Mis amados hermanos
y hermanas, Cristo es nuestra paz. Y es la paz que Dios
nos envió por medio de María para nuestra reconciliación con
Él y entre nosotros.
¡Alabemos a Dios
por su misericordia y alabemos a nuestra Señora por su obediencia,
por su sencillez, por su disponibilidad, porque el “sí” de
Ella es un eco que se extiende hasta el infinito en la historia
y en la eternidad!
Estamos todavía,
mis hermanos, en el ambiente de la Navidad y desde el Adviento
nuestra Señora aparecía ya como una de las figuras, que le
daban vida y sentido a esta etapa inicial del Año Litúrgico.
Hace apenas hace ocho días hemos celebrado el nacimiento del
Jesús, dando así inicio al tiempo de Navidad y que termina
hasta la fecha de la Epifanía con la cual se celebra el sentido
universal de la salvación. En este tiempo tan hermoso y lleno
de gracia, la Virgen Madre continúa en un lugar privilegiado,
pues, con su obediencia pronta y humilde es Ella quien ha
hecho posible la entrada del Hijo de Dios en nuestra historia.
Jesucristo es el Hijo de Dios e Hijo de la humanidad por medio
de María. La expresión más completa de su maternidad virginal
es su respuesta libre y gozosa en el amor al servicio de Dios
y de la humanidad.
Al celebrar, mis
amados hermanos y hermanas, este día 1° del año a la gran
Madre de Dios, la Iglesia celebra también la Jornada de
la Paz. Aparentemente nada tiene que ver la Virgen, Madre
de Dios, con la paz. Sin embargo, mis hermanos, me parece
que al menos hay dos razones por las que están estrechamente
relacionados. La primera es la obediencia de María, que con
su “sí” se convierte en constructora de la paz. La obediencia
de María la hizo entrar en armonía con el proyecto de Dios,
porque se dio en la fe y en el amor. Si consideramos, que
la paz (shalom) quiere decir: en primer lugar armonía podemos
comprender, que cuando nuestra Señora le dijo a Dios: “sí”
Ella entró en armonía perfecta con los planes de Dios y le
dejó hacer sobre Ella cuanto quiso y como quiso. No puso condiciones,
no hizo cálculos para ver si le convenía o no comprometerse
en el proyecto divino, simplemente aceptó sin más. Fiat,
hágase: ¡He aquí la esclava del Señor hágase en mí
según tu Palabra! Si acaso hizo una pregunta con la cual
quería sólo saber que debía hacer, para cooperar y poner todo
lo que estaba en sus manos. Su respuesta fue expresión de
fe y amor a Dios y a la humanidad. La segunda razón, mis hermanos,
está en el hecho de habernos dado al Príncipe de la paz, el
que con su encarnación unió en armonía el cielo y la tierra.
Y con su muerte y resurrección puso en paz todas las cosas.
Vino a restablecer y a elevar lo que estaba derrumbado.
Vale, entonces, la pena reflexionar
juntos, queridos hermanos y hermanas, en la paz. En la paz
como una de las consecuencias, y tal vez la principal, así
como en las exigencias en la Encarnación, la Muerte y la Resurrección
traen consigo a fin de hacer nuestra la obra redentora de
Jesucristo.
La paz, nos
dice el Papa Benedicto XVI en su mensaje anual, será posible
si protegemos la creación. En el destaca la importancia
del respeto que debemos tener a la creación, puesto que ella
es el comienzo y el fundamento de toda la obra Dios y elemento
esencial para la convivencia pacífica de la humanidad.
En su mensaje el Pontífice
subraya otras estructuras que ponen en peligro a la paz en
el mundo: La crueldad del hombre con el hombre, las guerras,
los conflictos internacionales y regionales, los atentados
terroristas y las violaciones de los derechos humanos. Insiste
el Papa en el desarrollo humano integral que está estrechamente
relacionado con los deberes que se derivan de la relación
del hombre con su entorno natural, como lo afirmará también
hace 20 años el tan querido y recordado Siervo de Dios Juan
Pablo II en su mensaje: Paz con Dios Creador, paz con toda
la creación. En el que el venerado Pontífice nos llamó
la atención sobre nuestra relación como creaturas de Dios
y del universo que nos circunda.
Así, pues, mis amados hermanos
y hermanas, la Iglesia en ocasión de esta jornada llama nuestra
atención sobre la relación: Creador, ser humano y creación.
La crisis ecológica dice el Papa: necesita una revisión
profunda y con visión de futuro del modelo de desarrollo,
mientras que la humanidad necesita una profunda renovación
cultural y redescubrir los valores que constituyen el fundamento
sólido sobre el cual construir un futuro mejor para todos.
Mis queridos hermanos y hermanas,
vivir la paz, construir la paz, trabajar por la paz es entonces
la primera de las exigencias de nuestra condición de salvados,
por eso impone una reflexión que nos haga comprender este
don de Dios a fin de convertirnos en artífices de la paz.
Jesús dice en el Evangelio de Mateo: bienaventurados los
que trabajan por la paz. La paz es un don de Dios, pero Él
quiere que seamos colaboradores suyos en la construcción y
esta colaboración con Dios comienza en la sintonía con su
voluntad, comienza como en Cristo y en María con un “sí” participando
con obediencia en el plan del Padre.
Mis hermanos, la paz es hermana
de la justicia y tal vez sería mejor decir que aquella es
el resultado lógico de esta. Cuando respetamos a los demás
en su integridad estamos practicando la justicia y por lo
mismo estamos cooperando con la paz. Cuando las relaciones
familiares, laborales y políticas son justas estamos cooperando
en la construcción de la justica. Cuando nos preocupamos de
los más pobres y emprendemos acciones para su promoción y
desarrollo aunque sea de la manera más discreta y humilde
estamos entonces fomentado una cultura de paz, comprometidas
y sostenía, que tendrá que proyectarse en el respeto de la
creación, de la ecología. Tanto la observancia y el respeto
de las leyes justas, como la promoción de la educación y del
derecho al trabajo, para todos por igual, son condiciones
para una auténtica paz que permite el desarrollo, la seguridad
y la convivencia entre la gente que vive en una misma casa:
que es nuestro mundo, que debe ser nuestra patria mexicana,
nuestro continente.
Y en esta tarea, mis hermanos,
no tiene que ver sólo las autoridades y los grandes, esto
es tarea de todos, mis amados hermanos. Todos tenemos algo
que hacer, más que decir, en el tema de la paz. En todo caso
son más bien las pequeñas y humildes, como nos lo muestra
Cristo y María, nuestra Señora de la Paz, lo que son, lo que
con sus pequeñas acciones discretas y modestas en todo sentido
logran crear ámbitos de paz en torno suyo, como muestras de
que para construir la paz sólo se necesita amor, sólo se necesita
fidelidad a Dios, fidelidad al hombre, respeto y sentido de
solidaridad con toda la creación.
Mis hermanos y hermanas, la
humanidad está cansada de grandes discursos sobre la paz.
El mundo pide y necesita acciones muy concretas, aunque sean
pequeñas, pero que se desarrollen en la verdad y en el respeto
integral de todos. Es importante que en esta año tan significativo
para nosotros por las diversas conmemoraciones: 200 años de
la Independencia, 100 años de la Revolución.
Mis hermanos, es importante
que como discípulos del Rey de la paz demos responsablemente
testimonio de esperanza en un país justo; en un país pacífico;
en un país solidario, hermano.
En la Eucaristía signo de nuestra
reconciliación con Dios y con los hermanos, por la acción
única e insustituible de Cristo podremos ir profundizando
cada día más y más, particularmente los domingos, en este
compromiso y honor de ser constructores de estructuras cada
vez más fraternales en las que reine la paz, la justicia,
la verdad y la libertad. Y María nuestra Señora de la Paz,
nuestra preciosa Niña, Santa María de Guadalupe, que vino
a reconciliar el antagonismo surgido entre nuestros abuelos,
mexicas y españoles, nos siga acompañando con su ejemplo y
su intercesión para lograr ser artífices de paz.
Amén.