Homilía
Pronunciada por Mons. Diego Monroy Ponce
Vicario General y Episcopal de Guadalupe
Rector del Santuario
SOLEMNIDAD DE SANTA MARÍA DE GUADALUPE
12 DE DICIEMBRE 2004
SANTA MARÍA DE GUADALUPE, MODELO DE DEVOCIÓN EUCARÍSTICA
Eucaristía Solemne de la Festividad
de Santa María de Guadalupe
00:00 hrs. 12 de Diciembre del 2004
Altar Mayor de la Insigne y Nacional Basílica de Guadalupe
Alabemos
a Santa María de Guadalupe, Madre del Señor, nuestra Niña y Madrecita;
figura de nuestra Iglesia que peregrina hacia la casa del Padre.
Ella es para nosotros causa de gran gozo y profunda alegría porque,
con su obediencia, nos ha dado al Salvador, no sólo trayéndolo al
mundo en la humanidad de nuestra carne sino, más grandiosamente,
como una verdadera misionera, lo ha traído a estas tierras de
la América que Dios había dispuesto salvar por la fe en su Hijo amado.
La
Palabra de Dios, que tiene como centro de
su mensaje a Cristo Jesús, el hombre Dios nacido del Padre
antes de todos los siglos y nacido de María en la plenitud de los
tiempos (segunda lectura), nos habla también de María. Porque
ella está necesariamente vinculada, por voluntad divina,
al misterio de su hijo Jesús. Y lo que ella vivió, antes y
después de la encarnación, es entonces, para nosotros altamente significativo,
pues es para nosotros el modelo de nuestra espera, de nuestro
trato con Él y de nuestra obediencia.
Los
invito, pues, hermanos, a reflexionar, en la figura de María nuestra
Madre de Guadalupe, dejándonos iluminar por Isaías y
por el evangelio de la Solemnidad de hoy.
Tal
vez hemos de tomar hoy las figuras de Isaías y de Ajaz en contraste
con la de María, Isabel y Juan el Bautista. Históricamente el
texto profético se refiere a la oferta de una señal que, por medio
de Isaías, Dios ofrece al rey Ajaz, como garantía de su fidelidad
a David de mantenerle siempre un sucesor suyo en el trono. El
rey no la acepta presumiendo de no atreverse a tentar a Dios mientras
duda de esta fidelidad y asistencia divina al acudir a las potencias
extranjeras para librarse de una invasión enemiga. La actitud de de
Ajaz es, pues, bastante incoherente, si es que no hasta hipócrita.
Pero
la señal que ofrece y da el Señor Dios a Ajaz, a pesar de que éste
la rechaza, es precisamente que su mujer, que es muy joven, ya está
encinta y tendrá, por tanto un sucesor en el trono. Con esto Dios
se está comprometiendo con el rey a mantener la dinastía iniciada
en David. Por tanto no debe temer ni invasión, ni mucho menos
derrota alguna que pudiera acabar con la dinastía davídica.
El
evangelio, que hoy hemos escuchado para esta solemnidad de Guadalupe,
nos ha descrito la visita de Nuestra Señora a su prima Isabel.
La actitud de María ante la señal que el ángel le da de parte
del Señor contrasta, como ya hemos advertido, con la del
rey Ajaz.
Vemos, entonces, mis hermanos, a nuestra
Señora, llevada por el Espíritu de Dios y por su fe, muy solícita
en acudir a asistir a su prima y a felicitarla por haber sido objeto
de la misericordia de Dios. María, como era muy natural, no
alcanzaba a comprender la obra de Dios realizada en ella y por
eso, sin pedirla, el ángel le ofrece también una señal.
En
el encuentro con Isabel, María confirmó en la fe el anuncio del
ángel, pues la respuesta del precursor, el futuro Bautista
saludó desde el vientre de su madre a su Señor, a quien estaba
destinado a servir, anunciándolo y presentándolo al mundo, que estaba
en el trono del vientre de su Madre como el sucesor de David dando,
así cumplimiento a la promesa de salvación ya no sólo para Israel
sino para toda la humanidad.
Hermanos
muy queridos, a la luz de estos textos que nos colocan frente a la
Palabra de Dios, no podemos sino parodiar las palabras de Isabel en
este encuentro, ¿Qué tenemos, qué méritos hemos hecho para que
la Madre de nuestro Señor, esta mujer llena de fe y de gracia que,
llevada sólo por la obediencia y el servicio a Dios, haya venido a
traernos al que es la salvación misma, el bendito fruto de su vientre,
al verdaderísimo Dios por quien se vive?
Este doce de diciembre se festejan 250 años de que Santa María
de Guadalupe tiene su festividad propia, con rito y oficio aplicado
a su culto; y que, desde entonces, ha quedado inscrita en el misal
o breviario romano. Por lo tanto, se cumplen 250 años de que el
papa Benedicto XIV la declaró, mediante una bula, como patrona universal
de la “nación mexicana”. También se conmemoran 250 años de la
tradición de celebrarla mediante una octava, hoy doceava, que este
día culmina. Desde hace 250 años todos los mexicanos han quedado
obligados a celebrar esta festividad, renovando el juramento a su
patronato, reconocido por la Silla Apostólica.
Este poder de convocatoria que hoy se manifiesta con esta asistencia
millonaria, desde entonces tiene un instrumento legal para acreditarse y representarse.
No por casualidad ella acompañó el nacimiento de la nación,
desde su gestación más temprana y antes de que los caudillos llamaran
a la independencia.
En suma, la trascendencia de estos hechos debe hoy ponderarse,
según las siguientes circunstancias religiosas y políticas y su indudable
trascendencia histórica:
El Papa en su bula se pronunció sobre el patronato con inusitada
decisión: manda, ordena y decreta que María de Guadalupe entre
en posesión de sus derechos como figura tutelar del pueblo de México.
Quedó, así, fijado en el calendario como la primera fiesta nacional
que tuvo México (entonces la Nueva España) y se estableció el compromiso
de las autoridades eclesiásticas y civiles para refrendar y mantener
siempre este juramento.
Por eso, hasta 1855 todos los presidentes de
la República del bando que fuesen, como antes los virreyes,
acudían con investidura a este santuario junto con el arzobispo
de México. Desde el recinto del Congreso de la Unión, los diputados
la proclamaron en 1822 “verdadera autora de la emancipación nacional”
y su Imagen presidía las sesiones en ese recinto soberano.
Para muchos juristas y pensadores de los siglos XIX y XX, estos instrumentos pontificios acreditaron
finalmente el estatuto de “nación” a los pobladores del reino de la
Nueva España; es decir, por primera vez cultural, jurídica,
social y religiosamente pudieron reconocerse como un solo cuerpo verdaderamente
“nacional”. En otras palabras: allí surgió la plena conciencia
de un territorio común, unificado y compartido amparado por el
Patronato.
Desde luego que “el nacimiento de México” aquí tuvo su primera
formulación a la vida pública. Y sus repercusiones patrióticas y políticas
fueron tan profundas que acreditaron, a la postre, el sentimiento
de soberanía. No se olvide que la misma emancipación de 1810
apeló a este estatuto de iure o fidelidad hecha a María de
Guadalupe para llamar a la lucha. La historia de México muy probablemente
hubiera sido otra sin el antecedente del patronato guadalupano de
1754: en la accidentada historia del siglo XIX, el patronato coadyuvó
a la unificación de la sociedad y a la conservación del territorio
(sin que sus regiones tan diversas se dispersaran o entraran en guerras
entre países hermanos, tal como o sucedió en Sudamérica).
Es necesario, pues, celebrar hoy con júbilo que el patronato
siga vivo e incorporado a nuestra vida cotidiana; en los talleres,
en las fábricas y en las oficinas, en el campo, en la ciudad, en cada
hogar y corazón de sus fieles se proclama diariamente que tenemos
una madre y una Patrona común a todos nosotros. Cada quien sabe,
a su modo, que Ella ha acompañado desde el siglo XVI nuestro paso
por la historia. Hoy desde aquí queremos recuperar algunos de los
significados más importantes con que ha iluminado nuestro quehacer
en la vida nacional: Ella ha significado, en términos proféticos,
la evangelización en este continente; y, en términos históricos, la
conservación de un territorio común y, sobre todo, la identidad
racial con la que hoy su Imagen convoca a sus hijos adentro y
fuera de nuestra fronteras.
Ante
tan grande acontecimiento protagonizado por María hace ya cerca de
medio siglo, no podemos más que reaccionar como Juan e Isabel,
y no como Ajaz frente a Isaías el profeta. Con gozo y alegría al mismo
tiempo que con una profunda gratitud a María, le decimos: Bendita
tú entre las mujeres y bendito el fruto de tu seno.
Quiera el Señor todopoderoso y rico en misericordia
llenarnos de su gracia como a nuestra Madre santísima de Guadalupe,
para que, también como ella, corramos presurosos a comprobar en
la experiencia de la fe los dones que Dios nos ha regalado; y
para que como Isabel y Juan, su hijo, podamos proclamar a Cristo
que se hace presente en medio de nosotros continuamente en el
santísimo sacramento de la Eucaristía.
Si la Virgen María creyó lo que el ángel le dijo y
fue movida por su actitud de fe a comprobarlo y salió ganando todavía
más al grado de exultar en la alegría del Magnificat, también nosotros
mis queridos hermanos, saldremos ganando al creer que Cristo está
con nosotros, fiel y solidario con nosotros permanentemente, en
la Eucaristía que se celebra hasta en los más recónditos lugares de
nuestro continente.
Invito
a todos, queridos hermanos, a vivir cada día más intensamente la
Eucaristía no sólo en la cantidad de celebraciones, haciendo todo
lo posible porque nunca nos falte; sino, como nos pide el santo padre
Juan Pablo, a vivir más intensamente cada celebración mediante
la atención, la participación activa y consciente y, sobre todo dejando
que esa experiencia de fe, que se da en el encuentro con su Palabra
en las asambleas dominicales, se proyecte en todos los ámbitos
de la vida diaria, empezando por el familiar y siguiendo con los
ambientes político, económico y laboral, sin dejar de lado el descanso
y de la cultura en general. Que se note nuestra pertenencia a Cristo.
Este
será un servicio incomparable a todos aquellos que buscan al Señor
o se sienten desanimados y confundidos por tantas miserias humanas,
propias y ajenas de las que son o somos víctimas. En estos momentos
de grandes crisis de valores y en el que vivimos “pensionados por
nuestra incipiente democracia, luchando ante tanta impunidad, corrupción
y mentira, hartos de las luchas despiadadas por el poder, agobiados
por la inseguridad y la creciente pobreza y por una desigualdad injustificable,
amenazados en nuestros valores mas apreciados como son la vida y la
familia, acosado por el pansexualismo, el narcotráfico y sus secuelas
destructivas; urge que todos los hijos de María y discípulos de
su Hijo, demos con nuestras actitudes testimonio de esperanza
y de la fe que decimos profesar y de la devoción que sentimos por
nuestra madre común: Nuestra Niña de Guadalupe, urge que seamos
hombres y mujeres valientes que se arriesguen en la construcción
de un México y una América más justa, solidaria y fraternal; no basta
con denunciar y criticar, es preciso comprometerse y colaborar con
el Señor de la historia para que pueda construir, este año que
viene, un poco más que el pasado, los “cielos nuevos y la tierra nueva”
que Él sueña para nosotros.
Estamos
seguros de que María de Guadalupe, maestra en al contemplación
de las obras de Dios y ejecutora alegre de su voluntad, nos acompaña
siempre en este propósito nuestro con el cual queremos honrarla a
ella y dar gloria a Dios en nuestro Continente Americano.
Que
así sea.