LA
MISERICORDIA ESTÁ SOBRE LA LEY
Mis amados hermanas y hermanos, Alabemos a Dios nuestro Padre, porque
su misericordia ha sido tan grande con nosotros, que cada día nos
concede la gracia de practicarla entre nosotros a fin de irnos asemejando
cada vez más a Él de quien somos imagen y semejanza.
En nuestro camino acompañando a Jesús hacia
Jerusalén, hoy lo encontramos en una disputa con un maestro de la
Ley. El Evangelio comienza con una pregunta que le presenta el mencionado
personaje, y que de hecho es la pregunta que se debería plantear
todo creyente: “¿Maestro qué debo hacer para conseguir la vida
eterna?” Y Jesús le responde que siga la Ley, que cumpla
lo que esta escrito, “si haces eso, vivirás”. Esta respuesta
de Jesús nos da la pista de lo que supone el seguimiento de toda
experiencia religiosa: los mandamientos de Dios son el camino de
la vida y la felicidad plenas. Y para los cristianos Jesús es aquel
que ha completado y llevado a plenitud toda la Ley. Por eso, seguirle
a Él y cumplir sus enseñanzas es el camino que lleva a la vida;
Jesús es el camino, la verdad y la vida.
Esta idea aparece hoy repetida en los diferentes
textos bíblicos que hemos proclamado. Miren, en la primera, del
libro del Deuteronomio, Moisés recuerdo el precepto de escuchar
al Señor y guardar sus mandamientos contenidos en la ley. Con un
añadido: hay que hacerlo “con todo el corazón y con toda el alma”
Y también aclarando que esa ley “no es cosa que te exceda, ni
inalcanzable… El mandamiento está, muy cerca de ti: en tu corazón
y en tu boca. Cúmplelo”.
En la segunda lectura, san Pablo recoge un himno
Cristológico que canta la grandeza universal de Cristo, remarcando
que él es “imagen de Dios invisible”, la cabeza de toda la
creación y también de la Iglesia, “porque en él quiso Dios que
residiera toda plenitud“. Miren, mis hermanos, en este himno,
situado al principio de la carta a los Colosenses, que comenzamos
a leer hoy, ayuda a entender que Jesús es el resumen de toda ley,
de toda la voluntad divina.
¿Y en qué consiste esa Ley que hay que cumplir
para alcanzar la vida eterna? Jesús le hace responder a su mismo
interlocutor, citando el Antiguo Testamento: “Amarás al Señor,
tu Dios, con todo tu corazón y con toda tu alma y con todas tus
fuerzas y con todo tu ser. Y a tu prójimo como a ti mismo” (Dt
6, 5; Lv 19,18). Queda claro, pues, y así queda recogido también
en los otros dos evangelios sinópticos (Mt 22m 36-40; Mc 12, 28-31),
que el mandamiento principal de la Ley es amor. Pero un amor en
dos direcciones complementarias; hacia Dios y hacia los demás nuestros
hermanos. Sin embargo, entonces y ahora, es más fácil cumplir la
dimensión vertical, que la horizontal. Por eso Jesús a lo largo
del Evangelio tiene mucho interés en subrayar la segunda, sin la
cual pierde todo sentido la primera. Recordemos cuál es el principal
mandamiento de Jesús: “Este es mi mandamiento: que se amen unos
a otros como Yo los he amado” (Jn 13, 34; 15, 12.17).
En esta misma línea, Jesús explica la parábola
del buen samaritano, centro de la liturgia de este domingo, para
recalcar la importancia del amor hacia los demás.
Fijémonos, amados hermanos, en la parábola de
Jesús. El hecho acaeció en el camino de Jerusalén a Jericó. Un hombre,
victima de unos ladrones, quedó gravemente herido y necesitaba ayuda
urgente. Pasaron por aquel lugar un sacerdote y un levita que no
atendieron al herido. Al contrario. Continuaron por otro lado del
camino. Seguramente no querían contagiarse para no quedar impuros,
ya que la ley decía que el contacto con la sangre y con la muerte
hacia impura a una persona. Y ellos seguramente iban a ofrecer un
sacrificio. Eran unas personas importantes en el culto y debían
observar la pureza ritual para poder ejercer sus funciones. Por
eso no dudaron. La Ley les prohibía actuar. Y tal vez se marcharon
con la conciencia muy tranquila. Esta podría ser la explicación
más benévola de su actitud. En ellos se refleja una crítica a los
“oficialmente buenos” que son precisamente los que buscan
excusas para no ayudar, para no comprometerse con los demás. Son
los que teóricamente amaban mucho a Dios, pero olvidaban amar a
los demás.
Como vemos aquí, mis hermanos, como en tantas
otras ocasiones, Jesús se opone a la Ley, porque da más importancia
a su cumplimiento que a la atención a los demás. Para Jesús, el
amor a la persona siempre es prioritario. La atención a los pobres
y a los necesitados es lo más importante. Para nosotros los cristianos
siendo Cristo el fundamento de todas las cosas y siendo Él verdadero
intérprete de la Escritura, tiene la primacía en la aplicación de
la Ley. Más aún, mis hermanos, con su mandamiento nuevo coloca cualquier
otra regla de conducta por debajo de este precepto: el del amor.
Fijémonos bien, mis hermanos, ¿qué hace este
samaritano? deja inmediatamente todas sus obligaciones y se dedica
totalmente a atender al malherido y extenuado. Los samaritanos recordemos
eran considerados como herejes por los judíos y no se hablaban con
ellos. Además, el lugar donde se sitúa la parábola es territorio
judío y seguramente el herido también era judío. El samaritano prescinde
de todo eso y sólo ve a la persona que necesita una ayuda urgente.
Esto es lo importante.
Jesús nos propone al Buen Samaritano como un
modelo para todos nosotros. Fijémonos con qué afecto y amor atiende
al herido. “Le dio lástima”. Se compareció de él, lo que
quiere decir: sufrir con él. Hizo suyo el sufrimiento del expoliado.
Desinfecta sus heridas y la venda. Lo sube a la cabalgadura y lo
lleva a la posada… ¡Qué prueba de amor increíble, mis hermanos!
¡Qué prueba de amor! Amor, manifestado en
el afecto y la ternura. ¡Amor eficaz y generoso! Afectivo
y efectivo.
Cuando Jesús dice al escriba o maestro de la
ley, que vaya y haga lo mismo que el samaritano, le indica, que
no vaya y cure las heridas del prójimo —lo cual casi siempre resulta
gratificante y favorable para quien actúa de ese modo—, sino que
le manda que se atreva a saltar sobre la ley, aún a costa de su
propia seguridad moral. Es decir, atención, mis hermanos, le pide
que corra el riesgo de ser mal visto por no observar la ley. Incluso
que corra el riesgo de ni siquiera estar en paz con la propia conciencia.
¡Qué increíble!
Habría que examinarnos acerca de qué tanto somos
capaces de contradecir las normas que nos impone la sociedad con
tal de ponernos al servicio de los marginados y los más necesitados
y entre ellos seguramente de mi hijo, mi cónyuge, mis vecinos, los
enfermos que esperan mi visita, la persona que necesita ser escuchada.
El prójimo es el migrante, aquella persona que se encuentra sola,
los que no tiene “papeles”… El prójimo no sé quien será hoy, ni
quien será mañana. Se trata sólo de estar atentos y no pasar de
largo. Igualmente vale la pena revisar nuestra jerarquía de valores
para ver si no buscamos sólo seguridad en la conciencia propia,
permaneciendo encerrados en nuestro castillo egoísta y sordo (y
más aún, temeroso de ofender a Dios) sin importarnos los demás por
más que requieran de nuestra misericordia, por más que requieran
de nuestra compasión, por más que requieran de nuestro servicio,
de nuestra atención.
Que la Señora del Tepeyac, nuestra preciosa
Niña, Santa María de Guadalupe que ha expresado en estas tierras
de América el amor incondicional y total de Dios para nosotros,
nos ilumine con su testimonio de fidelidad a Dios. Esta dulce Señora,
Madre de la Misericordia, nos enseñe a vivir el mandamiento del
amor e interceda por nosotros ante su hijo para que nos abra los
ojos y fortalezca nuestro corazón para hacernos caer en la cuenta
de cuál debe ser nuestra actuación.
Amén.