Homilía
pronunciada por Mons. Diego Monroy
Ponce, Vicario General y Episcopal de Guadalupe
y Rector del Santuario, en la Celebración
de Navidad.
24 de Diciembre de 2005
Misa de Media Noche
EL VERBO SE HIZO CARNE Y PERMANECIÓ
ENTRE NOSOTROS
Demos gloria y alabanzas a Dios nuestro Padre quien con su bondadosa
misericordia nos ha hecho conocer el misterio de su amor en el nacimiento
de su Hijo como hijo de la humanidad para la salvación de todos.
Porque un niño nos ha nacido, un niño se nos ha dado
(Is 9,5). Es Hijo de Dios el que nos ha nacido y es Hijo de
la humanidad el que se nos ha dado. Esta es la buena noticia que,
por siglos, la Iglesia pregona para todo el mundo a fin de que los que
están dispuestos la acojan en el gozo y en la alegría. Según la primera
lectura, tomada de Isaías (52,7-10), Dios ha vuelto a mostrar
su poder pues se hace una vez más presente en medio de su pueblo como
lo hizo en el tiempo del Éxodo. Es más, se nos dice que, para consolar
a su pueblo, ha venido para quedarse con nosotros, y está en medio de
nosotros, pues se ha dignado hacerse uno de nosotros.
La primera oración de la misa, llamada oración colecta,
expresa, queridos hermanos, muy agudamente el misterio que hoy
celebramos. Pues además de habernos creado a su imagen, hace alusión
a que Dios nos llama, en su Hijo, a vivir su propia vida. ¡Maravilloso
intercambio con el que Dios no pierde nada y el hombre gana todo! ¡Toma
nuestra humanidad y recibimos a cambio la vida propia de Dios! ¡Qué
admirable comercio! Dejemos que este misterio de amor nos haga gozar
de la gloria de un Dios cuya gloria se manifiesta nada menos que en
su humillación. ¡Qué paradoja del amor divino!
Este acto de la misericordia divina, queridos hermanos,
nos lleva a considerar la nobleza de la vida humana. Ya su decisión
de habernos hecho a su imagen y semejanza es una obra de su gran misericordia
que ennoblece la dignidad de la persona humana. Pero el hecho de
la Encarnación por la cual Él se hace se semejante a nosotros es
algo que sobrepasa hasta la misma capacidad de comprensión. De tal
manera, mis hermanos, que no existen palabras que expresen con propiedad
y adecuadamente toda la profundidad de este misterio del amor de Dios.
La Encarnación , hermanos, le da a la vida su verdadero sentido.
La persona humana adquiere un valor que la coloca por encima de todo
lo que existe en el mundo.
El trozo del evangelio de este domingo que coincide con Navidad, mis hermanos,
nos da un resumen de todo el evangelio de san Juan. Como todo
el evangelio, el prólogo que hoy escuchamos es muy denso, pero los invito
a que nos detengamos a leerlo en el contexto de esta fiesta natalicia
del Señor. Los invito a contemplar la profundidad que entraña lo
que significa la declaración del apóstol y evangelista cuando dice que
Aquel que es la Palabra se hizo hombre y habitó entre nosotros (v.14).
Esa Palabra por la cual Dios creó todo lo que existe y sin la cual nada
puede mantenerse en la existencia, es el Hijo de Dios, la vida y
la luz verdadera que ilumina a todo hombre que viene a este mundo,
pero lo más admirable es que la Palabra se hizo uno de nosotros. Es
decir, asumió, sin dejar de ser Dios, nuestra misma naturaleza.
Se hizo, nuestro hermano de raza, de la raza humana universal,
no sólo judía. Se hizo compañero de viaje en este camino de la
vida por el mundo que nos toca vivir a todos los que pasamos por la
historia.
Y todo esto, hermanos, con el único propósito de salvarnos.
El salmo que hemos cantado proclama que la salvación es una realidad
de toda la tierra, pues toda la creación se ha visto beneficiada con
la obra que Dios ha realizado en la naturaleza. Esto es un prodigio
planeado desde la eternidad por el amor de Dios y prometido por los
profetas, tal como lo pudimos escuchar hoy en la lectura del profeta
Isaías y lo estuvimos escuchando durante el Adviento.
Precisamente el texto que hoy escuchamos, las palabras que
abren esta homilía conocida como carta a los Hebreos, no tiene
mejor ocasión que en este día de Navidad para comprender toda su profundidad.
La culminación de la revelación que Dios ha hecho a los hombres es,
efectivamente, su venida en la carne. Es decir, su nacimiento
como hombre considerado con todas sus debilidades, limitaciones y sufrimientos,
pero también con sus gozos y esperanzas que lo llevan a delante en todos
sus afanes. ¡Cristo, el Hijo de Dios es también Hijo de la humanidad!
Como Dios es reflejo de la gloria e impronta del Padre, nuestro
Padre, de manera que quien ve a Cristo ve también al Padre (Jn
14,9); Él es con el Padre creador y conservador de todo cuanto existe
en el universo visible e invisible (Hb 1,2-3;Jn 1,1-3) tal como fue
proyectado desde la eternidad.
Con la Encarnación el hombre, dañado por el pecado, ha sido
restituido a su estado original, pues en el nacimiento del Dios-hombre
comenzó la obra de restauración que culmina en la Pascua. Por eso, como
Hijo de la humanidad redimida, representa a todos los que buscan
vivir para Dios en la verdad, la justicia y la paz. Y sabemos que
sólo en Él —el Emmanuel, el Dios con nosotros— podemos llegar a realizar
el proyecto de Dios. Sólo con Él podemos alcanzar los anhelos más
nobles que Dios mismo ha puesto en cada uno de nosotros como son el
amor, la paz, la justicia, la verdad, el gozo y la felicidad. Para
eso ha puesta su tienda entre nosotros.
Quiera Dios bendecirnos con la búsqueda permanente de estos
valores y con la fuerza de su Espíritu para llevarlos a cabo cada día
a lo largo de nuestra vida. Que esto, queridos hermanos, sea el
fruto de la experiencia profunda de estas fiestas natalicias de nuestro
Señor y Salvador. Que cada Eucaristía nos haga vivir el misterio
completo de la Redención que inicia con el nacimiento del Emmanuel
y culmina con la Pascua. Seguramente la Virgen, nuestra Señora Santa
María de Guadalupe que vino a inaugurar y a mantener entre nosotros
una permanente Navidad, maestra de fe y esperanza, nos contagiará
de su amor fiel y contemplativo ante este misterio. Amén.