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Homilía
pronunciada por Mons. Diego Monroy Ponce, Vicario General y Episcopal de Guadalupe y Rector del Santuario, en el domingo de Pentecostés.

Domingo 30 de mayo del 2004

PENTECOSTÉS: CULMINACIÓN DE LA PASCUA

          Queridos hermanos: Hoy es Pentecostés, culminación de la Pascua. ¡Aleluya! Cantemos, con himnos de alabanza, gratitud y reconocimiento, el amor de Dios que el Padre nos ha revelado por medio de Hijo Jesucristo, y que se nos ha comunicado por medio de su Espíritu.
          
           Cristo, mediante su Encarnación, nos ha manifestado el rostro, la fisonomía del Padre y, por su muerte gloriosa, nos ha dado su Espíritu. Entregó su Espíritu, dice san Juan (19,30), tal como lo había prometido en la noche de su pasión. Pentecostés es la culminación de la obra —¡esta maravillosa aventura de amor!— que Dios inició en la Encarnación del Verbo. San Juan y san Lucas, cada uno, a su manera, nos refieren y explican este misterio con que culmina la obra de la nueva creación a través de Cristo. Por eso decimos que Resurrección, Ascensión y Pentecostés son tres dimensiones del único misterio de la vida plena que Dios, en su inefable misericordia, nos da en abundancia.
          
           La gran fiesta que hoy celebramos, queridos hermanos, manifiesta los efectos de la obra redentora de Cristo. Uno de ellos es que todos y cada uno de los que formamos esta humanidad, podamos agradar a Dios, si nos dejamos llevar por su Espíritu y vivimos de acuerdo con lo que Cristo nos enseñó y corroboró con su ejemplo; otro —y tal vez el que hoy nos interesa resaltar más— es el sentido de la existencia de la Iglesia, así como el sentido de su misión en el mundo y en la historia.
          
           En efecto, mis hermanos, Pentecostés es la explicación del nacimiento y la expansión de la Iglesia. Porque es el Espíritu Santo, el don más excelente y fundamental de la Pascua. Por eso decimos que celebramos la culminación de la Pascua. Porque, pensemos un poco: ¿de qué hubiera servido la muerte de Cristo si no nos supiéramos favorecidos por este acto de amor de Dios? ¿Y cómo es que llegamos a comprender que estamos implicados en este misterio de amor, si no es precisamente gracias a la acción del Espíritu que se nos ha dado? Dice san Pablo, en la segunda lectura: a todos se nos ha dado a beber del mismo Espíritu.
          
           Gracias a la acción misteriosa de este don perfecto, que el Padre y el Hijo nos han concedido, podemos comprender y vivir lo que entendemos tanto en el nivel de toda la Iglesia en su conjunto, como cuerpo de Cristo, como en la experiencia de cada uno de los que la integramos. El Espíritu Santo es el principio de su acción fecunda en el mundo a lo largo de la historia.

          
Gracias a su acción eficaz, la Iglesia se renueva constantemente en todos los momentos de su vida: en cada acción litúrgica, especialmente en la Eucaristía; en la reflexión, en la contemplación y en la oración de sus fieles; pero también, y a manera de testimonio, en la vida práctica de todos sus fieles, especialmente en el servicio al mundo mediante sus actividades laborales, culturales, políticas, familiares y de esparcimiento que realizan, en el espíritu del Evangelio, como actos de bondad y de justicia fraternal. Esto, mis hermanos, es obra del Espíritu.

           Pero Pentecostés, como ya decíamos, es revelación del misterio de la Iglesia. Y quisiera abundar en esta reflexión, que hago con ustedes, a fin de que esta solemnidad sea lo que tiene que ser como fin primordial: una renovación y actualización del misterio que nos lleva a la vida plena.

           Las lecturas de este día están tan ligadas al Antiguo Testamento, que prácticamente no se comprenden con toda su profundidad si no tomamos en cuenta esta relación. Dicho de otra manera: el acontecimiento de Pentecostés no se explica sin entender los signos con se manifiesta la intervención de Dios en el nacimiento de su Pueblo. Todos ellos están muy presentes en la tradición bíblica a partir del evento del Sinaí con todos sus elementos teofánicos, es decir con los signos con se desarrolló el encuentro entre Dios y su pueblo compuesto por la doce tribus de Israel; el fuego y el viento como manifestación de la presencia de un Dios vivo que interviene en la historia para ocuparse del pueblo que está por nacer mediante una alianza sellada por la ley de libertad propia de los hijos de Dios.

           El nuevo Pueblo de Dios, tiene los mismos signos de la mismas realidades divinas: la irrupción (o presencia inesperada o repentina) del Espíritu como fuego y viento: elementos sensibles, pero innegablemente como signos contundentes de la nueva presencia viva del Espíritu. Los doce, con María como iniciadores de la nueva y definitiva etapa de la salvación en la que ya no hay judíos o no judíos, esclavos o libres, pobres o ricos, de una lengua o de otra, formando un solo pueblo o, como dice san Pablo, un solo cuerpo; unidos por el mismo y único Espíritu de Dios y en Cristo que permanece vivo para siempre a pesar de los diversos miembros que la conforman a lo largo de los siglos. ¡Ésta es nuestra Iglesia!

           Esta Iglesia, que permanece siempre la misma, a pesar de su permanente renovación y actualización, es la que Cristo quiso que existiera por voluntad del Padre. Y existe así gracias al Espíritu que le da sentido a su ser y a su quehacer, pues Él es el alma que le da vida en plenitud para que pueda comunicarla a todos los hombres que aceptan a Jesucristo como Señor; Él es la fuerza que la anima para que sea testigo del amor de Dios en medio de un mundo autosuficiente y materialista que, por el autoritarismo y la injusticia, no respeta la vida ni la dignidad de los hombres; Él es la alegría que nadie nos puede arrebatar (cf. Jn 16,22) y nos da seguridad, valor y confianza, más aún, coraje para vivir contra los criterios del mundo.

           Que la presencia de Nuestra Señora Santa María de Guadalupe en medio de la Iglesia que peregrina en este Continente de América, como en Pentecostés, nos alcance del Padre del amor ser testigos de su Hijo, compartiendo lo que somos y tenemos, especialmente los bienes espirituales o carismas para el bien de toda su santa Iglesia.
          
           Amén.

 
 
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