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Homilía
pronunciada por Mons. Diego Monroy Ponce, Vicario General y Episcopal de Guadalupe, Rector del Santuario, en el XV Domingo Ordinario,
en la Basílica de Guadalupe.
11 de julio de 2010

LA MISERICORDIA ESTÁ SOBRE LA LEY

Mis amados hermanas y hermanos, Alabemos a Dios nuestro Padre, porque su misericordia ha sido tan grande con nosotros, que cada día nos concede la gracia de practicarla entre nosotros a fin de irnos asemejando cada vez más a Él de quien somos imagen y semejanza.

En nuestro camino acompañando a Jesús hacia Jerusalén, hoy lo encontramos en una disputa con un maestro de la Ley. El Evangelio comienza con una pregunta que le presenta el mencionado personaje, y que de hecho es la pregunta que se debería plantear todo creyente: “¿Maestro qué debo hacer para conseguir la vida eterna?” Y Jesús le responde que siga la Ley, que cumpla lo que esta escrito, “si haces eso, vivirás”. Esta respuesta de Jesús nos da la pista de lo que supone el seguimiento de toda experiencia religiosa: los mandamientos de Dios son el camino de la vida y la felicidad plenas. Y para los cristianos Jesús es aquel que ha completado y llevado a plenitud toda la Ley. Por eso, seguirle a Él y cumplir sus enseñanzas es el camino que lleva a la vida; Jesús es el camino, la verdad y la vida.

Esta idea aparece hoy repetida en los diferentes textos bíblicos que hemos proclamado. Miren, en la primera, del libro del Deuteronomio, Moisés recuerdo el precepto de escuchar al Señor y guardar sus mandamientos contenidos en la ley. Con un añadido: hay que hacerlo “con todo el corazón y con toda el alma”  Y también aclarando que esa ley “no es cosa que te exceda, ni inalcanzable… El mandamiento está, muy cerca de ti: en tu corazón y en tu boca. Cúmplelo”.

En la segunda lectura, san Pablo recoge un himno Cristológico que canta la grandeza universal de Cristo, remarcando que él es “imagen de Dios invisible”, la cabeza de toda la creación y también de la Iglesia, “porque en él quiso Dios que residiera toda plenitud“. Miren, mis hermanos, en este himno, situado al principio de la carta a los Colosenses, que comenzamos a leer hoy, ayuda a entender que Jesús es el resumen de toda ley, de toda la voluntad divina.  

¿Y en qué consiste esa Ley que hay que cumplir para alcanzar la vida eterna? Jesús le hace responder a su mismo interlocutor, citando el Antiguo Testamento: “Amarás al Señor, tu Dios, con todo tu corazón y con toda tu alma y con todas tus fuerzas y con todo tu ser. Y a tu prójimo como a ti mismo” (Dt 6, 5; Lv 19,18). Queda claro, pues, y así queda recogido también en los otros dos evangelios sinópticos (Mt 22m 36-40; Mc 12, 28-31), que el mandamiento principal de la Ley es amor. Pero un amor en dos direcciones complementarias; hacia Dios y hacia los demás nuestros hermanos. Sin embargo, entonces y ahora, es más fácil cumplir la dimensión vertical, que la horizontal. Por eso Jesús a lo largo del Evangelio tiene mucho interés en subrayar la segunda, sin la cual pierde todo sentido la primera. Recordemos cuál es el principal mandamiento de Jesús: “Este es mi mandamiento: que se amen unos a otros como Yo los he amado” (Jn 13, 34; 15, 12.17).

En esta misma línea, Jesús explica la parábola del buen samaritano, centro de la liturgia de este domingo, para recalcar la importancia del amor hacia los demás.

Fijémonos, amados hermanos, en la parábola de Jesús. El hecho acaeció en el camino de Jerusalén a Jericó. Un hombre, victima de unos ladrones, quedó gravemente herido y necesitaba ayuda urgente. Pasaron por aquel lugar un sacerdote y un levita que no atendieron al herido. Al contrario. Continuaron por otro lado del camino. Seguramente no querían contagiarse para no quedar impuros, ya que la ley decía que el contacto con la sangre y con la muerte hacia impura a una persona. Y ellos seguramente iban a ofrecer un sacrificio. Eran unas personas importantes en el culto y debían observar la pureza ritual para poder ejercer sus funciones. Por eso no dudaron. La Ley les prohibía actuar. Y tal vez se marcharon con la conciencia muy tranquila. Esta podría ser la explicación más benévola de su actitud. En ellos se refleja una crítica a los “oficialmente buenos” que son precisamente los que buscan excusas para no ayudar, para no comprometerse con los demás. Son los que teóricamente amaban mucho a Dios, pero olvidaban amar a los demás.

Como vemos aquí, mis hermanos, como en tantas otras ocasiones, Jesús se opone a la Ley, porque da más importancia a su cumplimiento que a la atención a los demás. Para Jesús, el amor a la persona siempre es prioritario. La atención a los pobres y a los necesitados es lo más importante. Para nosotros los cristianos siendo Cristo el fundamento de todas las cosas y siendo Él verdadero intérprete de la Escritura, tiene la primacía en la aplicación de la Ley. Más aún, mis hermanos, con su mandamiento nuevo coloca cualquier otra regla de conducta por debajo de este precepto: el del amor.

Fijémonos bien, mis hermanos, ¿qué hace este samaritano? deja inmediatamente todas sus obligaciones y se dedica totalmente a atender al malherido y extenuado. Los samaritanos recordemos eran considerados como herejes por los judíos y no se hablaban con ellos. Además, el lugar donde se sitúa la parábola es territorio judío y seguramente el herido también era judío. El samaritano prescinde de todo eso y sólo ve a la persona que necesita una ayuda urgente. Esto es lo importante.

Jesús nos propone al Buen Samaritano como un modelo para todos nosotros. Fijémonos con qué afecto y amor atiende al herido. “Le dio lástima”. Se compareció de él, lo que quiere decir: sufrir con él. Hizo suyo el sufrimiento del expoliado. Desinfecta sus heridas y la venda. Lo sube a la cabalgadura y lo lleva a la posada… ¡Qué prueba de amor increíble, mis hermanos! ¡Qué prueba de amor! Amor, manifestado en el afecto y la ternura. ¡Amor eficaz y generoso! Afectivo y efectivo.

Cuando Jesús dice al escriba o maestro de la ley, que vaya y haga lo mismo que el samaritano, le indica, que no vaya y cure las heridas del prójimo —lo cual casi siempre resulta gratificante y favorable para quien actúa de ese modo—, sino que le manda que se atreva a saltar sobre la ley, aún a costa de su propia seguridad moral. Es decir, atención, mis hermanos, le pide que corra el riesgo de ser mal visto por no observar la ley. Incluso que corra el riesgo de ni siquiera estar en paz con la propia conciencia. ¡Qué increíble!

Habría que examinarnos acerca de qué tanto somos capaces de contradecir las normas que nos impone la sociedad con tal de ponernos al servicio de los marginados y los más necesitados y entre ellos seguramente de mi hijo, mi cónyuge, mis vecinos, los enfermos que esperan mi visita, la persona que necesita ser escuchada. El prójimo es el migrante, aquella persona que se encuentra sola, los que no tiene “papeles”… El prójimo no sé quien será hoy, ni quien será mañana. Se trata sólo de estar atentos y no pasar de largo. Igualmente vale la pena revisar nuestra jerarquía de valores para ver si no buscamos sólo seguridad en la conciencia propia, permaneciendo encerrados en nuestro castillo egoísta y sordo (y más aún, temeroso de ofender a Dios) sin importarnos los demás por más que requieran de nuestra misericordia, por más que requieran de nuestra compasión, por más que requieran de nuestro servicio, de nuestra atención.

Que la  Señora del Tepeyac, nuestra preciosa Niña, Santa María de Guadalupe que ha expresado en estas tierras de América el amor incondicional y total de Dios para nosotros, nos ilumine con su testimonio de fidelidad a Dios. Esta dulce Señora, Madre de la Misericordia, nos enseñe a vivir el mandamiento del amor e interceda por nosotros ante su hijo para que nos abra los ojos y fortalezca nuestro corazón para hacernos caer en la cuenta de cuál debe ser nuestra actuación.

Amén.

 
 
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