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Homilía
pronunciada por Mons. Diego Monroy Ponce, Vicario General y Episcopal de Guadalupe, Rector del Santuario, en el II Domingo Ordinario
, en la Basílica de Guadalupe.

17 de enero de 2010
Año Sacerdotal

COMIENZA LA FIESTA

Mis amados hermanos y hermanas, este domingo es, en el ciclo litúrgico, prácticamente el primero del tiempo ordinario. En realidad, el domingo pasado, celebrando el Bautismo del Señor, podríamos verlo como el cierre de los misterios iniciales de la historia de salvación que llega a su plenitud en el nacimiento de Cristo. El Bautismo de Jesús, decíamos hace ocho días, nos lleva a ver a Jesús realizando un gesto más que tenía la finalidad de hacernos entender cómo Jesús, efectivamente, asumía la humanidad con todas sus consecuencias, pues, sin ser pecador se sometió como hombre entre los hombres al rito de purificación y de penitencia.

Sólo por este domingo, pues, más bien estaremos escuchado a san Lucas durante este ciclo, el Evangelio de san Juan nos introduce de lleno, y de una manera festiva, en las enseñanzas y en la obras de Jesús con las que nos va ir comunicando su mensaje de salvación y revelando su misterio en relación con su Padre y con nosotros. Es éste el propósito del tiempo ordinario: llevarnos al encuentro con el Señor a través de la escucha y contemplación de sus acciones y de sus enseñanzas.

Este domingo asistimos entonces, hermanos, al inicio del ministerio de Jesús por medio del cual nos irá revelando, con sus obras y sus palabras, quién es Él, cuál es su misión entre los hombres en relación con Dios, su Padre y con nosotros. La Santísima Virgen María juega un papel muy importante en este inicio de la misión de Jesús y en todo su ministerio.

San Juan nos introduce, entonces, con una narración muy cargada de símbolos que tienen profundos y valiosos antecedentes en la predicación profética de siglos en la tradición judía y que quedaron consignados en el Antiguo Testamento, precisamente ahí, en la Sagrada Escritura. De esto nos da cuenta, mis hermanos, el profeta Isaías, en la primera lectura del hoy. Detengámonos un poco en la escucha profunda de este texto.

El trozo bíblico que hoy hemos escuchado está tomado de la tercera parte del libro de Isaías que corresponde, en buena parte, a la época del regreso del exilio (538 o 537 a.C.) decretado por Ciro. Con la reconstrucción de la ciudad de Jerusalén, el profeta ve de nuevo la ciudad de la historia de la salvación envuelta en el amor de Dios. Este amor se describe en términos propios de una fiesta de bodas: corona, diadema, palma, esposa y esposo en la alegría nupcial; a los que se añade una terminología que evidencia el contenido salvífico del mensaje. De manera que el encuentro de Dios con Jerusalén ES JUSTICIA, como signo de la actividad salvífica de Dios; ES GLORIA, es decir, signo de que Dios está todavía en medio de su pueblo; ES SALVACIÓN, en cuanto que Dios ha rescatado a la que estaba abandonada y devastada, como en efecto se encontraba el pueblo en el exilio. Todo ese lenguaje, mis amados hermanos y hermanas, nupcial y salvífico fue empleado frecuentemente también por otros profetas para anunciar el proyecto de Dios en vista a una alianza de amor matrimonial con el pueblo y con toda la humanidad.

En la segunda lectura, tomada de la primera carta de san Pablo a los Corintios, miren como Pablo nos presenta la novia engalanada con dones y carismas. Habla de los carismas como dones del Espíritu pero no comunes a todos los cristianos. Lo que no significa que haya cristianos sin carismas, no, sino que algunos poseen unos y otros poseen otros distintos. Y todos esos carismas tienen una sola fuente: EL ESPÍRITU SANTO EL DON POR EXCELENCIA DEL PADRE Y DEL HIJO.

El Evangelio, por su parte, nos presenta el signo de Caná de Galilea: unas bodas. Miren el signo de Caná, que hemos de recibir no sólo como una anécdota familiar en la que aparece Jesús como invitado con su Madre y sus discípulos y sacando de apuros al novio por la falta de vino. Miren, el propósito del evangelista es notablemente catequético, como son todos los evangelios. La fiesta de la boda sirve de ocasión a san Juan para presentarnos el sentido del ministerio de Jesús: LLEVARNOS A LA FIESTA PERFECTA QUE EL PADRE OFRECE A LA HUMANIDAD. La salvación, mis hermanos, es ante todo, una gran fiesta. Y es lo que ha venido a inaugurar Jesús con su presencia entre los hombres que intentan ser felices, pero a su manera y con sus recursos, entre otros, la religión. Miren, el Señor Jesús nos quiere hacer entender que no basta con ser religiosos, es decir meros practicantes de ritos externos, y observantes legalistas de normas. ES NECESARIO CREER, ES NECESARIO ADHERIRNOS PROFUNDAMENTE AL SEÑOR, CREER EN ÉL EN UNA ENTREGA ABSOLUTA, EN UNA ENTREGA TOTAL, en la dimensión del compromiso matrimonial, ya que es el único que nos puede dar lo que nada ni nadie nos puede proporcionar: su Espíritu Santo, simbolizado en el vino que alegra el corazón del hombre. Algo, el vino, imprescindible en cualquier fiesta. Espíritu Santo algo imprescindible en la vida de todos los cristianos.

Miren, mis hermanos, en la fiesta de la vida que Jesús nos ofrece, es decir la vida eterna, no vale la sola observancia de la ley, por santa que ésta sea. Es el símbolo de las tinajas de piedra que se utilizaban para hacer el rito de la purificación en las prácticas religiosas del antiguo pueblo, el Pueblo de la Alianza cifrada en la observancia fiel y cuidadosa de la ley simbolizada en el agua que, no es capaz de dar vida y alegría plena. Por noble que haya sido en su momento la antigua alianza, con la llegada de Jesús entre nosotros, resulta obsoleto atenernos sólo a eso. Nunca fue suficiente. Ahora LA ABUNDANCIA DEL VINO-ESPÍRITU, que nos embriaga, que nos llena, que nos hace felices y plenos. LA ABUNDANCIA DEL VINO-ESPÍRITU de mejor calidad es el nuevo signo de la verdadera salvación que trae consigo la alegría perfecta e irrevocable.

Mis amados hermanos y hermanas, la fe cristiana es ante todo una fiesta que se alimenta permanentemente de la adhesión a Jesucristo, el esposo de la humanidad. Dios se ha esposado con nosotros en el misterio de la encarnación, Jesucristo es el divino Esposo, nosotros somos la esposa. LA VIDA DEL CRISTIANO ES CELEBRACIÓN SIN FIN. ES DEJARSE AMAR POR EL SER AMADO que nos da la vida y la alegría plena de vivir por el Espíritu Santo que nos ha regalado sin límites. Esto se dio en la hora de su muerte, hora en la que nos entregó su espíritu y nos colmó de todos sus dones.

Por eso, mis queridos hermanos y hermanas, la Eucaristía que trae a la memoria y hace presente ese acto de amor por el que Cristo se nos da en abundancia y nos da continuamente su Espíritu, por eso, insisto la Eucaristía es la fiesta por excelencia. Una fiesta que nos hace vivir generosa y alegremente en el amor fiel a Dios y al prójimo. ESTA FIESTA ES DE TODOS LOS DÍAS Y APUNTA HACIA EL FINAL; hacia el encuentro definitivo y gozoso con el Padre cuando Él nos quiera llevar a la plenitud de su amor.

Entremos, entonces, mis amados hermanos y hermanas, a disfrutar de los dones que el tiempo ordinario nos trae para nuestro crecimiento en la fe que consiste en el conocimiento cada vez más profundo y alegre de este misterio de amor que se nos revela en la persona de nuestro Señor Jesucristo.

Que nuestra Morenita del Tepeyac, nuestra preciosa Muchachita y Celestial Señora, la Madre de Jesús y Madre nuestra siga, que como en Caná está aquí con nosotros diciendo: hagan lo que mi Hijo les diga, hagan lo que mi Hijo les pida.

Miren, mis hermanos, cuando escuchamos a la Morenita y hacemos lo que Jesús nos dice esa agua insípida de nuestra humanidad, esa agua insípida de nuestro dolor, de nuestros sufrimientos, de nuestros miedos, de nuestras angustias, de nuestra desesperanza se convertirá en el vino exquisito del Espíritu, del amor, de la alegría, del gozo, del entusiasmo.

Mis, amados hermanos, que nuestra Morenita, intercediendo por nosotros, como en Caná de Galilea, a fin de que ante todo busquemos corresponder y agradar, en alegría y gratitud, al Amor de los Amores y al Esposo fiel, Jesucristo, su Hijo, nuestro Señor.

Amén.

 
 
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