Nuestra
Señora de Guadalupe, la perfecta siempre Virgen, Santa María,
Madre del Verdadero Dios por quien se vive, del Creador de las personas,
del Dueño de la cercanía y de la inmediación,
del Dueño del cielo, del Dueño de la tierra, ya hace
siglos que cumplió la palabra que dio a su amado Juan Diego
Cuauhtlatoatzin;[1] a quien le había dicho: “«ten
por seguro que mucho lo agradeceré y lo pagaré, que
por ello te enriqueceré, te glorificaré»”.[2]
Digo que ya hace siglos que la Señora del Cielo cumplió
su promesa, porque, en expresión de S.S. Juan Pablo II, un
día como hoy, 9 de diciembre, Juan Diego entró al
cielo y contempló a la Madre del verdaderísimo Dios
por quien se vive, y años más tarde se fue definitivamente
con ella como consta por su Canonización que el mismo Santo
Padre ha proclamado.
La alegría es inmensa cuando conocimos,
y una vez más hemos comprobado, que fue en diciembre de 1531,
en este encuentro lleno de amor entre la Virgen María de
Guadalupe y el humilde indio Juan Diego, cuando Ella nos entregó
el tesoro de su propio Hijo Jesucristo, nuestro Salvador, que llevaba
en el Santuario de su virginal vientre con los bellos resplandores
del sol, con la luna como testigo y las estrellas adorándolo.
Fue en el Tepeyac donde “los mezquites y nopales y las demás
hierbecillas que allá se suelen dar, parecían como
esmeraldas. Como turquesa aparecía su follaje. Y su tronco,
sus espinas, sus aguates, relucían como el oro” [3]
con la tierra y el universo entero cubriéndolo de gloria
y majestad; entre flores y cantos de la Verdad que se arraiga en
María.
“El resplandor de Ella como preciosas piedras,
como ajorca (todo lo más bello) parecía: la tierra
como que relumbraba con los resplandores del arco iris en la niebla”[4].
Cuando Juan Diego contempló estas maravillosas manifestaciones,
inmediatamente vino a su mente la imagen del paraíso celestial
que tanto había escuchado describir a sus antepasados; absorto,
pero con el alma y el corazón sin turbación, exclamó:
“«¿Dónde estoy? ¿Dónde me
veo? ¿Acaso allá donde dejaron dicho los antiguos
nuestros antepasados, nuestros abuelos: en la tierra de las flores,
en la tierra del maíz, de nuestra carne, de nuestro sustento,
acaso en la tierra celestial?»”[5]. Juan Diego sabía
que algo trascendental estaba sucediendo. De hecho, el pueblo indígena
para manifestar un evento divino y celestial, decía que éste
se presentaba entre “entre nieblas y nubes”. Los sabios
indígenas al dialogar con los primeros misioneros franciscanos
que les hablaban de Dios, declaraban que éstos habían
venido: “entre las nubes y nieblas (camino que nunca supimos
–decían los sabios indígenas–) enviados
de Dios entre nosotros por ojos, oídos y boca suya el que
es invisible y espiritual, en vosotros se nos muestra visible.”[6].
Y es así, Nuestra Señora de Guadalupe ha venido entre
nieblas y nubes como se presenta ante Juan Diego, y como se manifiesta
en su maravillosa Imagen; y por Ella, Dios mismo se ha hecho visible.
No cabe duda que María de Guadalupe amaba
a su hijo Juan Diego, y era necesario que precisamente una persona
humilde y sencilla como él, fuera el portador de uno de los
mensajes más hermosos e importantes no sólo para su
momento, sino para cualquier tiempo; no sólo para México,
sino para el mundo entero, que vive un conflictivo momento. Era
necesario que este mensaje fuera confirmado por la Iglesia, por
ello eran indispensables la anuencia y aceptación del Obispo
de la Ciudad de México; y con el rigor de una buena madre
amorosa María de Guadalupe confirmó en su misión
a Juan Diego: “«Y mucho te ruego –le dice–,
hijo mío el menor, y con rigor te mando, que otra vez vayas
[...] a ver al Obispo. Y de mi parte hazle saber, hazle oír
mi querer, mi voluntad, para que realice, haga mi templo que le
pido. Y bien, de nuevo dile de qué modo yo, personalmente,
la siempre Virgen Santa María, yo, que soy la Madre de Dios,
te mando».”[7]
Juan Diego fue una persona sencilla y humilde;
de grandes valores que se manifestaron en las cosas ordinarias;
de gran paciencia y perseverancia, con prudencia y con una gran
caridad, que no dudó por un instante en ayudar a su tío
Juan Bernardino, cuando éste estaba gravemente enfermo; que
se entregó plenamente al servicio de María Santísima
de Guadalupe. Por un tiempo iba y venía de su casa de Tulpetlac
a barrer el Santuario, ocupación que, entre los indígenas,
era un verdadero honor, como recordaba Fray Gerónimo de Mendieta:
“A los templos y a todas las cosas consagradas a Dios tienen
mucha reverencia, y se precian los viejos, por muy principales que
sean, de barrer las iglesias, guardando la costumbre de sus pasados
en tiempos de su gentilidad, que en barrer los templos mostraban
su devoción (aún los mismos señores).”[8].
También para continuar venerando a la Imagen, para orar,
e interceder por las necesidades de su pueblo, y para continuar
anunciando el maravilloso Acontecimiento; pero él deseaba
entregarse más plenamente a Dios y a la Virgen, por lo que
le suplicó al Obispo que le permitiera construir una pequeña
choza junto a las paredes del templo para residir ahí. El
Obispo, que lo quería bien, accedió a su petición
y permitió que se le construyera una casita junto a la Ermita
de la Señora del Cielo. Viendo su tío Juan Bernardino
que su sobrino servía muy bien a Nuestro Señor y a
su preciosa Madre, quiso seguirlo, para estar juntos; “pero
Juan Diego no accedió. Le dijo que convenía que se
estuviera en su casa, para conservar las casas y tierras que sus
padres y abuelos les dejaron”.[9]
En el Nican motecpana se nos informa: “A
diario se ocupaba en cosas espirituales y barría el templo.
Se postraba delante de la Señora del cielo y la invocaba
con fervor; frecuentemente se confesaba, comulgaba, ayunaba, hacía
penitencia, se disciplinaba, se ceñía cilicio de malla
y escondía en la sombra para poder entregarse a solas a la
oración y estar invocando a la Señora del cielo. Era
viudo: dos años antes de que se le apareciera la Inmaculada,
murió su mujer, que se llamaba María Lucía.[10]
Ambos vivían castamente.”[11]. Esto último lo
habían decidido después de escuchar la predicación
de Fray Toribio Motolinia, quien aseguraba que la castidad era agradable
a Dios y a su Santísima Madre.
Algunos de los indios que fueron testigos en las
Informaciones Jurídicas de 1666, documento que ha sido aprobado
por la Santa Sede como Proceso Apostólico, describieron,
no sólo la Ermita o el lugar donde vivía Juan Diego,
sino, además, las cualidades, la fama de santidad y la intercesión
de Juan Diego ante la Virgen a favor de su pueblo. Veamos sólo
tres testimonios que nos sirven de ejemplo: el indio Andrés
Juan decía: “y después de la dicha Aparición
lo tenían por Varón Santo, y como a tal lo respetaban
y lo iban a ver a la dicha Ermita, donde tenía una casita
pegada a la de ella, para que intercediese con la Virgen Santísima
les diese buenos temporales, y este Testigo conoció en pie
la dicha casita, donde asistía el dicho Juan Diego”[12].
El Testigo Marcos Pacheco declaró que su tía les hablaba
a él y a sus hermanos del humilde mensajero de la Virgen,
pues lo había: “conocido muy bien al dicho Juan Diego,
y a María Lucía su mujer y a Juan Bernardino tío
del susodicho, porque, como lleva dicho, eran nacidos en este dicho
pueblo [Cuauhtitlán], era un indio que vivía honesta
y recogidamente y que era muy buen cristiano temeroso de Dios, y
de su conciencia, de muy buenas costumbres, y modo de proceder en
tanta manera, que en muchas ocasiones le decía a este Testigo,
y a dichos sus hermanos la dicha su Tía: «Dios os haga
como Juan Diego y su Tío», porque los tenía
por muy buenos Indios, y muy buenos Cristianos.”[13] El Testigo
Gabriel Xuárez nos dice: “se fue a vivir a una casa
Juan Diego que se le hizo pegada a la dicha Ermita, y allá
iban muy de ordinario los Naturales de este dicho Pueblo a verlo
a dicho paraje y a pedirle intercediese con la Virgen Santísima
les diese buenos temporales en sus Milpas, porque en dicho tiempo
todos lo tenían por Varón Santo, pues que a él
y no a otra persona se le apareció la Virgen y que lo hallaban
siempre muy contrito y que hacía muchas penitencias y que
esto fue público y notorio en este dicho pueblo y barrios
de él.”[14]
Juan Diego edificó a los demás con
su testimonio y su palabra; de hecho, se acercaban a él,
como vimos, para que intercediera por las necesidades, peticiones
y súplicas de su pueblo. Ya “que cuanto pedía
y rogaba la Señora del cielo, todo se le concedía”[15].
Juan Diego nunca descuidó la oportunidad de narrar la manera
en que había ocurrido el encuentro maravilloso con Nuestra
Señora de Guadalupe, y el privilegio de haber sido su mensajero.
Fue un auténtico misionero. Por ello la gente sencilla lo
reconoció y lo veneró como verdadero santo, y lo ponían
como modelo para sus hijos. Esto concuerda con el Nican motecpana
donde se exclama sobre la vida ejemplar de Juan Diego: “¡Ojalá
que así nosotros le sirvamos y que nos apartemos de todas
las cosas perturbadoras de este mundo, para que también podamos
alcanzar los eternos gozos del cielo!”[16]. Juan Diego murió
en 1548,[17] un poco después de su tío Juan Bernardino,
el cual falleció el 15 de mayo de 1544; ambos fueron enterrados
en el Santuario que tanto amaron. La veneración del pueblo
por el indio Juan Diego fue tal, que edificó ermitas a un
lado de las construcciones que la tradición ha identificado
como las casas en las que vivió Juan Diego. En Cuauhtitlán,
la casa donde nació y se crió, y en Tulpetlac, la
casa donde habitó con su esposa María Lucía
y su tío Juan Bernardino en el tiempo de las Apariciones;
se convirtieron en sitio de peregrinación y devoción.
Hoy, hemos venido a este su Santuario para venerarlo
y recordar con gozo como en la mañana del 31 de julio de
2002, todos pudimos ver y oír al Santo Padre Juan Pablo II,
que casi al límite de sus fuerzas, proclamó: "En
honor de la Santísima Trinidad, para exaltación de
la fe católica y crecimiento de la vida cristiana, con la
autoridad de nuestro Señor Jesucristo, de los Santos Apóstoles
Pedro y Pablo y la nuestra, después de haber reflexionado
largamente, invocado muchas veces la ayuda divina y oído
el parecer de numerosos hermanos en el episcopado, declaramos y
definimos Santo al Beato JUAN DIEGO CUAUHTLATOATZIN y lo inscribimos
en el catálogo de los Santos, y establecemos que en toda
la Iglesia sea devotamente honrado entre los Santos. En el nombre
del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo. Amén
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[1] Cuauhtlatoatzin significa: Águila que
habla o El que habla como águila. Cfr. Carlos de Sigüenza
y Góngora, Piedad Heroica de D. Fernando Cortés, Talleres
de la Librería Religiosa, segunda edición de “La
Semana Católica”, México 1898, p. 31. También:
Xavier Escalada, SJ, Ed. Enciclopedia Guadalupana, México
1997, T. V.
[2] Antonio Valeriano, Nican Mopohua, traducción
del náhuatl al castellano del P. Mario Rojas Sánchez,
Ed. Fundación La Peregrinación, México 1998,
vv. 34-35.
[3] Antonio Valeriano, Nican Mopohua, vv. 20-21.
[4] Antonio Valeriano, Nican Mopohua, vv. 19-20.
[5] Antonio Valeriano, Nican Mopohua, v. 10.
[6] Coloquios y Doctrina Cristiana con que los
doce frailes de san Francisco enviados por el Papa Adriano sexto
y por el Emperador Carlos quinto convirtieron a los indios de la
Nueva España en Lengua Mexicana y Española, Archivo
Secreto Vaticano, Misc. Arm-I-91, f. 35r.
[7] Antonio Valeriano, Nican Mopohua, vv. 60-61.
[8] Fray Gerónimo de Mendieta, Historia
Eclesiástica, p. 429.
[9] Fernando de Alva Ixtlilxóchitl, Nican
Motecpana, en Ernesto de la Torre Villar y Ramiro Navarro de Anda,
Testimonios Históricos Guadalupanos, Ed. FCE, México
1982, p. 305.
[10] Cfr. Informaciones Jurídicas de 1666,
Archivo Histórico de la Basílica de Guadalupe, Ramo
Histórico.
[11] Fernando de Alva Ixtlilxóchitl, Nican
Motecpana, p. 305.
[12] «Testimonio de Andrés Juan»,
en Informaciones Jurídicas de 1666, f. 28v.
[13] «Testimonio de Marcos Pacheco»,
en Informaciones Jurídicas de 1666, f. 15r-15v.
[14] «Testimonio de Gabriel Xuárez»,
en Informaciones Jurídicas de 1666, ff. 21v-22r.
[15] Fernando de Alva Ixtlilxóchitl, Nican
Motecpana, p. 305. También: Xavier Escalada, SJ, Ed. Enciclopedia
Guadalupana, México 1997, T. V. También: Anales de
Puebla y Tlaxcala o Anales de los Sabios Tlaxcaltecas o Anales de
Catedral, AHMNA, AAMC, N° 18, 1, que dice: “Año
de 1548 omomiquili in Juan Diego in oquimotenextilitzino in tlazo
Cihuapilli Guadalupe México.” = “Año de
1548. Murió dignamente Juan Diego, a quien se le apareció
la preciosa Señora de Guadalupe de México.”
También: Añalejo de Bartolache o Manuscrito de la
Universidad, BNAH, Archivo Histórico, Archivo de Sucs. Gómez
de Orozco, que dice: “Tecxia 1548, Omomiquilili Juan Diego
in oquimonextilli in tlazocihuapilli Guadalupe Mexico. Otecihuilo
niztac tépetl” = “Año técpatl,
1548 Murió dignamente Juan Diego [a quien] se dignó
aparecer la amada Señora de Guadalupe de México. Granizó
en el cerro blanco.”
[16] Fernando de Alva Ixtlilxóchitl, Nican
Motecpana, p. 305.
[17] Fernando de Alva Ixtlilxóchitl, Nican
Motecpana, p. 305.