Hermanas y hermanos,
muy queridos en Cristo muerto y resucitado.
“Tu cruz adoramos Señor y tu
santa resurrección alabamos y glorificamos. Por el madero ha venido
la alegría al mundo entero”.
Estamos, mis amados hermanos
y hermanas, contemplando esta tarde el paso de Dios por la noche
del hombre. En verdad que Dios ha bajado mucho; ha descendido
hasta las simas más oscuras de la existencia humana; hasta los
infiernos de la soledad; la tristeza y el dolor. Pero este paso
de Dios realizado en Cristo pudo iluminar todas las noches humanas.
Cuando termine ese paso; cuando todos los rincones oscuros sean
iluminados, podremos hablar del paso definitivo de la Pascua.
Esta tarde nos reunimos para
contemplar el rostro doliente de Cristo crucificado. Queremos
acercarnos al misterio de la pasión y de su cruz. Queremos comulgar
con sus padecimientos. Queremos agradecer la inmensidad de su
amor. Al comenzar esta tarde la Celebración de la Muerte de Cristo,
celebración austera pero no triste, sobria pero cargada de emoción
y sentimientos. Todos hemos caído en tierra: arrodillados, postrados,
consternados en silencio meditativo y agradecido. Es la actitud,
mis hermanos, de quien adora ante esta realidad de un Dios que
muere por nosotros. ¿Qué otra cosa podemos hacer? sino echarnos
por tierra repitiendo en el corazón: qué grande y qué fuerte
Dios mío es tu amor. Cuánto me has amado. Tanto me has amado
Señor; tu amor ha llegado hasta el fin; tu amor nos ha salvado.
¡Gracias, muchas gracias Señor!
Como he dicho ya, mis amados
hermanos, la celebración de esta tarde es notablemente sobria
y a la vez muy rica en signos y profundamente expresiva. Toda
ella se centra en el madero de la cruz, como signo privilegiado
diríamos a la manera de sacramento por lo que ella significa;
por lo que ella realiza en la vida del creyente.
Hoy de hecho la Iglesia no
celebra la Eucaristía el más importante sacramento del culto Católico.
Pero, mis hermanos, asistimos al memorial mismo de la muerte del
Cordero Pascual. Como que la Iglesia nos hace ver hoy vivir muy
de cerca el mismo acontecimiento dramático que da origen
a la sagrada Eucaristía.
Mis hermanos y hermanas, veamos
en la cruz algunos aspectos que a lo largo del Año Litúrgico pasamos
por desapercibidos. La cruz implica sufrimiento, pero se trata
del sufrimiento que lleva la alegría, la de la Pascua, hoy ya
es Pascua. A través de las humillaciones, a través de las vergüenzas
y del escándalo, que suscita en muchos Jesús es glorificado por
el Padre y el por su parte da gloria al Padre. “Glorifica Padre
a tu Hijo, para que tu Hijo te glorifique”
Mis hermanos y hermanas muy
queridos, al contemplar mediante la escucha del profeta Isaías
la figura del Siervo y recorrer la pasión de Jesús nos movemos
a compasión y esto es muy natural, pero la intención de la Iglesia
al hacer revivir estas experiencias va mucho más lejos de provocar
sólo sentimientos.
Miren, san Juan en su Evangelio
del cual hemos escuchado la pasión de Cristo. Nos quiere llevar
a contemplar la gloria de Jesús en el trono de la cruz. En efecto,
mis hermanos, el Viernes Santo en la que se privilegie la compasión
a Cristo. Esta es la actitud tal vez más común de la piedad popular.
Pero la Liturgia nos invita a ir más allá del sentimentalismo
o incluso de una manera, diríamos, de un auténtico sentido de
compasión. La Iglesia mediante su Liturgia nos invita a creer
en el Mesías crucificado y a aceptar en la fe, que la muerte de
Cristo es el acto de amor supremo de Dios por medio del cual nos
salva. Que Dios ha querido manifestar todo su poder en la debilidad
de la cruz.
La Iglesia mediante la Liturgia
nos invita a creer en el Mesías crucificado y aceptar en la fe
que la locura de la cruz es más sabia que la sabiduría del mundo.
Y a partir de la muerte de Jesús en el Calvario todo en la vida
del creyente adquiere un sentido, diríamos imposible de alcanzar
por otros medios. La Iglesia mediante su Liturgia nos invita a
creer en el Mesías crucificado y aceptar en la fe, que gracias
a la cruz del Señor podemos tener la certeza de que todos nuestros
pecados, todos, absolutamente todos nuestros pecados han quedado
perdonados. Que después de la cruz no existe otra fuerza mayor
en el mundo que no sea la del amor.
Y finalmente, mis hermanos,
que la vida adquiere su mayor sentido en el amor. Los invito,
pues, a que adoremos a Cristo en su trono de gloria; a que adoremos
a Cristo en el madero de la cruz. Juntamente con su Madre, la
Virgen María, Stabat
Mater dolorosa Iuxta crucem lacrimosa, Dum pendebat filius. Estaba
la Madre, sí, llorosa pero firme al pie de la cruz. Otros muchos
discípulos huyeron de la cruz, ella no, estuvo allí, recia en
su fe, callada, sufriendo con su Hijo. Pero, mis hermanos, no
todo terminó ahí, es Pascua ya. Ella estuvo llena de gozo con
la comunidad que celebraba la Resurrección de Jesús, como estaba
también cincuenta días más tarde cuando bajó sobre la comunidad
la fuerza vivificadora del Espíritu en Pentecostés.
Estemos, pues, con María al
pie de la cruz adorando a Cristo en su trono glorioso en el madero
de la cruz.
Amén.