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Homilía
pronunciada por
Mons. Diego Monroy Ponce, Vicario General y Episcopal de Guadalupe y Rector del Santuario, en la celebración del XXXI Domingo Ordinario.

Domingo 5 de noviembre de 2006

LA VERDAD FUNDAMENTAL Y EL MANDAMIENTO PRINCIPAL

Hermanos: Alabemos a Dios nuestro Señor y Padre, que en su Hijo nos congrega cada domingo para darle gracias, para profesar nuestra fe en el único Dios verdadero y santo, así como para recibir la ayuda que nos brinda por medio de su Espíritu con la fuerza que nos hace capaces de vivir según lo que creemos y esperamos.

Mis queridos hermanos, hoy el Señor nos regala, mediante su palabra, una enseñanza muy importante para vivir a profundidad la fe a la que Él mismo nos ha llamado. Podríamos decir que la enseñanza de hoy nos ayuda a entender la fe y sus expresiones religiosas como un todo coherente entre las verdades fundamentales y las prácticas cristianas.

Esta reflexión es una buena oportunidad para comprender la religión como la consecuencia coherente de la auténtica fe. Doctrina y práctica moral no se contraponen en la vida del cristiano, de la misma manera como Dios no compite con el hombre. Esta reflexión también nos va a servir para evitar en nuestra vida dos errores: uno es el pasar la vida pensando que podemos centrar la fe sólo en una relación vertical con Dios, como, por desgracia, a veces oímos como único interés en la predicación de algunos grupos que se dicen cristianos; el otro error, el contrario, es el de ocuparnos en una filantropía meramente humanista sin tener en cuenta a Dios, de una manera horizontal.

La fe, como lo decimos repetidamente, tiene su origen en Dios, como un don suyo, pero se hace realidad en cada uno de nosotros hasta que respondemos a ese don. Y ya sabemos que esa respuesta es lo que constituye nuestro obrar en el amor, nuestro amor a Dios y al prójimo. Creer es, entonces, el fundamento del hacer. De manera que, mientras que creer en un solo Dios verdadero es el fundamento, el actuar en la obediencia a sus mandamientos es su consecuencia necesaria. Es decir obedecemos a Aquel en quien creemos y con quien nos sentimos en una relación íntima de amor. Por eso no tiene sentido decir que creemos en Dios si no nos interesamos por conocerlo y amarlo cada vez más para hacer su voluntad en la libertad y el amor.

Por eso la Iglesia, en nombre de Dios, nos propone hoy a nuestra consideración el credo judío, tan sencillo como profundo: Creer en el Dios uno, único y verdadero que se manifestó no sólo en la zarza ardiente, sino principalmente en la historia del pueblo elegido: la salida de Egipto, la posesión de la tierra prometida… Y observar cabalmente sus mandamientos. Nosotros, los cristianos como los judíos, creemos en un Dios que no es sólo un concepto, el símbolo de un ideal ni, mucho menos, un ser poderoso y eterno, pero alejado y ajeno a nosotros. No, nuestro Dios es alguien que se ha involucrado con nosotros de tal modo que creemos que se ha hecho hombre para hacernos experimentar su amorosa cercanía a fin de que nosotros pudiéramos llegar hasta Él. Nuestro Dios es Alguien que se ha hecho parte de nuestra historia.

Esta es la razón por la que aceptamos que nos pida que lo amemos sobre todas las cosas al grado de que nuestra vida no tenga ya sentido sin Él.  Y es a partir del amor a Él como podemos relacionarnos unos con otros y con las cosas de este mundo tal como él nos lo pide. Por eso lo escuchamos para conocerlo y así poder servirle como debe ser servido en el amor.

Entonces, mis queridos hermanos, no podemos dejar de escucharlo, como nos lo pide hoy, a fin de responderle en el amor total y absoluto.

Como podemos ver, desde las lecturas, ya en el Antiguo Testamento se mandaba amar a Dios y al prójimo, pero en dos momentos diferentes (Gén 6, 2-6 y Lv 19,18). Lo original de la enseñanza de Jesús está en haber hecho de los dos mandatos uno solo en el amor. De esta forma nos hizo conocer el proyecto de Dios de que quien ama a Dios debe también amar al prójimo. Amamos a Dios con el mismo corazón con que nos amamos unos a otros. Dios, lo repito, no compite con el ser humano, su criatura; no lo excluye para ser sólo Él. Al contrario, el cristianismo se caracteriza por su enseñanza, a partir de Cristo, de que el amor sincero y permanente al prójimo es signo de una relación fiel y amorosa con Dios.

Y, Como dice el interlocutor de Jesús en el evangelio de hoy, el maestro de la Ley: eso vale mucho más que todos los holocaustos y los sacrificios que una persona piadosa pueda hacer. Lograr un crecimiento en esta dirección es vivir la verdadera religión. Por eso continuamente estamos pidiendo el auxilio divino a fin de que vivamos coherentemente la fe que hemos recibido de manera inicial en el bautismo. La caridad es la mejor prueba de nuestra fe. Y ésta va en dos direcciones: la vertical, hacia Dios, en una relación íntima y personal; y la horizontal, ocupándonos del mundo en que nos tocó vivir, y en primer lugar de nuestros hermanos los más necesitados.

Cada domingo que nos reunimos para celebrar a Dios por todos sus dones, lo hacemos ante todo para darle gracias por el inmenso amor que nos tiene y para pedirle perdón porque no le correspondemos con la generosidad y gratitud con que deberíamos. Hoy digámosle con el salmista: Yo te amo, Señor, tú eres mi fuerza, ya (Sal 118) que si lo amamos con todas nuestras fuerzas, Él, que nunca se deja ganar en generosidad, nos hace, mediante el de su Espíritu, más fuertes para responderle con mayor firmeza, especialmente en lo que toca al amor al prójimo, pues si somos sinceros, en cierto modo es muy fácil —aunque no verdadero— amar a Dios, que amar al prójimo, pues aquello no se ve, y en cambio, del amor al prójimo tiene que haber evidencias: ‘obras son amores que no buenas razones’ dice la sabiduría popular. No puede quedar en buenas intenciones.  Todo esto significa que los creyentes no nos desentendemos de los quehaceres de la vida social, política, económica y cultural de nuestro entorno.

Que Nuestra Niña y Señora de Guadalupe nos ayude con su ejemplo y con su intercesión en el crecimiento de nuestra fe y en el cumplimiento de su voluntad en medio de las circunstancias que nos toca vivir. Amén.

 
 
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