Domingo 25 de julio del 2004
SOMOS INVITADOS A HABLAR
CON DIOS
Mis amados
hermanas y hermanos:
De todo corazón démosle gracias a Nuestro Buen
Padre Dios porque en su Hijo Jesucristo nos ha mostrado su amor
y su lealtad y porque siempre que lo invocamos nos escucha y nos
llena de valor.
En el camino de subida de Jesús a Jerusalén,
el domingo pasado, con la escena de las hermanas Marta y María,
Lucas subrayaba la escucha de la palabra de Dios como actitud
del creyente. Hoy nos habla de la oración. Hoy no es ya una
invitación a escuchar a Dios, sino a hablarle. Tema que va preparado
como siempre por la primera lectura, con la figura de Abraham quien
al conocer la intención del Señor de destruir a Sodoma y Gomorra,
inicia el regateo, típico estilo oriental, con quien habría sido
su huésped.
El regateo de Abraham conecta con la impertinencia
del amigo inoportuno de la parábola del Evangelio de Lucas.
Tanto Abraham como el amigo inoportuno insisten porque confían
en el amigo que les escucha y porque se sienten responsables de
los demás – Abraham, de los justos de Sodoma y el amigo inoportuno,
del amigo que ha llegado de un viaje – .
Ahora y aquí, Abraham es modelo de perseverancia
en la oración de intercesión, porque confía en Dios. Y a
la vez es modelo del creyente que se sabe responsable de la suerte
de todos los pueblos, porque es capaz de regatear ante quien
sea para que nadie sea destruido.
Aunque parecería a él ni le va ni le viene, se
muestra solidario con los pecadores intercediendo por ellos ante
Dios. Y se vale de la bondad de los justos, que aunque pocos,
podrán salvar a los injustos, aunque sean muchos. Y con la tenacidad
del comerciante oriental que regatea, intentando bajar más y más
el precio a pagar, Abraham presenta a los buenos ante su amigo
Dios para que éste olvide la culpa de los malos y los perdone.
Ese regateo ha llegad a su culminación cuando
uno solo, Jesucristo, se ha puesto para compensar la balanza
de todos los demás, de la humanidad entera pecadora. Uno, el
Justo, clavado en la cruz, perdonó los pecados de todos. Así lo
expresaba san Pablo en la segunda lectura.
San Lucas es el evangelista que más veces presenta
a Jesús como modelo de oración. Cristo Jesús, el Hijo amado del
Padre, es el auténtico Mediador e Intercesor nuestro, que no solo
oró por nosotros, sino que entregó su vida por solidaridad con la
humanidad. Y de su ejemplo deriva que también nosotros, sus
seguidores, tenemos que dar importancia a la oración en la vida
cristiana. Precisamente sus discípulos le pidieron que les enseñara
a orar porque le vieron a él orando. ¡Cuantas veces el evangelista
nos recuerda que Jesús oraba! Es más, insiste en la importancia
de la oración pues nos recuerda que Jesús, siempre antes de iniciar
algo importante, se retiraba a orar. Se concentraba ante su Padre,
le consultaba, le daba gracias, le pedía ayuda.
Es una realidad palpable en nuestro mundo: Sodoma
y Gomorra ciudades pecadoras y abominables, ciudades malditas. México,
New York, París, Roma, Brasilia, Buenos Aires. El hombre quiere
ser autónomo y ha arruinado al mundo: prostitución, espectáculos
pornográficos, homosexualismo, aborto, mafias, negocios ilícitos,
drogas, corrupción, injusticia… Tal parece que no vivimos en
un mundo redimido por la Sangre preciosa de Jesucristo y purificado
por el amor del Espíritu.
Un mundo que clama castigo: la creatura se ha
puesto contra su creador, el barro se ha levantado contra el
Omnipotente. Un mundo infrahumano de miseria, de opresión, de
iniquidad. Odio y muerte. Lucha y violencia. Oscuridad y suciedad.
A pesar de todo el mal de los dolores, de los
terremotos, del terrorismo, de la violencia y de la enfermedad y
de la muerte, el Padre sigue amando a sus creaturas porque de
la tierra sube el suave perfume de la oración del que se siente
responsable de la suerte de los demás, oración de intercesión
desinteresada, sencilla y confiada del niño, del joven, del hombre
maduro, de la familia, del anciano, de la religiosa, del sacerdote
que busca el bien ajeno que el propio y que hace que el Padre sea
misericordioso. Oración insistente, llena de esperanza de
quien confía en la bondad del Amigo y no se cansa de aburrirle
con su petición.
Los que queremos aprender a orar, hemos de imitar
el desinterés de Abraham que intercedía a favor de los habitantes
de Sodoma y de Gomorra, a pesar de que nada tenía que perder él.
Y su insistencia que no le dejaba rendirse en su petición machacona,
confiando en la bondad de su interlocutor, el Señor.
A la petición del discípulo que pide a Jesús
le enseñe a orar, él contesta dando el ejemplo que resume su oración,
el ejemplo que expresa su estilo de orar, su manera de dirigirse
al Padre.
Él se presenta como verdadero Maestro de oración
pues enseña con su vida. El discípulo que se ha percatado de
su ejemplo, encuentra en la fórmula del Padrenuestro la oración
perfecta, que él tan sólo se “atreverá a decir”, como afirmarnos
respetuosamente antes de recitarlo en la celebración litúrgica.
Mis hermanas y hermanos, que unidos a nuestra
Niña Santa María de Guadalupe y a nuestro querido San Juan Diego
Cuauhtlatoatzin le digamos con todas las fuerzas de nuestro corazón:
“Señor, enséñanos a orar y a disfrutar de la oración. Que no sea
para nosotros tanto una obligación pesada, sino como el respirar
alegre de nuestra vida creyente”. Haznos tomar conciencia de
que de alguna manera somos responsables de la suerte de los demás.
Amén.