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Homilía
pronunciada por el Excmo. Sr. Obispo Don Antonio Lerma Nolasco, Vicario Episcopal de la VII Zona Pastoral, en el Sexto Día del Dozavario, en la Basílica de Guadalupe.

Santa María de Guadalupe presidió el Pentecostés en América

6 de diciembre de 2011

Señor vicario episcopal de Guadalupe, Monseñor Enrique Glennie; ilustres canónigos del Cabildo de Nuestra Señora de Guadalupe; hermanos sacerdotes; hermanos fieles laicos y laicas.

Dentro del vasto legado del Tlatoani poeta, Nezahualcóyotl, versa uno de sus poemas:

Amo el canto del cenzontle,
pájaro de cuatrocientas voces,
amo el color del jade
y el enervante perfume de las flores,
 pero amo más a mi hermano: el hombre.

Un poema por demás bello, sensible e incitante, que hoy podríamos poner en labios de Santa María de Guadalupe y escucharlo dirigido a cada uno de nosotros que participamos en esta celebración eucarística.

En la belleza y sabiduría de la cultura náhuatl, Quetzalcóatl (para los mayas Kukulkán), representaba una honda aspiración humana, a saber: el deseo de unir el cielo con la tierra; ningún ser más terreno que la serpiente, puesto que todo el tiempo está sobre la tierra, ni más celeste que el ave, tan cercana al cielo. Esa es la unidad de los contrarios plasmada en el icono de la “Serpiente Emplumada”, y que proyecta en sí, las últimas aspiraciones del hombre.

Tal deseo y aspiración que se encontraban en lo más hondo de las culturas mesoamericanas, como una de las tantas “Semillas del Verbo” esparcidas por el Espíritu de Dios en estas tierras, encontraron su cumplimiento y satisfacción en Santa María de Guadalupe; no es un lugar, sino una persona, en donde realmente se alcanzó lo siempre deseado, la unidad del cielo con la tierra, de lo humano con lo espiritual, de lo inmanente con lo trascendente.

Certeza de la redención

María es el signo de la redención realizada, por eso su figura es sumamente importante:

“María permanece ante Dios y ante toda la humanidad como el signo inmutable e inviolable de la elección hecha por Dios, una elección más poderosa que toda la experiencia del mal y del pecado y que toda “enemistad” con que quedó marcada la historia del hombre, en esta historia María es puesta como signo de esperanza cierta [1]”.

La Virgen María es un signo que permite a la Iglesia,  (y en especial a la de nuestro México, tan herido y lacerado), mirar al futuro con esperanza y actuar, no sólo reaccionando frente al mal, sino, sobre todo, comunicando el sentido de confianza y de victoria, en la certeza de que la redención se ha realizado, se realiza y sigue realizándose.

María contrasta con todas las formas de amargura, de derrotismo, de pesimismo, de aislamiento, haciendo ver que no son ésas las realidades últimas. La realidad última es la Redención, de la que Ella es signo especialmente en los momentos de temor y de oscuridad.


Perseveraban en la oración con María la madre de Jesús

El libro de los Hechos de los Apóstoles nos narra: «Todos ellos perseveraban en la oración, con un mismo espíritu en compañía de algunas mujeres, de María, la Madre de Jesús, y de sus hermanos»  (Hch 1,14).  Es el paso del Misterio Pascual al Misterio de Pentecostés.

El Hijo de Dios, con su Encarnación abatió el muro de separación de la naturaleza, uniendo en su persona Dios y hombre, el Espíritu y la carne; creando un puente indestructible entre los dos. Con su Pascua abatió el muro de separación del pecado.

Ahora ya nada impide que el Espíritu pueda ser infundido, como de hecho sucederá en Pentecostés.

Gracias al Espíritu Santo, la gracia salvífica del Misterio de la Encarnación y del Misterio Pascual se hacen operantes en nuestra vida.

Y precisamente, María está presente en los tres momentos constitutivos del misterio cristiano y de la Iglesia: La Encarnación, el Misterio Pascual y Pentecostés.

También en el cenáculo, igual que en el Calvario, María es mencionada junto con algunas mujeres. Pero también aquí la calificación “madre de Jesús”, que sigue a la mención de su nombre, lo que cambia todo y pone a María en un plano distinto.

Significa que el Espíritu Santo que ha de venir es “el Espíritu de su Hijo.” Entre Ella y el Espíritu Santo hay un vínculo objetivo e indestructible que es el mismo Jesús que juntos han engendrado

Una Iglesia que se descubre pneumática, es decir, movida y animada por el Espíritu Santo, busca espontáneamente su propio modelo en María que por obra del Espíritu Santo concibió a su Cabeza y Salvador.  Porque en María se refleja la obra que el Espíritu Santo realiza en toda la Iglesia.

María y el Espíritu Santo en el Evangelio de Lucas

Existe un estrecho paralelismo entre la venida del Espíritu Santo sobre María en la Anunciación y su venida sobre la Iglesia en Pentecostés.

El Espíritu Santo es prometido a María como “poder del Altísimo” que “descenderá” sobre Ella (Lc 1,35); a los apóstoles les es prometido igualmente como “poder” que “descenderá” sobre ellos “desde lo alto.” 

Recibido el Espíritu Santo, María se pone a proclamar (megalynei), en un lenguaje inspirado, las grandes obras (megala) que el Señor ha realizado en Ella (Lc 1,46-49). Del mismo modo, los apóstoles, recibido el Espíritu Santo, se ponen a proclamar en diversas lenguas las grandes obras (megaleia) de Dios (Hch 2,11). También el concilio Vaticano II nos habla de esta relación, “María imploraba con sus oraciones el don del Espíritu Santo, que en la Anunciación ya había cubierto con su sombra.”

Todos aquellos a los que les es enviada María, después de este descenso del Espíritu Santo, son a su vez tocados o movidos por el Espíritu Santo. Y nosotros no somos la excepción.

Efectivamente, Santa María de Guadalupe, imploró también la venida del Espíritu Santo sobre nuestro continente y ¡vaya que se derramó! Hoy más de la mitad de todos los católicos del mundo nos encontramos en América y seguimos proclamando las maravillas de Dios en esta oleada de nueva evangelización a que nos invita el soplo del Espíritu a través de S.S. Benedicto XVI.

Fue el Espíritu Santo quien realizó, desde el inicio, la primera unidad comunitaria entre pueblos distintos. En aquel tiempo la gran división, el gran sisma, era entre judíos y gentiles.

Y después de 1500 años, el milagro del Espíritu Santo se repitió, a través del Acontecimiento guadalupano, dos pueblos o razas irreconciliables y antagónicas entre sí, con dos cosmovisiones opuestas y encontradas, dieron origen a un nuevo pueblo, a una nueva raza mestiza, la Raza Cósmica, como la llamó José Vasconcelos.

Jesús ha unido a María y al Espíritu Santo más de cuanto un hijo pueda unir entre sí al padre y a la madre. Porque si cada hijo, simplemente con su vida, proclama que padre y madre estuvieron unidos un instante según la carne, Jesús proclama que el Espíritu Santo y María estuvieron unidos “según el Espíritu.”

La Santísima Virgen, habiendo experimentado en sí misma que Dios realiza obras grades en Ella, a pesar de ser humilde, pobre y sencilla, el Espíritu Santo le enseña el arte y la sabiduría según la cual Dios es aquel Señor que se complace en ensalzar a los humildes y en humillar a los que están arriba.

De igual forma, a través de la presencia de nuestra “Morenita del Tepeyac,” en el Valle del Anáhuac, ensalzó al indio Juan Diego Cuauhtlatoatzin y junto con él, a todas las culturas prehispánicas, así como sigue ensalzando y dignificando a los indígenas de nuestro país.

“E inclinando la cabeza entregó el Espíritu”

Para San Juan, el Don del Espíritu Santo ha sido inaugurado en el Calvario, y en el mismo momento de la muerte de Cristo, que es el comienzo de su glorificación: “inclinando la cabeza entregó al Espíritu.” El agua que sale del costado de Jesús, es vista como el cumplimiento de la promesa sobre los ríos de agua viva que brotarían de su seno y como signo del Espíritu que recibirían los que creyeran en Él.  

Lo que fue la paloma en el bautismo de Jesús, es ahora el agua en este bautismo de la Iglesia; es decir, un símbolo visible de la realidad invisible del Espíritu.  El agua y la sangre son los vehículos sacramentales y símbolos de su efusión.

¿Quién estaba junto a la cruz para acoger ese soplo y estas primicias del Espíritu? Estaba María, junto algunas mujeres y con Juan. Ellos son “los que creen en Él” y que asisten al cumplimiento de la promesa recibiendo el Espíritu.

Este cumplimiento de toda su obra es el nacimiento de la Iglesia, representada por María, en su condición de Madre y por Juan en su condición de creyente.

Jesús sobre la cruz manifestó su amor supremo, cuando en la persona de su Madre y del Discípulo amado constituyó al nuevo pueblo de Dios y les comunicó el don del Espíritu Santo.

Este es el Espíritu del que María recibió las primicias, estando junto a la cruz de Cristo.  Y que siglos después, a través de Ella, se nos comunicaría a nosotros ese mismo Espíritu de Jesús, a través de la Guadalupana.

María, amiga de Dios

María, desde su inmaculada Concepción y de modo especial en la Anunciación, había sido cubierta por la sombra del Espíritu, y así en su vida, fue viviendo nuevas y sucesivas efusiones del Espíritu Santo, hasta llegar a la dilatación o laceración máxima de la cruz.

En ese momento María fue “como plasmada y hecha una nueva creatura por el Espíritu Santo.” [2]

Así, el amor con que Dios nos ha amado hasta el extremo, es el amor con el que nos hace amigos suyos. Por tanto, dentro de todos los títulos tan numerosos en las letanías marianas deberíamos añadir otro más: “María, la amiga de Dios.”

En el Nuevo Testamento Dios tiene ahora a una amiga, y es María. Nosotros podemos apoyarnos en esta amistad entre Dios y María, y es lo que nuestro pueblo de México, de una forma muy especial, ha hecho a lo largo de centurias.

San Bernardo decía que María es la “calzada real” por la cual Dios ha llegado hasta nosotros y por la cual nosotros podemos ahora ir hacia Él.  Parafraseando al santo podemos afirmar que María de Guadalupe fue y es la “calzada real” por la que el Espíritu y el Evangelio llegaron a nuestra patria.

Nosotros, hoy a los pies de Santa María de Guadalupe, nuestra amada “Morenita del Tepeyac”, nos atrevemos a pedir más todavía a María, nuestra Madre y Maestra:

¡Madre, déjanos en herencia todo tu espíritu! ¡Que tu fe, tu esperanza y tu caridad se hagan nuestras! ¡Que tu humildad y sencillez se hagan nuestras! ¡Que tu amor por Dios se haga nuestro!  “Que en todos resida el alma de María para glorificar al Señor; que en todos resida el espíritu de María para exultar a Dios.”

“Porque siempre estáis ahí,
sencillamente porque sois María,
simplemente porque existís,
recibid nuestra acción de gracias,
Madre de Jesucristo.”[3]

Que así sea.



Notas
[1]  Redemptoris Mater  11
[2] Lumen Gentium 56
[3] Paul Claudel, La Vierge à midi en Oeuvre poétique, Gallimard, París 1957,  p.533.
 
 
 
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