acompaña cariñosamente, y muy cerca de nosotros,
nuestra Niña y Dulce Madre de Guadalupe, la primera misionera…
Amén.