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Homilía
pronunciada por Mons. Diego Monroy Ponce, r
ector de la Insigne y Nacional Basílica de Santa María de Guadalupe en la celebración del II Domingo Ordinario.

Domingo 18 de enero del 2004

LA FIESTA HA COMENZADO

           Demos gracias, hermanos, a Dios, nuestro Padre, pues por medio de su Hijo, nos ha hecho capaces de participar en la gran fiesta eterna a la que estamos llamados con todos los que Dios ama y quiere salvar.

           Comenzamos, hermanos, ya de lleno, el recorrido por las grandes enseñanzas de Jesús. El tiempo ordinario del año litúrgico se abre de una manera por demás hermosa, grandiosa y muy profunda. Es como cuando se encuentra uno ante la fachada de una obra arquitectónica singular; o, acudiendo al campo de la música, es como si de pronto nos encontráramos oyendo la obertura de una de esas sinfonías más bellas, en la que se nos ofrece un avance de todos los temas musicales de los cuales somos invitados disfrutar en el concierto. En fin, un pórtico arquitectónico o una obertura musical son dos imágenes que, me parece, ayudan a situarnos no sólo con gratitud y gozo ante la vida y el misterio de Cristo, sino a aprovechar al máximo el recorrido que haremos en el año litúrgico.

           Este domingo, mis hermanos, la palabra de Dios se nos da en un hermoso y rico lenguaje simbólico. Sabemos que una buena lectura de la Escritura, para que produzca los frutos que le son propios, ha de leerse sí literalmente pero no “literalistamente”, o sea al pie de la letra. Sabemos que una lectura mal hecha es la que toma los textos de una manera material. Es lo que hacen quienes adoptan una actitud fundamentalista ante la religión. Y sabemos, mis hermanos, cuánto mal hacen actitudes cerradas que llevan al fanatismo tan peligroso como estéril y agresivo.

           Por eso, hermanos, veamos qué nos dicen a la letra los textos que, para darnos la palabra de Dios, echan mano de imágenes propias de la literatura y la cultura del pueblo de Israel de hace más de veinte siglos.

           La primera lectura está tomada de la tercera parte de Isaías un profeta que, lleno de optimismo, alienta al pueblo a vivir la alegría del regreso de un exilio de cincuenta años que está por concluir. Jerusalén, la ciudad capital, representa a ese pueblo que, a través de la salvación, vivirá una experiencia tan profunda y tan duradera como la alianza matrimonial: por amor y para siempre. Cuando la obra salvadora de Dios se haga realidad, Jerusalén hasta tendrá otro nombre, pues como corona de gloria y diadema real en la palma de la mano de Dios, verá su suerte tan diferente que aquel nombre ya no corresponderá a su realidad. En fin, este reencuentro del pueblo elegido con su Dios será muy semejante a un matrimonio celebrado en la fidelidad y en la alegría perpetuas. En efecto, en lugar de vivir en abandono y desolación, será la complacencia del esposo.

           Hermanos, la imagen de un Dios que se desposa con su pueblo es muy común en la Sagrada Escritura, especialmente en el mensaje de los profetas, para indicar la estabilidad y la profundidad del amor de Dios para con su pueblo —y a partir de Cristo, con toda la humanidad redimida—, de manera que quedó bien establecido, desde la antigüedad de la revelación, que la fidelidad de Dios está a prueba de la infidelidad del hombre. También se quiere significar, con estas imágenes nupciales, que la alegría de la salvación de toda la vida humana sólo encuentra algún parecido con el gozo que puede proporcionar el amor y la intimidad del matrimonio.

           Esta certeza llega a su colmo a través de Jesucristo que ha venido a establecer una nueva y definitiva relación, en el amor, entre Dios y la humanidad. Esta es la clave de interpretación del evangelio de hoy. No tiene mucho sentido fijarnos demasiado en el hecho del “milagro” ni en su realidad histórica. Recordemos que en último caso, todos los milagros son señales. De manera que detenernos en tratar de ver el milagro y quedarnos maravillados por él, nos privaría de recibir el mensaje con toda su riqueza. Y, aunque nuestra Señora la Virgen María, sea, según lo creemos los católicos una intercesora nuestra, si nos detuviéramos a hablar de ella este domingo, no estaríamos recibiendo el mensaje que Dios nos regala hoy. Lo mismo, sería una distorsión del mensaje, llevar la reflexión por el tema del matrimonio, por más que pueda aprovecharse en otro momento.

           Como decíamos al principio, en este domingo en el que, siguiendo a Jesús en sus acciones y en sus palabras, es decir sus enseñanzas, iniciamos el recorrido por el evangelio, llevados por la mano de san Lucas, la Iglesia nos presenta, por medio de estas lecturas, el misterio de un Dios-hombre, objeto directo de nuestra fe.

           Tal vez más que en cualquier otro libro de la Escritura, hermanos, san Juan utiliza un lenguaje simbólico para enseñarnos tanto el mensaje acerca de Cristo como su mismo mensaje. Si en los otros tres evangelios, Jesús emplea un lenguaje a base de parábolas que es necesario interpretar, en el evangelio de Juan todo su lenguaje, las palabras, las expresiones, etc., tienen que ser interpretadas a la luz de la tradición bíblica.

           Los comentaristas modernos del evangelio de san Juan, en sintonía con varios padres de la Iglesia primitiva, coinciden, en resumidas cuentas, en que este episodio de la vida de Jesús, transmitido sólo por san Juan, es antes que nada, una catequesis sobre el misterio de Jesús que viene, con su vida, pasión, muerte y resurrección a establecer una y definitiva alianza de amor de parte de Dios con todos aquellos que lo esperan, lo buscan y lo encuentran, es decir, están abiertos al amor fiel y perfecto de Dios. De todos éstos, es símbolo la madre, pues ella está atenta al problema de una carencia fundamental de la fiesta: la falta del vino como factor de la alegría. Sin este elemento, la fiesta, la boda, como celebración no tiene consistencia. El agua no es suficiente, no hace más que mantener en la vida, pero sin alegría. Ésta representa a la ley que, por más que se observe, deja mucho que desear. Sólo el Espíritu, que Jesús da y del cual es símbolo el vino, puede hacer posible una verdadera relación de alegría en el amor con Dios, simbolizado por el novio.

           Y así es, hermanos. A la fiesta eterna a la que somos invitados todos, no entramos sólo con nuestros esfuerzos, proyectos, medios o búsquedas. Era necesario que Jesús, el Hijo del Padre, nos diera su Espíritu, mediante su muerte y resurrección. Solo así podemos estar ya desde ahora en fiesta. En esa fiesta que comenzó el día de nuestro bautismo y en la que nos mantenemos, no sólo en la observancia de ritos y leyes, sino sobre todo, dejándonos amar, es decir salvar, por un Dios que como un esposo enamorado nos busca para hacernos suyos.

           En esto, Santa María de Guadalupe, nuestra Señora, es experta y maestra. Que la devoción que le profesamos nos asegure su intercesión para vivir este misterio cada domingo con mayor intensidad y profundidad a fin de ser todos juntos y cada uno diadema y gloria de su nombre.

            Amén.

  

 
 
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