LA
FE NOS LLEVA A
LA ORACIÓN
Mis queridos hermanos
y hermanas, el Señor Jesús continúa mostrándonos el camino que
Él quiere que sigamos para ser sus discípulos. Hace algunos
domingos, nos indicó cuáles son las exigencias para que podamos
considerarnos discípulos suyos, y pudimos comprobar que se trata
de exigencias muy difíciles de atender sin una decisión sincera
y clara respaldada por una gran fortaleza y unida a la perseverancia.
Después nos hizo entender que eso no es posible sin renunciar a
muchas distracciones o afanes incluso legítimos como es el apego
a los seres queridos. Más adelante nos ha iluminado indicándonos
que una fe bien entendida nos lleva a la entrega confiada a Dios
hasta ponernos totalmente en sus manos en el amor y en la esperanza.
El domingo pasado nos hacía entender cómo la fe nos hace reconocer
que todo, absolutamente todo, lo que tenemos, sabemos y podemos
es don suyo y por eso la fe se traduce en gratitud se traduce en
humildad.
Hoy, los textos que
hemos proclamado nos permiten, como siempre, un encuentro con la
Palabra de Dios y nos hablan de otra consecuencia de la fe,
ésta es la oración humilde y perseverante. Pero antes de
abordar el tema central de este domingo, permítanme, mis queridos
hermanos y hermanas, detenerme un poco en la segunda lectura en
la que escuchamos a san Pablo en su segunda carta a Timoteo.
Entre otras recomendaciones
a su discípulo, el Apóstol le señala el recurso de la Sagrada
Escritura para enseñar, para convencer y formar en la justicia a
fin de que el creyente esté bien preparado para toda obra buena.
Aquí tenemos, mis queridos hermanos y hermanas, el documento bíblico
más explícito sobre la naturaleza de la Biblia: el texto bíblico
ha sido inspirado por Dios para nuestro beneficio espiritual y,
teniendo a Cristo como centro, nos conduce a la salvación, a
la felicidad. Es la razón, hermanos, por la cual la asamblea cristiana,
reunida como Iglesia, constantemente venera la Sagrada Escritura
la y escucha con devoción y la acoge con alegría en el corazón para
que nos fecunde, nos ilumine, nos fortalezca, nos lance a la acción.
Veamos, entonces, más de cerca los textos que la liturgia de este
domingo nos ofrece.
En primer lugar tenemos
la lectura tomada del libro del Éxodo que nos ilustra con
un ejemplo vivo protagonizado por Moisés, él es el protagonista,
en oración y Josué en la batalla contra los amalecitas. El mensaje
que nos da el texto tiene como tema el poder de la oración
como una actividad de la fe perseverante y continua. En un segundo
momento, pero como texto principal, tenemos el evangelio de san
Lucas que nos enseña, con palabras de Jesús, en forma de parábola
acerca de la necesidad de orar siempre. Miren, mis queridos
hermanos y hermanas, la enseñanza es sencilla, pero no por eso,
de poca importancia: si hasta el hombre más inicuo cede frente
a una súplica incesante, ¿no escuchará Dios, que es bueno, a
quien lo invoca día y noche?
Es importante, mis queridos
hermanos y hermanas, que nos detengamos un poco a reflexionar sobre
la oración que nace de la fe auténtica y es consecuencia de ésta.
Miren, mis hermanos, que nos quede bien clarito FE Y ORACIÓN
SON DOS EXPERIENCIAS QUE SE SUCEDEN como en círculo ya que,
si bien es cierto que para orar es necesario creer, es también cierto
que para creer es muy importante orar. Mis amados hermanos,
denme un hombre que ora, denme un hombre que reza y te daré un hombre
fuerte para vencer todas tentaciones y peligros. Dame un hombre
que ora y te daré un hombre alegre, un hombre feliz, te daré un
hombre honesto y justo, te daré a un verdadero hombre de fe. Dame
un hombre que no reza, dame un hombre que no ora, y te daré aunque
sea rico, aunque sea millonario, aunque sea sabio, inteligente,
un gran jefe, y te daré un hombre fracasado para la vida eterna,
un hombre fracasado para la felicidad y la plenitud de su vida.
Sólo, mis amados hermanos, la oración perseverante, entonces,
puede alimentar la fe en Dios, puesto que nos pone en relación
íntima con Él como un Tú real y distinto de cualquier otra realidad.
Así, mis queridos hermanos
y hermanas, podemos empezar por entender que la oración es hacer
silencio para escuchar a Dios. Es entrar en la infinidad, Jesús
nos había dicho ya: cuando ores entra a tu cuarto y a solas ora
a tu Padre, que te ve en lo secreto. Por eso comienza con la
devota escucha de la Palabra de Dios. Al acoger la Palabra en la
comunión y en la intimidad entramos en “UN DIÁLOGO CON QUIEN
SABEMOS NOS AMA” (Sta. Teresa). Y en ese encuentro de amor suscitado
por su Palabra y, supuesto ya el diálogo, podemos responder confiada
y comprometidamente en el amor. De esta manera, mis queridos
hermanos y hermanas, podemos ver la oración como una profesión
de fe. Ya decíamos el domingo pasado, que la fe nos lleva
necesariamente a la acción de gracias, nos lleva necesariamente
a alabar, a glorificar, a bendecir a Dios, por los bienes que
recibimos y podemos apreciar como tales sólo desde la fe.
Pero también la oración
como súplica es un acto de verdad y de fe, es decir, es una
profesión de fe, ya que es una acción que proviene de la humildad,
y de la situación de pobreza en la que experimentamos la propia
existencia. He aquí, mis queridos hermanos y hermanas, la necesidad
de orar sin cesar, de orar constantemente sin cansarnos.
Es decir esta conciencia de creaturas como la oración es expresión
de nuestra esperanza y confianza, no sin la entrega amorosa
a quien nos ama como nadie. Sin Dios no podemos nada, mis hermanos,
al menos en lo que toca a nuestra salvación, o sea, a nuestra plena
felicidad, sólo alcanzaremos la plenitud de la vida y desde ahora
gozaremos, disfrutaremos, diríamos la felicidad, si vivimos en comunión
con Dios, en relación intima y profunda con Él, si vivimos guardando
silencio interior, para que en nuestro interior resuene sólo la
Palabra de Dios.
Por tanto, mis amados
hermanos, orar no es forzar a Dios para hacer nuestra voluntad,
que nos quede claro. No tomemos al pie de la letra eso de la
insistencia ante Dios como la de la viuda. La enseñanza no está
en la insistencia sino en la perseverancia. Se trata de mantenernos
en continua relación de amor y obediencia con Dios. Hemos de entender,
más bien, que la oración nos permite confrontar nuestros deseos,
proyectos y planes con la voluntad de Dios. Sólo así podemos
estar seguros de la legitimidad y autenticidad de nuestros anhelos
y puntos de vista. De este diálogo, que es la oración, podemos obedecer
más profunda y amorosamente así como en la libertad a nuestro Dueño,
a nuestro Amo, a nuestro Señor.
Mis amados hermanos
y hermanas, la Eucaristía, la Santa Misa, INSUPERABLE
MEDIO DE ENCUENTRO CON DIOS, con Cristo en medio, es
ante todo un diálogo en el que Dios ha tomado la iniciativa al
ponerse a nuestro alcance por medio de su Hijo amado Jesucristo.
De manera, mis queridos hermanos, que el culto eucarístico es
un acto de testimonio, tanto por la escucha atenta y devota,
como por la respuesta obediente a su Palabra viva que es Jesucristo
que habla en medio de la asamblea, en medio de la comunidad litúrgica.
Por eso, mis amados hermanos, la Eucaristía es la oración más
perfecta de la vida de la Iglesia. Es así como la Iglesia, es
decir todos los que nos reunimos en torno a la Palabra y alrededor
del altar, agradece constantemente en un ambiente festivo
el don de la salvación, que Dios nos ofrece en su Hijo involucrando
nuestra vida en la suya.
Y Santa María de Guadalupe,
nuestra Preciosa Niña y Celestial Señora que camina a nuestro lado
desde hace 478 años, que es pulso y corazón de nuestro pueblo, como
parte de la Iglesia celeste, nos acompaña con su alabanza perfecta
e intercesión por nosotros.
Amén.