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HOMILÍA
PRONUNCIADA POR MONS. DIEGO MONROY PONCE, VICARIO GENERAL Y EPISCOPAL DE GUADALUPE Y RECTOR DEL SANTUARIO EN EL XVII DOMINGO ORDINARIO

Domingo 25 de julio del 2004

SOMOS INVITADOS A HABLAR CON DIOS

Mis amados hermanas y hermanos:

De todo corazón démosle gracias a Nuestro Buen Padre Dios porque en su Hijo Jesucristo nos ha mostrado su amor y su lealtad y porque siempre que lo invocamos nos escucha y nos llena de valor.

En el camino de subida de Jesús a Jerusalén, el domingo pasado, con la escena de las hermanas Marta y María, Lucas subrayaba la escucha de la palabra de Dios como actitud del creyente. Hoy nos habla de la oración. Hoy no es ya una invitación a escuchar a Dios, sino a hablarle. Tema que va preparado como siempre por la primera lectura, con la figura de Abraham quien al conocer la intención del Señor de destruir a Sodoma y Gomorra, inicia el regateo, típico estilo oriental, con quien habría sido su huésped.

El regateo de Abraham conecta con la impertinencia del amigo inoportuno de la parábola del Evangelio de Lucas. Tanto Abraham como el amigo inoportuno insisten porque confían en el amigo que les escucha y porque se sienten responsables de los demás – Abraham, de los justos de Sodoma y el amigo inoportuno, del amigo que ha llegado de un viaje – .

Ahora y aquí, Abraham es modelo de perseverancia en la oración de intercesión, porque confía en Dios. Y a la vez es modelo del creyente que se sabe responsable de la suerte de todos los pueblos, porque es capaz de regatear ante quien sea para que nadie sea destruido.

Aunque parecería a él ni le va ni le viene, se muestra solidario con los pecadores intercediendo por ellos ante Dios. Y se vale de la bondad de los justos, que aunque pocos, podrán salvar a los injustos, aunque sean muchos. Y con la tenacidad del comerciante oriental que regatea, intentando bajar más y más el precio a pagar, Abraham presenta a los buenos ante su amigo Dios para que éste olvide la culpa de los malos y los perdone.

Ese regateo ha llegad a su culminación cuando uno solo, Jesucristo, se ha puesto para compensar la balanza de todos los demás, de la humanidad entera pecadora. Uno, el Justo, clavado en la cruz, perdonó los pecados de todos. Así lo expresaba san Pablo en la segunda lectura.

San Lucas es el evangelista que más veces presenta a Jesús como modelo de oración. Cristo Jesús, el Hijo amado del Padre, es el auténtico Mediador e Intercesor nuestro, que no solo oró por nosotros, sino que entregó su vida por solidaridad con la humanidad. Y de su ejemplo deriva que también nosotros, sus seguidores, tenemos que dar importancia a la oración en la vida cristiana. Precisamente sus discípulos le pidieron que les enseñara a orar porque le vieron a él orando. ¡Cuantas veces el evangelista nos recuerda que Jesús oraba! Es más, insiste en la importancia de la oración pues nos recuerda que Jesús, siempre antes de iniciar algo importante, se retiraba a orar. Se concentraba ante su Padre, le consultaba, le daba gracias, le pedía ayuda.

Es una realidad palpable en nuestro mundo: Sodoma y Gomorra ciudades pecadoras y abominables, ciudades malditas. México, New York, París, Roma, Brasilia, Buenos Aires. El hombre quiere ser autónomo y ha arruinado al mundo: prostitución, espectáculos pornográficos, homosexualismo, aborto, mafias, negocios ilícitos, drogas, corrupción, injusticia… Tal parece que no vivimos en un mundo redimido por la Sangre preciosa de Jesucristo y purificado por el amor del Espíritu.

Un mundo que clama castigo: la creatura se ha puesto contra su creador, el barro se ha levantado contra el Omnipotente. Un mundo infrahumano de miseria, de opresión, de iniquidad. Odio y muerte. Lucha y violencia. Oscuridad y suciedad.

A pesar de todo el mal de los dolores, de los terremotos, del terrorismo, de la violencia y de la enfermedad y de la muerte, el Padre sigue amando a sus creaturas porque de la tierra sube el suave perfume de la oración del que se siente responsable de la suerte de los demás, oración de intercesión desinteresada, sencilla y confiada del niño, del joven, del hombre maduro, de la familia, del anciano, de la religiosa, del sacerdote que busca el bien ajeno que el propio y que hace que el Padre sea misericordioso. Oración insistente, llena de esperanza de quien confía en la bondad del Amigo y no se cansa de aburrirle  con su petición.

Los que queremos aprender a orar, hemos de imitar el desinterés de Abraham que intercedía a favor de los habitantes de Sodoma y de Gomorra, a pesar de que nada tenía que perder él.  Y su insistencia que no le dejaba rendirse en su petición machacona, confiando en la bondad de su interlocutor, el Señor.

A la petición del discípulo que pide a Jesús le enseñe a orar, él contesta dando el ejemplo que resume su oración, el ejemplo que expresa su estilo de orar, su manera de dirigirse al Padre.

Él se presenta como verdadero Maestro de oración pues enseña con su vida. El discípulo que se ha percatado de su ejemplo, encuentra en la fórmula del Padrenuestro la  oración perfecta, que él tan sólo se “atreverá a decir”, como afirmarnos respetuosamente antes de recitarlo en la celebración litúrgica.

Mis hermanas y hermanos, que unidos a nuestra Niña Santa María de Guadalupe y a nuestro querido San Juan Diego Cuauhtlatoatzin le digamos con todas las fuerzas de nuestro corazón: “Señor, enséñanos a orar y a disfrutar de la oración. Que no sea para nosotros tanto una obligación pesada, sino como el respirar alegre de nuestra vida creyente”. Haznos tomar conciencia de que de alguna manera somos responsables de la suerte de los demás. Amén.

 
 
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