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Homilía
pronunciada por Mons. Diego Monroy Ponce, Vicario General y Episcopal de Guadalupe, Rector del Santuario, en ocasión de la Misa de acción de gracias de fin de año, en la Basílica de Guadalupe.

 

CON CRISTO, EL CRONOS SE HACE KAIROS

31 de diciembre de 2009

Mis amados hermanos y hermanas, alabemos, bendigamos y demos gracias a Dios nuestro Padre, el autor del tiempo y de la historia, quien en su infinita bondad y misericordia nos ha permitido, nos está permitiendo llegar al término de este año 2009.

Hemos escrito una página más de nuestra historia, muchas veces llena de tachaduras y de enmendaduras que nos alejan del proyecto divino. Es por eso, mis hermanos, que junto a nuestra oración de alabanza, de bendición, de glorificación y de acción de gracias, también pedimos perdón por todo aquello que hemos dejado de hacer y que ha sido causa de tantas crisis en los diversos órdenes: crisis moral, crisis familiar, crisis económica, crisis laboral, crisis en el rubro de la salud. ¿Cuántos han muerto en este año 2009? ¿cuántos hermanos nuestros han dejado el país por la inseguridad, por la violencia, porque no tienen trabajo, que se yo, mis hermanos?

Que mejor manera de terminar este año, queridísimos hermanos y hermanas, que en la Casita Sagrada de nuestra preciosa Niña y Celestial Señora, santa María de Guadalupe, la Madre del Arraigadísimo Dios por quien se vive, la gran intercesora, la medianera, la Madre de todo bien, del sumo bien, del único bien, Jesucristo, nuestra alegría, nuestra esperanza, nuestra justicia.

Hoy la liturgia, hermanos y hermanas, nos invita a contemplar a María, la Madre de Jesús, quien con su “sí” trae para nosotros la plenitud de los tiempos y en consecuencia el don de la salvación eterna. Al comienzo de este año la contemplamos y honramos bajo el título más antiguo con que la Iglesia la reconoce: santa María Madre de Dios, al tiempo que invocamos su maternal intercesión. En este tiempo de la Navidad se destaca, aunque discreta, la presencia de María, la Madre de Jesús. Ella ocupa durante este tiempo un papel fundamental tan así que en las escenas posteriores a la natividad aparece siempre junto al pequeño Niño en el portal de Belén, en el pesebre.

Ella a lo largo de todo el año nos acompañará, pues, al celebrar a Jesús la contemplamos a Ella. En el año litúrgico seguimos las huellas de su maternidad, recorremos junto a Ella el camino de la fe, volviendo nuestra mirada siempre a Belén, a Nazaret, a Jerusalén.  Desde, entonces, su maternidad acompaña la historia de la humanidad redimida, el camino de la gran familia humana, destinataria de la obra de la redención. (Homilía del Papa Juan Pablo II el 1° de enero de 2000).

Ella, mis amados hermanos, está indisolublemente asociada al misterio de Cristo. En Él, Verbo eterno hecho carne en el seno de María, la eternidad de Dios nos envuelve, porque Dios ha querido hacerse visible, revelando el fin de la historia misma y el destino de los esfuerzos de todas las personas que viven sobre la faz de la tierra. ¿Cuánto tenemos que agradecer, mis hermanos y hermanas? ¿cuánto? En esta noche, en estos últimos minutos de este año 2009, los recuerdos se agolpan en nuestra memoria, unos llenos de alegría y otros de nostalgia, por todo ello, agradezcamos a Dios  lo que de su bondad hemos recibido. Nada de lo que acontece en nuestra vida es casualidad, mis amados hermanos, nada se da por coincidencia, sino por dioscidencia, vida en Dios, a través de los sucesos de nuestro tiempo, algo quiere decirnos, ya lo dice la Sagrada Escritura: todo acontece según la voluntad de Dios, no se cae ni un solo cabello de nuestra cabeza, sino es por su voluntad. 

Reflexionemos, pues, mis hermanos y hermanas, al concluir este año civil sobre la caducidad de la vida. Somos inevitablemente seres contingentes, seres limitados en el tiempo y en el espacio, sumergidos en una dramática y cruda realidad de la cual no podemos sustraernos, ante esta estremecedora verdad para el cristiano. Miren, mis hermanos, brota la esperanza en la eternidad, misma que nace y toma forma en el pesebre de Belén, concretamente en aquel pequeño Niño, el Emmanuel, el Dios con nosotros, que con su venida eterniza el tiempo e inaugura una nueva era bajo su señorío. Desde entonces, mis amados hermanos, desde la encarnación del divino, Él es el Señor de nuestra vida, Él es el Señor de nuestra historia, Él es el que da sentido a nuestro tiempo.

El tiempo propicio, amados hermanos y hermanas está centrado en el Hijo amado del Padre, el sentido y el fin de la historia humana está en Cristo, con su Encarnación, miren, el tiempo alcanza su plenitud. Ya lo hemos escuchado en la carta del apóstol san Pablo a los gálatas: al llegar la plenitud de los tiempos, envió Dios a su Hijo, nacido de una mujer, nacido bajo la ley, para rescatar a los que estábamos bajo la ley, a fin de hacernos hijos suyos (4, 4-7). Dios Padre celestial conoce y establece los tiempos y los momentos como lo afirma el libro de los Hechos de los Apóstoles. (1, 6-7). Con el nacimiento del Hijo de Dios, hermanos y hermanas, el tiempo queda revestido de eternidad. El cronos se hace kairos, es decir: tiempo de salvación, tiempo de gracia.

Mis hermanas y hermanos, el tiempo que por bondad de Dios se nos concede y que  tantas veces nos inquieta es la oportunidad para realizarnos como hombres y cristianos, hay que utilizar el tiempo que cada uno dispone para hacer realidad el mensaje de Jesús. El tiempo es nuestra mejor oportunidad para amar, para perdonar, para servir, para darnos unos a otros, en una palabra, mis amados hermanos, para vivir y sólo se vive y se vive intensamente si ese tiempo va realizándose en el amor, cada paso, a cada acto de amor es un paso a la eternidad. Podemos saborear ya la eternidad en la media en la que amemos. No hay un más allá, sino un acá, mis hermanos. No hay un después, sino un ahora y sí ahora, acá estamos viviendo en el amor, en el servicio de entrega de alguna manera estamos entrando ya en la eternidad.

Miren, esta ansía nuestra de eternidad, que se contrapone, hermanos y hermanas, a nuestra temporalidad encuentra su más genuina significación en el propio bautismo, pues, mediante él fue sembrado en nuestro corazón, la semilla de eternidad y es necesario cultivar esa semilla de eternidad.

Démosle gracias, hermanos y hermanas, al Señor, por su amor misericordioso, ayuda constante, por su Palabra, su Eucaristía y los Sacramentos. Por tantas veces y por  tantas cosa que el Señor nos ha dado, por la familia, los amigos, los compañeros, por la salud, el trabajo, los frutos de este año.

Asimismo, hermanos y hermanas, sirva esta última noche del año para pedir perdón, por eso el acto Penitencial lo hemos hecho más prolongado, un poquito más largo, porque queremos tomar conciencia de nuestras debilidades, de nuestras fragilidades, de nuestras mezquindades, de nuestras miserias, de los momentos en que no hemos sido plenamente fieles al amor de Dios. Por nuestras omisiones y pasividades, por nuestras faltas de voluntad y de coherencia, por nuestra falta de amor y de entrega, por nuestra falta de fe.

Perdónanos, Señor, por tanta violencia, por la corrupción y los crímenes, ¡qué terrible ha sido esta año 2009 Señor! ten piedad de nosotros, porque no hemos sabido defender y promover la vida en sus distintas etapas, tampoco hemos cuidado el medio ambiente, mira que terrible contaminación, que grave desequilibrio ecológico. Perdónanos, Señor, por tanta injusticia, por tantas mentiras que sólo satisfacen nuestros propios intereses. Perdónanos, Señor, porque hay hambre y pobreza, violación  a los derechos humanos, porque no somos constructores de la paz, de la verdad y de la justicia. Perdónanos, Señor. Que tu bondad y misericordia nos acompañen. Que a nadie debamos nada,  más que el amor, como dice san Pablo. Que no tengamos deuda alguna con nadie, fuera del amor, de la entrega, del servicio.

Así, pues, mis amados hermanos y hermanas, concluyamos este año confiando en el Señor, confiando en sus designios, confiemos a Él los anhelos y las esperanzas del nuevo año que está por comenzar. Pidámosle nos conceda el don precioso de la paz, el cual también invocamos con insistencia al comienzo de este nuevo año. Mañana, precisamente, el Nuncio Apostólico dará aquí lectura a este mensaje de paz, que su Santidad Benedicto XVI nos envía este año.

La paz, nos dice el Santo Padre Benedicto XVI en su mensaje anual, será posible si protegemos la creación. En su mensaje, él, destaca la importancia del respeto que debemos tener a la creación, puesto que ella es el comienzo y fundamento de toda la obra de Dios y elemento esencial para la convivencia pacífica de la humanidad. En su mensaje, el Pontífice subraya otras estructuras que ponen en peligro la paz en el mundo: la crueldad del hombre con el hombre, las guerras, los conflictos internacionales y regionales, los atentados terroristas y las violaciones de los derechos humanos. 

Insiste, el Papa Benedicto XVI, que el desarrollo humano integral está estrechamente relacionado con los deberes que se derivan de la relación del hombre con su entorno natural, como lo afirmara también hace veinte años el querido Papa Juan Pablo II en su mensaje Paz con Dios creador, paz con toda la creación, en el que el venerado pontífice nos llamó la atención sobre nuestra relación como creaturas de Dios y el universo que nos circunda.

Así, pues, mis amados hermanos y hermanas, la Iglesia en ocasión de esta jornada, llama nuestra atención sobre la relación Creador, ser humano y creación. La crisis ecológica, dice el Papa, necesita una revisión profunda y con visión de futuro del modelo de desarrollo, mientras que la humanidad necesita una profunda renovación cultural y redescubrir los valores que constituyen el fundamento sólido sobre el cual construir un futuro mejor para todos.

Si bien es cierto, dice el Papa, participamos en la creación del ser, sabiduría y bondad de Dios, no es para que lo hagamos arbitrariamente, sino por el contrario, con responsabilidad. Así, pues, debemos ejercer un gobierno responsable sobre la creación, protegiéndola y cultivándola, respetándola. Esta responsabilidad debe estar acompañada de una solidaridad intergeneracional, es decir: de la responsabilidad que tienen las generaciones presentes respecto a las futuras.

Así, pues, mis queridos hermanos y hermanas, si queremos promover la paz, protejamos a la creación, pues en ella está la huella creadora del Padre y de Cristo, que con su muerte y resurrección, dice el Papa, ha reconciliado con Dios, a todos los seres del cielo y de la tierra.

Mis queridos hermanos y hermanas, que el Señor los bendiga y los proteja, haga resplandecer su rostro sobre ustedes y les conceda su favor. Que el Señor los mire con benevolencia y les conceda la paz. Que nuestra preciosa Niña y Muchachita, santa María de Guadalupe, nos muestre al inicio de este año su compasión, su auxilio, su defensa y no deje de caminar a nuestro lado en este nuevo año 2010, tan significativo para México y que tiene un profundo significado, también, para el pueblo de América. Igual que México muchos pueblos de América celebrarán, también, sus 200 años de independencia.

Pues, hermanos, pensemos en esto, reflexionemos en esta Palabra: si miramos al pasado es para ser consiente lo que hemos hecho, ahora hay que mirar al futuro para darnos cuenta de lo mucho que nos queda por hacer, como un océano inmenso en el cual hay que aventurarse. Mirando al pasado pedimos perdón y damos gracias. Mirando al futuro confiados, y pedimos fortaleza y protección.

Vivimos al día apoyados en el ayer, sembrando para el mañana. El pasado, mis hermanos, son las raíces. El presente es la savia, el futuro serán los frutos. No debemos olvidar ninguna de las tres dimensiones. Vivimos el presente, pero no vacios, sino cargados de energía, cargados de Espíritu Santo, cargados de la gracia de Dios.

Ahora, pues, presentémosle al Señor, por intercesión de Santa María de Guadalupe, como deseo y súplica, nuestras mejores esperanzas para este nuevo año y lo hacemos encendiendo estas doce velas, que ven ustedes al frente. Doce velas que nos hablan de los doce meses del año, de los 365 días del año, que queremos vivir sumergidos siempre en la voluntad de Dios. Que de verdad se iluminen nuestras vidas y se exprese esta luz en la esperanza, en la alegría, en el gozo.

Pongamos de pie para encender estos cirios mientras cantamos y después haremos la profesión de fe, diciendo: Señor creemos en Ti, es posible vivir en la esperanza, es posible que nuestro cronos, nuestro tiempo se convierta en kairos, en tiempo de gracia y de salvación.

Amén.

 
 
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