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Homilía
pronunciada por Mons. Diego Monroy Ponce, Vicario General y Episcopal de Guadalupe, Rector del Santuario, en el XXIXDomingo Ordinario,
en la Basílica de Guadalupe.

17 de octubre de 2010

LA FE NOS LLEVA A LA ORACIÓN

Mis queridos hermanos y hermanas, el Señor Jesús continúa mostrándonos el camino que Él quiere que sigamos para ser sus discípulos. Hace algunos domingos, nos indicó cuáles son las exigencias para que podamos considerarnos discípulos suyos, y pudimos comprobar que se trata de exigencias muy difíciles de atender sin una decisión sincera y clara respaldada por una gran fortaleza y unida a la perseverancia. Después nos hizo entender que eso no es posible sin renunciar a muchas distracciones o afanes incluso legítimos como es el apego a los seres queridos. Más adelante nos ha iluminado indicándonos que una fe bien entendida nos lleva a la entrega confiada a Dios hasta ponernos totalmente en sus manos en el amor y en la esperanza. El domingo pasado nos hacía entender cómo la fe nos hace reconocer que todo, absolutamente todo, lo que tenemos, sabemos y podemos es don suyo y por eso la fe se traduce en gratitud se traduce en humildad.

Hoy, los textos que hemos proclamado nos permiten, como siempre, un encuentro con la Palabra de Dios y nos hablan de otra consecuencia de la fe, ésta es la oración humilde y perseverante. Pero antes de abordar el tema central de este domingo, permítanme, mis queridos hermanos y hermanas, detenerme un poco en la segunda lectura en la que escuchamos a san Pablo en su segunda carta a Timoteo.

Entre otras recomendaciones a su discípulo, el Apóstol le señala el recurso de la Sagrada Escritura para enseñar, para convencer y formar en la justicia a fin de que el creyente esté bien preparado para toda obra buena. Aquí tenemos, mis queridos hermanos y hermanas, el documento bíblico más explícito sobre la naturaleza de la Biblia: el texto bíblico ha sido inspirado por Dios para nuestro beneficio espiritual y, teniendo a Cristo como centro, nos conduce a la salvación, a la felicidad. Es la razón, hermanos, por la cual la asamblea cristiana, reunida como Iglesia, constantemente venera la Sagrada Escritura la y escucha con devoción y la acoge con alegría en el corazón para que nos fecunde, nos ilumine, nos fortalezca, nos lance a la acción. Veamos, entonces, más de cerca los textos que la liturgia de este domingo nos ofrece.

En primer lugar tenemos la lectura tomada del libro del Éxodo que nos ilustra con un ejemplo vivo protagonizado por Moisés, él es el protagonista, en oración y Josué en la batalla contra los amalecitas. El mensaje que nos da el texto tiene como tema el poder de la oración como una actividad de la fe perseverante y continua. En un segundo momento, pero como texto principal, tenemos el evangelio de san Lucas que nos enseña, con palabras de Jesús, en forma de parábola acerca de la necesidad de orar siempre. Miren, mis queridos hermanos y hermanas, la enseñanza es sencilla, pero no por eso, de poca importancia: si hasta el hombre más inicuo cede frente a una súplica incesante, ¿no escuchará Dios, que es bueno, a quien lo invoca día y noche?

Es importante, mis queridos hermanos y hermanas, que nos detengamos un poco a reflexionar sobre la oración que nace de la fe auténtica y es consecuencia de ésta. Miren, mis hermanos, que nos quede bien clarito FE Y ORACIÓN SON DOS EXPERIENCIAS QUE SE SUCEDEN como en círculo ya que, si bien es cierto que para orar es necesario creer, es también cierto que para creer es muy importante orar. Mis amados hermanos, denme un hombre que ora, denme un hombre que reza y te daré un hombre fuerte para vencer todas tentaciones y peligros. Dame un hombre que ora y te daré un hombre alegre, un hombre feliz, te daré un hombre honesto y justo, te daré a un verdadero hombre de fe. Dame un hombre que no reza, dame un hombre que no ora, y te daré aunque sea rico, aunque sea millonario, aunque sea sabio, inteligente, un gran jefe, y te daré un hombre fracasado para la vida eterna, un hombre fracasado para la felicidad y la plenitud de su vida. Sólo, mis amados hermanos, la oración perseverante, entonces, puede alimentar la fe en Dios, puesto que nos pone en relación íntima con Él como un Tú real y distinto de cualquier otra realidad.

Así, mis queridos hermanos y hermanas, podemos empezar por entender que la oración es hacer silencio para escuchar a Dios. Es entrar en la infinidad, Jesús nos había dicho ya: cuando ores entra a tu cuarto y a solas ora a tu Padre, que te ve en lo secreto. Por eso comienza con la devota escucha de la Palabra de Dios. Al acoger la Palabra en la comunión y en la intimidad entramos en “UN DIÁLOGO CON QUIEN SABEMOS NOS AMA” (Sta. Teresa). Y en ese encuentro de amor suscitado por su Palabra y, supuesto ya el diálogo, podemos responder confiada y comprometidamente en el amor. De esta manera, mis queridos hermanos y hermanas, podemos ver la oración como una profesión de fe. Ya decíamos el domingo pasado, que la fe nos lleva necesariamente a la acción de gracias, nos lleva necesariamente a alabar, a glorificar, a bendecir a Dios, por los bienes que recibimos y podemos apreciar como tales sólo desde la fe.

Pero también la oración como súplica es un acto de verdad y de fe, es decir, es una profesión de fe, ya que es una acción que proviene de la humildad, y de la situación de pobreza en la que experimentamos la propia existencia. He aquí, mis queridos hermanos y hermanas, la necesidad de orar sin cesar, de orar constantemente sin cansarnos. Es decir esta conciencia de creaturas como la oración es expresión de nuestra esperanza y confianza, no sin la entrega amorosa a quien nos ama como nadie. Sin Dios no podemos nada, mis hermanos, al menos en lo que toca a nuestra salvación, o sea, a nuestra plena felicidad, sólo alcanzaremos la plenitud de la vida y desde ahora gozaremos, disfrutaremos, diríamos la felicidad, si vivimos en comunión con Dios, en relación intima y profunda con Él, si vivimos guardando silencio interior, para que en nuestro interior resuene sólo la Palabra de Dios.

Por tanto, mis amados hermanos, orar no es forzar a Dios para hacer nuestra voluntad, que nos quede claro. No tomemos al pie de la letra eso de la insistencia ante Dios como la de la viuda. La enseñanza no está en la insistencia sino en la perseverancia. Se trata de mantenernos en continua relación de amor y obediencia con Dios. Hemos de entender, más bien, que la oración nos permite confrontar nuestros deseos, proyectos y planes con la voluntad de Dios. Sólo así podemos estar seguros de la legitimidad y autenticidad de nuestros anhelos y puntos de vista. De este diálogo, que es la oración, podemos obedecer más profunda y amorosamente así como en la libertad a nuestro Dueño, a nuestro Amo, a nuestro Señor.

Mis amados hermanos y hermanas, la Eucaristía, la Santa Misa, INSUPERABLE MEDIO DE ENCUENTRO CON DIOS, con Cristo en medio, es ante todo un diálogo en el que Dios ha tomado la iniciativa al ponerse a nuestro alcance por medio de su Hijo amado Jesucristo. De manera, mis queridos hermanos, que el culto eucarístico es un acto de testimonio, tanto por la escucha atenta y devota, como por la respuesta obediente a su Palabra viva que es Jesucristo que habla en medio de la asamblea, en medio de la comunidad litúrgica. Por eso, mis amados hermanos, la Eucaristía es la oración más perfecta de la vida de la Iglesia. Es así como la Iglesia, es decir todos los que nos reunimos en torno a la Palabra y alrededor del altar, agradece constantemente en un ambiente festivo el don de la salvación, que Dios nos ofrece en su Hijo involucrando nuestra vida en la suya.

Y Santa María de Guadalupe, nuestra Preciosa Niña y Celestial Señora que camina a nuestro lado desde hace 478 años, que es pulso y corazón de nuestro pueblo, como parte de la Iglesia celeste, nos acompaña con su alabanza perfecta e intercesión por nosotros.

Amén.

 
 
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