Mis amados hermanos y hermanas, alabemos, bendigamos
y demos gracias a Dios nuestro Padre, el autor del tiempo y
de la historia, quien en su infinita bondad y misericordia nos
ha permitido, nos está permitiendo llegar al término de este
año 2009.
Hemos escrito una página más de nuestra historia,
muchas veces llena de tachaduras y de enmendaduras que nos alejan
del proyecto divino. Es por eso, mis hermanos, que junto a nuestra
oración de alabanza, de bendición, de glorificación y de acción
de gracias, también pedimos perdón por todo aquello que hemos
dejado de hacer y que ha sido causa de tantas crisis en los
diversos órdenes: crisis moral, crisis familiar, crisis económica,
crisis laboral, crisis en el rubro de la salud. ¿Cuántos han
muerto en este año 2009? ¿cuántos hermanos nuestros han dejado
el país por la inseguridad, por la violencia, porque no tienen
trabajo, que se yo, mis hermanos?
Que mejor manera de terminar este año, queridísimos
hermanos y hermanas, que en la Casita Sagrada de nuestra preciosa
Niña y Celestial Señora, santa María de Guadalupe, la Madre
del Arraigadísimo Dios por quien se vive, la gran intercesora,
la medianera, la Madre de todo bien, del sumo bien, del único
bien, Jesucristo, nuestra alegría, nuestra esperanza, nuestra
justicia.
Hoy la liturgia, hermanos y hermanas, nos invita
a contemplar a María, la Madre de Jesús, quien con su “sí” trae
para nosotros la plenitud de los tiempos y en consecuencia el
don de la salvación eterna. Al comienzo de este año la contemplamos
y honramos bajo el título más antiguo con que la Iglesia la
reconoce: santa María Madre de Dios, al tiempo que invocamos
su maternal intercesión. En este tiempo de la Navidad se destaca,
aunque discreta, la presencia de María, la Madre de Jesús. Ella
ocupa durante este tiempo un papel fundamental tan así que en
las escenas posteriores a la natividad aparece siempre junto
al pequeño Niño en el portal de Belén, en el pesebre.
Ella a lo largo de todo el año nos acompañará,
pues, al celebrar a Jesús la contemplamos a Ella. En el año
litúrgico seguimos las huellas de su maternidad, recorremos
junto a Ella el camino de la fe, volviendo nuestra mirada siempre
a Belén, a Nazaret, a Jerusalén. Desde, entonces, su maternidad
acompaña la historia de la humanidad redimida, el camino de
la gran familia humana, destinataria de la obra de la redención.
(Homilía del Papa Juan Pablo II el 1° de enero de 2000).
Ella, mis amados hermanos, está indisolublemente
asociada al misterio de Cristo. En Él, Verbo eterno hecho carne
en el seno de María, la eternidad de Dios nos envuelve, porque
Dios ha querido hacerse visible, revelando el fin de la historia
misma y el destino de los esfuerzos de todas las personas que
viven sobre la faz de la tierra. ¿Cuánto tenemos que agradecer,
mis hermanos y hermanas? ¿cuánto? En esta noche, en estos últimos
minutos de este año 2009, los recuerdos se agolpan en nuestra
memoria, unos llenos de alegría y otros de nostalgia, por todo
ello, agradezcamos a Dios lo que de su bondad hemos recibido.
Nada de lo que acontece en nuestra vida es casualidad, mis amados
hermanos, nada se da por coincidencia, sino por dioscidencia,
vida en Dios, a través de los sucesos de nuestro tiempo, algo
quiere decirnos, ya lo dice la Sagrada Escritura: todo acontece
según la voluntad de Dios, no se cae ni un solo cabello de nuestra
cabeza, sino es por su voluntad.
Reflexionemos, pues, mis hermanos y hermanas,
al concluir este año civil sobre la caducidad de la vida. Somos
inevitablemente seres contingentes, seres limitados en el tiempo
y en el espacio, sumergidos en una dramática y cruda realidad
de la cual no podemos sustraernos, ante esta estremecedora verdad
para el cristiano. Miren, mis hermanos, brota la esperanza en
la eternidad, misma que nace y toma forma en el pesebre de Belén,
concretamente en aquel pequeño Niño, el Emmanuel, el Dios con
nosotros, que con su venida eterniza el tiempo e inaugura una
nueva era bajo su señorío. Desde entonces, mis amados hermanos,
desde la encarnación del divino, Él es el Señor de nuestra vida,
Él es el Señor de nuestra historia, Él es el que da sentido
a nuestro tiempo.
El tiempo propicio, amados hermanos y hermanas
está centrado en el Hijo amado del Padre, el sentido y el fin
de la historia humana está en Cristo, con su Encarnación, miren,
el tiempo alcanza su plenitud. Ya lo hemos escuchado en la carta
del apóstol san Pablo a los gálatas: al llegar la plenitud
de los tiempos, envió Dios a su Hijo, nacido de una mujer, nacido
bajo la ley, para rescatar a los que estábamos bajo la ley,
a fin de hacernos hijos suyos (4, 4-7). Dios Padre celestial
conoce y establece los tiempos y los momentos como lo afirma
el libro de los Hechos de los Apóstoles. (1, 6-7). Con el
nacimiento del Hijo de Dios, hermanos y hermanas, el tiempo
queda revestido de eternidad. El cronos se hace kairos,
es decir: tiempo de salvación, tiempo de gracia.
Mis hermanas y hermanos, el tiempo que por bondad
de Dios se nos concede y que tantas veces nos inquieta es la
oportunidad para realizarnos como hombres y cristianos, hay
que utilizar el tiempo que cada uno dispone para hacer realidad
el mensaje de Jesús. El tiempo es nuestra mejor oportunidad
para amar, para perdonar, para servir, para darnos unos a otros,
en una palabra, mis amados hermanos, para vivir y sólo se vive
y se vive intensamente si ese tiempo va realizándose en el amor,
cada paso, a cada acto de amor es un paso a la eternidad. Podemos
saborear ya la eternidad en la media en la que amemos. No hay
un más allá, sino un acá, mis hermanos. No hay un después, sino
un ahora y sí ahora, acá estamos viviendo en el amor, en el
servicio de entrega de alguna manera estamos entrando ya en
la eternidad.
Miren, esta ansía nuestra de eternidad, que
se contrapone, hermanos y hermanas, a nuestra temporalidad encuentra
su más genuina significación en el propio bautismo, pues, mediante
él fue sembrado en nuestro corazón, la semilla de eternidad
y es necesario cultivar esa semilla de eternidad.
Démosle gracias, hermanos y hermanas, al Señor,
por su amor misericordioso, ayuda constante, por su Palabra,
su Eucaristía y los Sacramentos. Por tantas veces y por tantas
cosa que el Señor nos ha dado, por la familia, los amigos, los
compañeros, por la salud, el trabajo, los frutos de este año.
Asimismo, hermanos y hermanas, sirva esta última
noche del año para pedir perdón, por eso el acto Penitencial
lo hemos hecho más prolongado, un poquito más largo, porque
queremos tomar conciencia de nuestras debilidades, de nuestras
fragilidades, de nuestras mezquindades, de nuestras miserias,
de los momentos en que no hemos sido plenamente fieles al amor
de Dios. Por nuestras omisiones y pasividades, por nuestras
faltas de voluntad y de coherencia, por nuestra falta de amor
y de entrega, por nuestra falta de fe.
Perdónanos, Señor, por tanta violencia, por
la corrupción y los crímenes, ¡qué terrible ha sido esta año
2009 Señor! ten piedad de nosotros, porque no hemos sabido
defender y promover la vida en sus distintas etapas, tampoco
hemos cuidado el medio ambiente, mira que terrible contaminación,
que grave desequilibrio ecológico. Perdónanos, Señor, por tanta
injusticia, por tantas mentiras que sólo satisfacen nuestros
propios intereses. Perdónanos, Señor, porque hay hambre y pobreza,
violación a los derechos humanos, porque no somos constructores
de la paz, de la verdad y de la justicia. Perdónanos, Señor.
Que tu bondad y misericordia nos acompañen. Que a nadie debamos
nada, más que el amor, como dice san Pablo. Que no tengamos
deuda alguna con nadie, fuera del amor, de la entrega, del servicio.
Así, pues, mis amados hermanos y hermanas, concluyamos
este año confiando en el Señor, confiando en sus designios,
confiemos a Él los anhelos y las esperanzas del nuevo año que
está por comenzar. Pidámosle nos conceda el don precioso de
la paz, el cual también invocamos con insistencia al comienzo
de este nuevo año. Mañana, precisamente, el Nuncio Apostólico
dará aquí lectura a este mensaje de paz, que su Santidad Benedicto
XVI nos envía este año.
La paz, nos dice el Santo Padre Benedicto XVI
en su mensaje anual, será posible si protegemos la creación.
En su mensaje, él, destaca la importancia del respeto que debemos
tener a la creación, puesto que ella es el comienzo y fundamento
de toda la obra de Dios y elemento esencial para la convivencia
pacífica de la humanidad. En su mensaje, el Pontífice subraya
otras estructuras que ponen en peligro la paz en el mundo: la
crueldad del hombre con el hombre, las guerras, los conflictos
internacionales y regionales, los atentados terroristas y las
violaciones de los derechos humanos.
Insiste, el Papa Benedicto XVI, que el desarrollo
humano integral está estrechamente relacionado con los deberes
que se derivan de la relación del hombre con su entorno natural,
como lo afirmara también hace veinte años el querido Papa Juan
Pablo II en su mensaje Paz con Dios creador, paz con
toda la creación, en el que el venerado pontífice nos llamó
la atención sobre nuestra relación como creaturas de Dios y
el universo que nos circunda.
Así, pues, mis amados hermanos y hermanas, la
Iglesia en ocasión de esta jornada, llama nuestra atención sobre
la relación Creador, ser humano y creación. La crisis ecológica,
dice el Papa, necesita una revisión profunda y con visión de
futuro del modelo de desarrollo, mientras que la humanidad necesita
una profunda renovación cultural y redescubrir los valores que
constituyen el fundamento sólido sobre el cual construir un
futuro mejor para todos.
Si bien es cierto, dice el Papa, participamos
en la creación del ser, sabiduría y bondad de Dios, no es para
que lo hagamos arbitrariamente, sino por el contrario, con responsabilidad.
Así, pues, debemos ejercer un gobierno responsable sobre la
creación, protegiéndola y cultivándola, respetándola. Esta responsabilidad
debe estar acompañada de una solidaridad intergeneracional,
es decir: de la responsabilidad que tienen las generaciones
presentes respecto a las futuras.
Así, pues, mis queridos hermanos y hermanas,
si queremos promover la paz, protejamos a la creación, pues
en ella está la huella creadora del Padre y de Cristo, que con
su muerte y resurrección, dice el Papa, ha reconciliado con
Dios, a todos los seres del cielo y de la tierra.
Mis queridos hermanos y hermanas, que el Señor
los bendiga y los proteja, haga resplandecer su rostro sobre
ustedes y les conceda su favor. Que el Señor los mire con benevolencia
y les conceda la paz. Que nuestra preciosa Niña y Muchachita,
santa María de Guadalupe, nos muestre al inicio de este año
su compasión, su auxilio, su defensa y no deje de caminar a
nuestro lado en este nuevo año 2010, tan significativo para
México y que tiene un profundo significado, también, para el
pueblo de América. Igual que México muchos pueblos de América
celebrarán, también, sus 200 años de independencia.
Pues, hermanos, pensemos en esto, reflexionemos
en esta Palabra: si miramos al pasado es para ser consiente
lo que hemos hecho, ahora hay que mirar al futuro para darnos
cuenta de lo mucho que nos queda por hacer, como un océano inmenso
en el cual hay que aventurarse. Mirando al pasado pedimos perdón
y damos gracias. Mirando al futuro confiados, y pedimos fortaleza
y protección.
Vivimos al día apoyados en el ayer, sembrando
para el mañana. El pasado, mis hermanos, son las raíces. El
presente es la savia, el futuro serán los frutos. No debemos
olvidar ninguna de las tres dimensiones. Vivimos el presente,
pero no vacios, sino cargados de energía, cargados de Espíritu
Santo, cargados de la gracia de Dios.
Ahora, pues, presentémosle al Señor, por intercesión
de Santa María de Guadalupe, como deseo y súplica, nuestras
mejores esperanzas para este nuevo año y lo hacemos encendiendo
estas doce velas, que ven ustedes al frente. Doce velas que
nos hablan de los doce meses del año, de los 365 días del año,
que queremos vivir sumergidos siempre en la voluntad de Dios.
Que de verdad se iluminen nuestras vidas y se exprese esta luz
en la esperanza, en la alegría, en el gozo.
Pongamos de pie para encender estos cirios mientras
cantamos y después haremos la profesión de fe, diciendo: Señor
creemos en Ti, es posible vivir en la esperanza, es posible
que nuestro cronos, nuestro tiempo se convierta en kairos, en
tiempo de gracia y de salvación.
Amén.