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Versión estenográfica de la
H
omilía
pronunciada por Mons. Diego Monroy Ponce, Vicario General y Episcopal de Guadalupe, Rector del Santuario, en el II Domingo de Pascua, en la Basílica de Guadalupe.

11 de abril de 2010
Año Sacerdotal

¡CRISTO VIVE! ESTA ES NUESTRA FE

¡Aleluya! Hermanas y hermanos, la misericordia de Dios es eterna ¡Aleluya! ¡Aleluya!

El Señor es grande y no deja de mostrar sus maravillas en medio de nosotros, basta con que creamos para ver la gloria de Dios. A lo largo del tiempo Pascual continuaremos este canto de alegría y gozo en la paz que nos brinda nuestro Salvador en medio de nuestra asamblea dominical.

La Octava de Pascua nos da la gran ocasión catequética para proponer el Domingo, como el día del Creador, día del Señor, día de la Eucaristía, día de la Iglesia, día de la fe auténtica de los que creemos sin haber visto.

La resurrección del Señor y nuestra resurrección con Él constituye el gran don del Padre a la humanidad son el principio y el término de la felicidad plena para la creatura humana. El resucitado lo recuerda hoy a los apóstoles. Este domingo y el siguiente, mis amados hermanos y hermanas, iluminados por la Palabra revelada, centraremos nuestra atención en la contemplación del misterio mismo de la resurrección de nuestro Señor Jesucristo.

El día hoy, este II Domingo de Pascua, la Palabra nos sitúa en el contexto de los acontecimientos que dieron origen a la fe de los apóstoles, que a su vez nos transmitieron mediante su testimonio. Desde sus inicios la Iglesia transmite la fe por el testimonio y la predicación.

Los sacramentos, esos signos sagrados, no siempre bien comprendidos, no siempre bien apreciados en toda su profundidad especialmente: el sacramento del agua, es decir; el Bautismo. El sacramento de la sangre, es decir: la Eucaristía. Junto con la obra del Espíritu son los testigos de esta nueva realidad misteriosa en la que nos movemos, existimos y somos los cristianos. Santa Faustina tuvo la gracia de contemplar al Señor glorioso resucitado brotando de su costado sangre y agua. Los sacramentos: el Bautismo, la Eucaristía.

Cada domingo, mis amados hermanos y hermanas, nos reunimos en torno al Señor, como lo hicieron lo primeros cristianos, alrededor de su mesa oramos, cantamos y damos gracias por los dones de su misericordia y nos reunimos, porque creemos que Él está en medio de nosotros, para instruirnos y conducirnos con la sabiduría que sale de su boca, su Palabra Santa. Tal vez algunos venimos, como fueron los apóstoles aquel domingo después de la resurrección, con muchos temores, con muchos miedos, con muchas angustias, con muchas preocupaciones.

Miren, mis hermanos, el temor, el miedo, la angustia no es buen consejero, porque paraliza, cierra la mente y el corazón, para ver la realidad especialmente, cuando se trata de ver la nueva realidad que se abra ante nuestros ojos por el Señor resucitado. El temor nos incapacita, para adherirnos a la verdad, para nuestra fortuna, la verdad, es decir; el Señor Jesús, quien así se autodefinió no tiene barreras para entrar a donde Él quiere hacer el bien y tiene la capacidad para abrir no sólo nuestras mentes, sino también nuestros corazones. El es manso y humilde de corazón y condesciende con nosotros, como condescendió con Tomás mostrándole sus manos y dejándole tocar sus heridas de las manos, de los pies, del costado.

En efecto, mis hermanos, en la Eucaristía, nos muestra todas las obras, que realiza cada día a lo largo de la historia, de nuestra historia personal. Toda su historia de salvación, historia de amor por nosotros se entre cruza con nuestra historia con nuestra historia personal y comunitaria. Historia de infidelidades y de rebeldías. Por eso sus heridas son las nuestras, y nos las muestra para que las aceptemos y creamos que han sido curadas por Él. Son la prueba de nuestra infidelidad y al mismo tiempo de su amor fiel y permanente. Son sus trofeos, mis hermanos, dentro de tus heridas escóndeme Señor, digámosle con todo el corazón.

Ahí está el Señor muerto y resucitado para nuestra salvación. El Señor continúa vivo en medio de nosotros y vivo en nosotros, por el Espíritu Santo. Como aquel domingo, el primero de la nueva creación todavía en el tiempo, es decir; en la historia, pero proyectado hacia la eternidad.

Hoy y cada domingo que nos reunimos, como Iglesia mientras vuelve el Señor recibimos su Espíritu. Espíritu Santo, fuente de la paz con la que somos enviados para continuar su obra en medio del mundo, para ser constructores de paz.

Cada Misa, queridos hermanos, cada Eucaristía es un refrendo y un acrecentamiento de la obra iniciada por el Espíritu en cada uno de nosotros por el Bautismo. Somos enviados a ser testigos, como lo fueron los apóstoles, que vieron a Jesús ante Tomás, que incrédulo asistió al siguiente domingo con deseos vivos de comprobar lo que le habían contado sus compañeros: hemos visto al Señor glorioso resucitado. ¿Cómo habrá transcurrido aquella semana para Tomás después del testimonio de sus compañeros? Seguramente a pesar de su abierta resistencia para creer no dejo inquietarse ante su temeraria seguridad y sus exigencias: no creeré hasta que meta yo mis dedos a los agujeros de los clavos, y mi mano en el costado abierto.

Miren, mis hermanos, ante la contemplación de este misterio no valdría la pena preguntarnos o preguntar si nuestro testimonio después de cada Misa Dominical es provocativo, firme, valiente y entusiasta, como para hacer pensar y reaccionar a quienes comparten con nosotros el trabajo, la casa u otra oportunidad. Preguntémonos: ¿alguien ha creído por nuestro testimonio? ¿alguien se ha adherido a Cristo Jesús por nuestro encuentro vivo con Él? ¿les anunciamos lo que nuestras manos han tocado acerca del Verbo de la Vida, lo que nuestros odios han escuchado, lo que nuestros ojos han visto? Y domingo tras domingo vemos a Cristo vivo; a Cristo glorioso, resucitado en medio de nosotros. El mismo que nos trajo nuestra Morenita hace 478 años.

Mis amados hermanos, nos decía nuestro querido Siervo de Dios Juan Pablo II en su última Encíclica Ecclesia de Eucharistia, en el humilde signo del Pan y del Vino transformados en su Cuerpo y en su Sangre. Cristo camina con nosotros, como nuestra fuerza y nuestro viático, que nos convierte en testigos de esperanza para todos. Que el Señor resucitado al enviarnos cada domingo, como testigos de la resurrección nos haga por su Espíritu Santo instrumento de su paz, instrumentos de concordia, instrumentos de amor para la reconciliación del mundo. Se lo pedimos con la intercesión cariñosa de nuestra preciosa Niña y Celestial Señora Santa María de Guadalupe, la Virgen de la nueva vida, testigo fiel del resucitado y Reyna de la paz.

Amén.

 
 
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