LA
FE: EL RIESGO DE UN ENCUENTRO.
Hermanos: el Señor nos ha llamado a la existencia y
este llamado es ya mucho, sin embargo, no es todavía todo, pues
estamos llamados a una vida superior. Nuestra verdadera vocación
es una llamada personal en el amor misericordioso e infinito
de Dios, por eso va más allá del aquí y del ahora. Agradezcámosle
y alabémoslo por su delicadeza para con cada uno de nosotros. Que
Él sea el honor, el poder y la Gloria.
Hermanos, Dios que nos llama ha venido a nuestro encuentro
en la persona de su Hijo Jesucristo, nuestro hermano. Veíamos el
domingo pasado que Dios ha puesto en lo más íntimo de nuestro
ser el deseo de buscarlo, y que el que lo encontremos es
también obra de su misericordia, pues Él se hace el encontradizo
cuando, donde y como menos lo esperamos.
Las lecturas de este domingo nos invitan a reflexionar en la
búsqueda y en el encuentro del Dios verdadero. La búsqueda de
Dios, según lo que hemos afirmado, comienza en la llamada
innata que todos hemos recibido con la existencia misma, pues
creemos que fuimos llamados a la existencia para ser plenamente
felices y sabemos que nada ni nadie puede colmar este deseo innato
fuera de Dios mismo, según lo expresa san Agustín de Hipona:
nos hiciste para ti, Señor y nuestra alma no descansará hasta
repose en ti. Pero acerquémonos un poco a las lecturas que contienen
la Palabra de Dios, nuestro alimento.
En la primera lectura, el primer libro de Samuel nos
presente una escena bastante ilustrativa acerca de la vocación.
El joven Samuel, que se encuentra acostado y durmiendo en el
templo cerca del arca de la alianza, escucha tres veces una voz
que lo llama por su nombre. Dos versículos antes se nos indica
claramente que la palabra del Señor era rara, es decir, Dios no
hablaba y, por eso, él todavía no conoce la voz de Dios,
de manera que piensa que es Elí, su maestro, quien lo llama. Es
importante notar la prontitud y disponibilidad con que Samuel responde,
por un lado, y, por otro, la sensibilidad de Elí para discernir
que tal vez se trate del Señor que lo llama.
En el relato evangélico, el evangelista san Juan nos presenta
en primer lugar al Bautista dando testimonio de la Luz, precisamente
como lo había descrito en el prólogo (1,7.15): ¡Miren, ése es
el Cordero de Dios! Dice por segunda ocasión, pero en ésta él
se encuentra acompañado por dos seguidores suyos quienes,
al oír la indicación, se convirtieron en seguidores de Jesús.
Es también aquí importante la prontitud con que aquellos hombres
que seguían a Juan aceptan su testimonio y comienzan una cadena
de testimonios y seguimientos en torno a Jesús. En efecto, estos
hombres primero siguen y buscan a Jesús, y después uno de ellos,
el apóstol Andrés, al encontrarse con su hermano, Simón Pedro,
da, a su vez, testimonio diciendo: Hemos encontrado al Mesías.
Tenemos, mis queridos hermanos, en los dos pasajes bíblicos,
los elementos que conforman un verdadero proceso vocacional:
en ellos tenemos el llamado, que implica la iniciativa divina,
y el seguimiento o respuesta que caracteriza el elemento
humano. Pero también conviene hacer notar la función que desempeñan
Elí y el Bautista como facilitadores para entender, profundizar,
discernir e interpretar (A. Pronzato) la llamada, que
puede ser una voz materialmente percibida o un testimonio acogido
en la fe.
Samuel, haciendo caso de su maestro, se pone a la escucha: Habla, Señor, que
tu siervo escucha, dice acogiendo el llamado y, comprometiéndose
con su respuesta, se hace, así, disponible para Dios.
Los ex-discípulos de Juan, por su parte, realizan una serie bastante
completa e ilustrativa de un verdadero proceso vocacional: buscan,
siguen, ven, se quedan con Jesús y llegan a ver su gloria. Estamos,
hermanos, frente a un proceso de profundización en la fe.
Toda vocación, mis hermanos, tiene su origen en Dios. Sin ésta iniciativa
suya, puede ser otra cosa, menos una vocación o llamado de Dios
que reclame todo nuestro ser. Las lecturas que estamos meditando
nos llevan a caer en la cuenta de que Dios habla y se hace presente
para invitarnos a seguirlo cuando y donde menos los esperamos.
Por eso es determinante estar en una actitud permanente de atención
y apertura, es decir de búsqueda. La cita o el encuentro con
Él se da en el momento que Él dispone. Él pasa por nuestra vida,
es preciso estar atentos para decirle aquí estoy.
Hermanos, es necesario también señalar que, a la luz de esta
palabra que estamos meditando, para seguir la propia vocación se
impone una profunda experiencia de fe que sólo se da en el encuentro
personal e íntimo, diríamos, existencial, con Dios. El
verdadero encuentro no se da de oídas, por doctrinas —que por otro
lado son necesarias— o por meros sentimientos. Ese es el sentido
de la invitación de Jesús: vengan y vean. El evangelista indica
que ante esta invitación de Jesús, ellos fueron y se quedaron con
Él el resto del día: eran como las cuatro de la tarde. Nadie
como Jesús nos puede hacer descubrir nuestra vocación y el sentido
de nuestra propia vida. Por eso es necesario un trato íntimo
y permanente con Él.
Hermanos, esto es posible, en buena parte, si hacemos que nuestra
Eucaristía de cada domingo sea una experiencia profunda,
un verdadero encuentro con Dios, con Cristo, con la Iglesia,
su familia y con todos y cada uno de los que la formamos.
Otra forma de vivir esa experiencia es abrir la mente y el corazón
a tantas formas de presencia suya, especialmente las protagonizadas
por el prójimo, especialmente los pobres y marginados de la sociedad.
Que María, nuestra Niña y Señora de Guadalupe nos impulse
con su ejemplo y su cariñosa intercesión a realizar la vocación
no solo de cada uno de nosotros sino también la de ese pueblo
que Dios ha puesto bajo su protección. Amén.