Homilía
pronunciada por M.I. Sr. Cango. Pedro R. Tapia Rosete, Acipreste
del Cabildo de Guadalupe en la celebración
del Domingo XVIII
Ordinario
1 de agosto de 2004
Todas las
cosas que el ser humano hace y posee son vanidad pura, dice Qohelet,
autor de la primera lectura que hoy escuchamos. El Qohelet al contrario
del autor del libro de Job y de los autores de muchos salmos, reflexiona
en la monotonía de lo que existe en el mundo y de aquello
por lo que se afana el hombre a fin de obtener un poco de felicidad
concluyendo que todo es tan fugaz que es absurdo afanarse por algo.
¡Nada es para siempre! Según el autor sagrado, ni siquiera
vale la pena ser virtuoso o santo.
Pero como este texto, que para algunos resulta tan escandaloso,
es Palabra de Dios, hemos de entender en realidad que se trata de
una invitación a colocarnos frente a lo que poseemos y hacemos
con una actitud humilde y realista, ya que, por un lado, no podemos
negar que todo eso nos proporciona alegrías y satisfacciones
que son un gran estimulo para ocuparnos con sentido en las tareas
de cada día; y por otro, nos recuerda el autor que todo eso
es don de Dios. Así que, no nos quedemos con el mal sabor
que nos pueden dejar unas frases entresacadas de la Escritura Sagrada.
Por lo demás, es muy útil para nuestra comprensión,
saber que para la época en que se escribió este texto
bíblico (s. III a. C.) todavía no existe enseñanza
alguna sobre la retribución después de la muerte.
El texto sagrado nos enseña que nada de
lo que tenemos o adquirimos con el esfuerzo, las habilidades y la
inteligencia es absoluto, sino más bien, relativo. Esto nos
ayuda tener, como cristianos, ¡si! alegría y gozo por
lo bueno que pueda proporcionamos, pero al mismo tiempo, nos impulsa
a buscar algo que nos asegure una felicidad perfecta.
Por su parte san Pablo, en la segunda lectura,
nos señala, en primer lugar la razón por la cual no
podemos poner toda nuestra "esperanza y nuestra seguridad en
las cosas" de este mundo; y esta razón, es que hemos
resucitado, mediante el bautismo, a una vida nueva que, cada día,
se va haciendo realidad misteriosamente de forma lenta pero progresiva
y cada vez más firme por la obra del Espíritu en nosotros.
En segundo lugar, el Apóstol nos indica claramente que lo
más importante es buscar las cosas de arriba, no las de la
tierra.
Jesús, en el evangelio según san
Lucas que acabamos de escuchar, nos da estas mismas indicaciones
a propósito de la petición de un hombre que le pide
su intervención para que su hermano comparta con ella herencia.
EI Señor Jesús nos previene precisamente contra la
codicia, que no es otra cosa que el deseo desmedido, y a costa de
lo que sea, de obtener lo que consideramos que nos dará seguridad
y felicidad. El Señor asegura que los bienes materiales no
aseguran en nada la vida.
Por todos los medio de comunicación masiva,
se busca inducirnos a creer que necesitamos mochas cosas para ser
felices. Y, siguiendo al Eclesiastés, podemos aceptar que
es cierto que los bienes materiales, nos dan cierto bienestar y
resultan muy gratificantes, sobre todo cuando son el producto de
nuestro trabajo. Incluso son necesarios para vivir de una manera
digna de hijos de Dios. Pero Jesús nos advierte que hay valores
más altos por los que hay que trabajar. Es necesario que
aprendamos a hacemos ricos de aquellas cosas, que le interesan a
Dios. Estas son las casas que valen para Dios: la misericordia,
la solidaridad con los que menos tienen, el perdón, la paz,
etc. Conviene, que vayamos comprendiendo cada vez más que
lo mejor de tener es poder compartir; desde luego, de una manera
responsable, por ejemplo, con quienes lo pueden utilizar en su desarrollo
personal. No olvidemos lo que san Pablo nos dice, según el
citando al Señor Jesús, Mayor felicidad hay en dar
que en recibir.
En la Eucaristía tenemos, la mejor oportunidad
de aprender a compartir a la luz de la Palabra de Dios y siguiendo
el ejemplo de Jesucristo que compartió con nosotros su propia
vida. También en esto la celebración dominical de
la Santa Misa nos hace crecer en la amistad no sólo con Dios,
sino también con nuestros hermanos. Nuestra presencia en
la celebración eucarística no es una practica individualista
y cerrada que nos haga olvidamos de todos para centramos en Dios.
Al contrario, la Eucaristía implica un compromiso real y
efectivo con los que menos tienen.
Dirijamos nuestra mirada a la Madre de Dios y Madre
nuestra, Santa Maria de Guadalupe, pues ella, en su humildad y obediencia
nos enseña, en su visita a Isabel, su pariente, a compartir
los bienes de la salvación mediante el servicio. Que esta
Señora interceda por nosotros para ser ricos para Dios. Amén.