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Versión Estenográfica

Homilía
pronunciada por el Cardenal Norberto Rivera, Arzobispo Primado de México, en el Santuario de San Juan Diego

9 de diciembre de 2003

FIESTA DE SAN JUAN DIEGO

     Nuestra Señora de Guadalupe, la perfecta siempre Virgen, Santa María, Madre del Verdadero Dios por quien se vive, del Creador de las personas, del Dueño de la cercanía y de la inmediación, del Dueño del cielo, del Dueño de la tierra, ya hace siglos que cumplió la palabra que dio a su amado Juan Diego Cuauhtlatoatzin;[1] a quien le había dicho: “«ten por seguro que mucho lo agradeceré y lo pagaré, que por ello te enriqueceré, te glorificaré»”.[2] Digo que ya hace siglos que la Señora del Cielo cumplió su promesa, porque, en expresión de S.S. Juan Pablo II, un día como hoy, 9 de diciembre, Juan Diego entró al cielo y contempló a la Madre del verdaderísimo Dios por quien se vive, y años más tarde se fue definitivamente con ella como consta por su Canonización que el mismo Santo Padre ha proclamado.

La alegría es inmensa cuando conocimos, y una vez más hemos comprobado, que fue en diciembre de 1531, en este encuentro lleno de amor entre la Virgen María de Guadalupe y el humilde indio Juan Diego, cuando Ella nos entregó el tesoro de su propio Hijo Jesucristo, nuestro Salvador, que llevaba en el Santuario de su virginal vientre con los bellos resplandores del sol, con la luna como testigo y las estrellas adorándolo. Fue en el Tepeyac donde “los mezquites y nopales y las demás hierbecillas que allá se suelen dar, parecían como esmeraldas. Como turquesa aparecía su follaje. Y su tronco, sus espinas, sus aguates, relucían como el oro” [3] con la tierra y el universo entero cubriéndolo de gloria y majestad; entre flores y cantos de la Verdad que se arraiga en María.

“El resplandor de Ella como preciosas piedras, como ajorca (todo lo más bello) parecía: la tierra como que relumbraba con los resplandores del arco iris en la niebla”[4]. Cuando Juan Diego contempló estas maravillosas manifestaciones, inmediatamente vino a su mente la imagen del paraíso celestial que tanto había escuchado describir a sus antepasados; absorto, pero con el alma y el corazón sin turbación, exclamó: “«¿Dónde estoy? ¿Dónde me veo? ¿Acaso allá donde dejaron dicho los antiguos nuestros antepasados, nuestros abuelos: en la tierra de las flores, en la tierra del maíz, de nuestra carne, de nuestro sustento, acaso en la tierra celestial?»”[5]. Juan Diego sabía que algo trascendental estaba sucediendo. De hecho, el pueblo indígena para manifestar un evento divino y celestial, decía que éste se presentaba entre “entre nieblas y nubes”. Los sabios indígenas al dialogar con los primeros misioneros franciscanos que les hablaban de Dios, declaraban que éstos habían venido: “entre las nubes y nieblas (camino que nunca supimos –decían los sabios indígenas–) enviados de Dios entre nosotros por ojos, oídos y boca suya el que es invisible y espiritual, en vosotros se nos muestra visible.”[6]. Y es así, Nuestra Señora de Guadalupe ha venido entre nieblas y nubes como se presenta ante Juan Diego, y como se manifiesta en su maravillosa Imagen; y por Ella, Dios mismo se ha hecho visible.

No cabe duda que María de Guadalupe amaba a su hijo Juan Diego, y era necesario que precisamente una persona humilde y sencilla como él, fuera el portador de uno de los mensajes más hermosos e importantes no sólo para su momento, sino para cualquier tiempo; no sólo para México, sino para el mundo entero, que vive un conflictivo momento. Era necesario que este mensaje fuera confirmado por la Iglesia, por ello eran indispensables la anuencia y aceptación del Obispo de la Ciudad de México; y con el rigor de una buena madre amorosa María de Guadalupe confirmó en su misión a Juan Diego: “«Y mucho te ruego –le dice–, hijo mío el menor, y con rigor te mando, que otra vez vayas [...] a ver al Obispo. Y de mi parte hazle saber, hazle oír mi querer, mi voluntad, para que realice, haga mi templo que le pido. Y bien, de nuevo dile de qué modo yo, personalmente, la siempre Virgen Santa María, yo, que soy la Madre de Dios, te mando».”[7]

Juan Diego fue una persona sencilla y humilde; de grandes valores que se manifestaron en las cosas ordinarias; de gran paciencia y perseverancia, con prudencia y con una gran caridad, que no dudó por un instante en ayudar a su tío Juan Bernardino, cuando éste estaba gravemente enfermo; que se entregó plenamente al servicio de María Santísima de Guadalupe. Por un tiempo iba y venía de su casa de Tulpetlac a barrer el Santuario, ocupación que, entre los indígenas, era un verdadero honor, como recordaba Fray Gerónimo de Mendieta: “A los templos y a todas las cosas consagradas a Dios tienen mucha reverencia, y se precian los viejos, por muy principales que sean, de barrer las iglesias, guardando la costumbre de sus pasados en tiempos de su gentilidad, que en barrer los templos mostraban su devoción (aún los mismos señores).”[8]. También para continuar venerando a la Imagen, para orar, e interceder por las necesidades de su pueblo, y para continuar anunciando el maravilloso Acontecimiento; pero él deseaba entregarse más plenamente a Dios y a la Virgen, por lo que le suplicó al Obispo que le permitiera construir una pequeña choza junto a las paredes del templo para residir ahí. El Obispo, que lo quería bien, accedió a su petición y permitió que se le construyera una casita junto a la Ermita de la Señora del Cielo. Viendo su tío Juan Bernardino que su sobrino servía muy bien a Nuestro Señor y a su preciosa Madre, quiso seguirlo, para estar juntos; “pero Juan Diego no accedió. Le dijo que convenía que se estuviera en su casa, para conservar las casas y tierras que sus padres y abuelos les dejaron”.[9]

En el Nican motecpana se nos informa: “A diario se ocupaba en cosas espirituales y barría el templo. Se postraba delante de la Señora del cielo y la invocaba con fervor; frecuentemente se confesaba, comulgaba, ayunaba, hacía penitencia, se disciplinaba, se ceñía cilicio de malla y escondía en la sombra para poder entregarse a solas a la oración y estar invocando a la Señora del cielo. Era viudo: dos años antes de que se le apareciera la Inmaculada, murió su mujer, que se llamaba María Lucía.[10] Ambos vivían castamente.”[11]. Esto último lo habían decidido después de escuchar la predicación de Fray Toribio Motolinia, quien aseguraba que la castidad era agradable a Dios y a su Santísima Madre.

Algunos de los indios que fueron testigos en las Informaciones Jurídicas de 1666, documento que ha sido aprobado por la Santa Sede como Proceso Apostólico, describieron, no sólo la Ermita o el lugar donde vivía Juan Diego, sino, además, las cualidades, la fama de santidad y la intercesión de Juan Diego ante la Virgen a favor de su pueblo. Veamos sólo tres testimonios que nos sirven de ejemplo: el indio Andrés Juan decía: “y después de la dicha Aparición lo tenían por Varón Santo, y como a tal lo respetaban y lo iban a ver a la dicha Ermita, donde tenía una casita pegada a la de ella, para que intercediese con la Virgen Santísima les diese buenos temporales, y este Testigo conoció en pie la dicha casita, donde asistía el dicho Juan Diego”[12]. El Testigo Marcos Pacheco declaró que su tía les hablaba a él y a sus hermanos del humilde mensajero de la Virgen, pues lo había: “conocido muy bien al dicho Juan Diego, y a María Lucía su mujer y a Juan Bernardino tío del susodicho, porque, como lleva dicho, eran nacidos en este dicho pueblo [Cuauhtitlán], era un indio que vivía honesta y recogidamente y que era muy buen cristiano temeroso de Dios, y de su conciencia, de muy buenas costumbres, y modo de proceder en tanta manera, que en muchas ocasiones le decía a este Testigo, y a dichos sus hermanos la dicha su Tía: «Dios os haga como Juan Diego y su Tío», porque los tenía por muy buenos Indios, y muy buenos Cristianos.”[13] El Testigo Gabriel Xuárez nos dice: “se fue a vivir a una casa Juan Diego que se le hizo pegada a la dicha Ermita, y allá iban muy de ordinario los Naturales de este dicho Pueblo a verlo a dicho paraje y a pedirle intercediese con la Virgen Santísima les diese buenos temporales en sus Milpas, porque en dicho tiempo todos lo tenían por Varón Santo, pues que a él y no a otra persona se le apareció la Virgen y que lo hallaban siempre muy contrito y que hacía muchas penitencias y que esto fue público y notorio en este dicho pueblo y barrios de él.”[14]

Juan Diego edificó a los demás con su testimonio y su palabra; de hecho, se acercaban a él, como vimos, para que intercediera por las necesidades, peticiones y súplicas de su pueblo. Ya “que cuanto pedía y rogaba la Señora del cielo, todo se le concedía”[15]. Juan Diego nunca descuidó la oportunidad de narrar la manera en que había ocurrido el encuentro maravilloso con Nuestra Señora de Guadalupe, y el privilegio de haber sido su mensajero. Fue un auténtico misionero. Por ello la gente sencilla lo reconoció y lo veneró como verdadero santo, y lo ponían como modelo para sus hijos. Esto concuerda con el Nican motecpana donde se exclama sobre la vida ejemplar de Juan Diego: “¡Ojalá que así nosotros le sirvamos y que nos apartemos de todas las cosas perturbadoras de este mundo, para que también podamos alcanzar los eternos gozos del cielo!”[16]. Juan Diego murió en 1548,[17] un poco después de su tío Juan Bernardino, el cual falleció el 15 de mayo de 1544; ambos fueron enterrados en el Santuario que tanto amaron. La veneración del pueblo por el indio Juan Diego fue tal, que edificó ermitas a un lado de las construcciones que la tradición ha identificado como las casas en las que vivió Juan Diego. En Cuauhtitlán, la casa donde nació y se crió, y en Tulpetlac, la casa donde habitó con su esposa María Lucía y su tío Juan Bernardino en el tiempo de las Apariciones; se convirtieron en sitio de peregrinación y devoción.

Hoy, hemos venido a este su Santuario para venerarlo y recordar con gozo como en la mañana del 31 de julio de 2002, todos pudimos ver y oír al Santo Padre Juan Pablo II, que casi al límite de sus fuerzas, proclamó: "En honor de la Santísima Trinidad, para exaltación de la fe católica y crecimiento de la vida cristiana, con la autoridad de nuestro Señor Jesucristo, de los Santos Apóstoles Pedro y Pablo y la nuestra, después de haber reflexionado largamente, invocado muchas veces la ayuda divina y oído el parecer de numerosos hermanos en el episcopado, declaramos y definimos Santo al Beato JUAN DIEGO CUAUHTLATOATZIN y lo inscribimos en el catálogo de los Santos, y establecemos que en toda la Iglesia sea devotamente honrado entre los Santos. En el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo. Amén

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[1] Cuauhtlatoatzin significa: Águila que habla o El que habla como águila. Cfr. Carlos de Sigüenza y Góngora, Piedad Heroica de D. Fernando Cortés, Talleres de la Librería Religiosa, segunda edición de “La Semana Católica”, México 1898, p. 31. También: Xavier Escalada, SJ, Ed. Enciclopedia Guadalupana, México 1997, T. V.

[2] Antonio Valeriano, Nican Mopohua, traducción del náhuatl al castellano del P. Mario Rojas Sánchez, Ed. Fundación La Peregrinación, México 1998, vv. 34-35.

[3] Antonio Valeriano, Nican Mopohua, vv. 20-21.

[4] Antonio Valeriano, Nican Mopohua, vv. 19-20.

[5] Antonio Valeriano, Nican Mopohua, v. 10.

[6] Coloquios y Doctrina Cristiana con que los doce frailes de san Francisco enviados por el Papa Adriano sexto y por el Emperador Carlos quinto convirtieron a los indios de la Nueva España en Lengua Mexicana y Española, Archivo Secreto Vaticano, Misc. Arm-I-91, f. 35r.

[7] Antonio Valeriano, Nican Mopohua, vv. 60-61.

[8] Fray Gerónimo de Mendieta, Historia Eclesiástica, p. 429.

[9] Fernando de Alva Ixtlilxóchitl, Nican Motecpana, en Ernesto de la Torre Villar y Ramiro Navarro de Anda, Testimonios Históricos Guadalupanos, Ed. FCE, México 1982, p. 305.

[10] Cfr. Informaciones Jurídicas de 1666, Archivo Histórico de la Basílica de Guadalupe, Ramo Histórico.

[11] Fernando de Alva Ixtlilxóchitl, Nican Motecpana, p. 305.

[12] «Testimonio de Andrés Juan», en Informaciones Jurídicas de 1666, f. 28v.

[13] «Testimonio de Marcos Pacheco», en Informaciones Jurídicas de 1666, f. 15r-15v.

[14] «Testimonio de Gabriel Xuárez», en Informaciones Jurídicas de 1666, ff. 21v-22r.

[15] Fernando de Alva Ixtlilxóchitl, Nican Motecpana, p. 305. También: Xavier Escalada, SJ, Ed. Enciclopedia Guadalupana, México 1997, T. V. También: Anales de Puebla y Tlaxcala o Anales de los Sabios Tlaxcaltecas o Anales de Catedral, AHMNA, AAMC, N° 18, 1, que dice: “Año de 1548 omomiquili in Juan Diego in oquimotenextilitzino in tlazo Cihuapilli Guadalupe México.” = “Año de 1548. Murió dignamente Juan Diego, a quien se le apareció la preciosa Señora de Guadalupe de México.” También: Añalejo de Bartolache o Manuscrito de la Universidad, BNAH, Archivo Histórico, Archivo de Sucs. Gómez de Orozco, que dice: “Tecxia 1548, Omomiquilili Juan Diego in oquimonextilli in tlazocihuapilli Guadalupe Mexico. Otecihuilo niztac tépetl” = “Año técpatl, 1548 Murió dignamente Juan Diego [a quien] se dignó aparecer la amada Señora de Guadalupe de México. Granizó en el cerro blanco.”

[16] Fernando de Alva Ixtlilxóchitl, Nican Motecpana, p. 305.

[17] Fernando de Alva Ixtlilxóchitl, Nican Motecpana, p. 305.

 


 

  

 
 
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