¡CRISTO VIVE! ESTA ES
NUESTRA FE
¡Aleluya! Hermanas y hermanos, la misericordia
de Dios es eterna ¡Aleluya! ¡Aleluya!
El Señor es grande y no deja de mostrar
sus maravillas en medio de nosotros, basta con que creamos para
ver la gloria de Dios. A lo largo del tiempo Pascual continuaremos
este canto de alegría y gozo en la paz que nos brinda nuestro Salvador
en medio de nuestra asamblea dominical.
La Octava de Pascua nos da la gran ocasión
catequética para proponer el Domingo, como el día del Creador, día
del Señor, día de la Eucaristía, día de la Iglesia, día de la fe
auténtica de los que creemos sin haber visto.
La resurrección del Señor y nuestra resurrección
con Él constituye el gran don del Padre a la humanidad son el principio
y el término de la felicidad plena para la creatura humana. El resucitado
lo recuerda hoy a los apóstoles. Este domingo y el siguiente, mis
amados hermanos y hermanas, iluminados por la Palabra revelada,
centraremos nuestra atención en la contemplación del misterio mismo
de la resurrección de nuestro Señor Jesucristo.
El día hoy, este II Domingo de Pascua,
la Palabra nos sitúa en el contexto de los acontecimientos que dieron
origen a la fe de los apóstoles, que a su vez nos transmitieron
mediante su testimonio. Desde sus inicios la Iglesia transmite la
fe por el testimonio y la predicación.
Los sacramentos, esos signos sagrados,
no siempre bien comprendidos, no siempre bien apreciados en toda
su profundidad especialmente: el sacramento del agua, es decir;
el Bautismo. El sacramento de la sangre, es decir: la Eucaristía.
Junto con la obra del Espíritu son los testigos de esta nueva realidad
misteriosa en la que nos movemos, existimos y somos los cristianos.
Santa Faustina tuvo la gracia de contemplar al Señor glorioso resucitado
brotando de su costado sangre y agua. Los sacramentos: el Bautismo,
la Eucaristía.
Cada domingo, mis amados hermanos y hermanas,
nos reunimos en torno al Señor, como lo hicieron lo primeros cristianos,
alrededor de su mesa oramos, cantamos y damos gracias por los dones
de su misericordia y nos reunimos, porque creemos que Él está en
medio de nosotros, para instruirnos y conducirnos con la sabiduría
que sale de su boca, su Palabra Santa. Tal vez algunos venimos,
como fueron los apóstoles aquel domingo después de la resurrección,
con muchos temores, con muchos miedos, con muchas angustias, con
muchas preocupaciones.
Miren, mis hermanos, el temor, el miedo,
la angustia no es buen consejero, porque paraliza, cierra la mente
y el corazón, para ver la realidad especialmente, cuando se trata
de ver la nueva realidad que se abra ante nuestros ojos por el Señor
resucitado. El temor nos incapacita, para adherirnos a la verdad,
para nuestra fortuna, la verdad, es decir; el Señor Jesús, quien
así se autodefinió no tiene barreras para entrar a donde Él quiere
hacer el bien y tiene la capacidad para abrir no sólo nuestras mentes,
sino también nuestros corazones. El es manso y humilde de corazón
y condesciende con nosotros, como condescendió con Tomás mostrándole
sus manos y dejándole tocar sus heridas de las manos, de los pies,
del costado.
En efecto, mis hermanos, en la Eucaristía,
nos muestra todas las obras, que realiza cada día a lo largo de
la historia, de nuestra historia personal. Toda su historia de salvación,
historia de amor por nosotros se entre cruza con nuestra historia
con nuestra historia personal y comunitaria. Historia de infidelidades
y de rebeldías. Por eso sus heridas son las nuestras, y nos las
muestra para que las aceptemos y creamos que han sido curadas por
Él. Son la prueba de nuestra infidelidad y al mismo tiempo de su
amor fiel y permanente. Son sus trofeos, mis hermanos, dentro
de tus heridas escóndeme Señor, digámosle con todo el corazón.
Ahí está el Señor muerto y resucitado
para nuestra salvación. El Señor continúa vivo en medio de nosotros
y vivo en nosotros, por el Espíritu Santo. Como aquel domingo, el
primero de la nueva creación todavía en el tiempo, es decir; en
la historia, pero proyectado hacia la eternidad.
Hoy y cada domingo que nos reunimos,
como Iglesia mientras vuelve el Señor recibimos su Espíritu. Espíritu
Santo, fuente de la paz con la que somos enviados para continuar
su obra en medio del mundo, para ser constructores de paz.
Cada Misa, queridos hermanos, cada Eucaristía
es un refrendo y un acrecentamiento de la obra iniciada por el Espíritu
en cada uno de nosotros por el Bautismo. Somos enviados a ser testigos,
como lo fueron los apóstoles, que vieron a Jesús ante Tomás, que
incrédulo asistió al siguiente domingo con deseos vivos de comprobar
lo que le habían contado sus compañeros: hemos visto al Señor
glorioso resucitado. ¿Cómo habrá transcurrido aquella semana
para Tomás después del testimonio de sus compañeros? Seguramente
a pesar de su abierta resistencia para creer no dejo inquietarse
ante su temeraria seguridad y sus exigencias: no creeré hasta
que meta yo mis dedos a los agujeros de los clavos, y mi mano en
el costado abierto.
Miren, mis hermanos, ante la contemplación
de este misterio no valdría la pena preguntarnos o preguntar si
nuestro testimonio después de cada Misa Dominical es provocativo,
firme, valiente y entusiasta, como para hacer pensar y reaccionar
a quienes comparten con nosotros el trabajo, la casa u otra oportunidad.
Preguntémonos: ¿alguien ha creído por nuestro testimonio? ¿alguien
se ha adherido a Cristo Jesús por nuestro encuentro vivo con Él?
¿les anunciamos lo que nuestras manos han tocado acerca del Verbo
de la Vida, lo que nuestros odios han escuchado, lo que nuestros
ojos han visto? Y domingo tras domingo vemos a Cristo vivo; a Cristo
glorioso, resucitado en medio de nosotros. El mismo que nos trajo
nuestra Morenita hace 478 años.
Mis amados hermanos, nos decía nuestro
querido Siervo de Dios Juan Pablo II en su última Encíclica Ecclesia
de Eucharistia, en el humilde signo del Pan y del Vino transformados
en su Cuerpo y en su Sangre. Cristo camina con nosotros, como nuestra
fuerza y nuestro viático, que nos convierte en testigos de esperanza
para todos. Que el Señor resucitado al enviarnos cada domingo, como
testigos de la resurrección nos haga por su Espíritu Santo instrumento
de su paz, instrumentos de concordia, instrumentos de amor para
la reconciliación del mundo. Se lo pedimos con la intercesión cariñosa
de nuestra preciosa Niña y Celestial Señora Santa María de Guadalupe,
la Virgen de la nueva vida, testigo fiel del resucitado y Reyna
de la paz.
Amén.