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Homilía
pronunciada por S.E.R. Mons. Christophe Pierre, Nuncio Apostólico en México, en la Solemnidad de Santa María de Guadalupe, Bendición de las Rosas, en la Basílica de Guadalupe.


12 de diciembre de 2011

"Al llegar la plenitud de los tiempos, envío Dios a su Hijo, nacido de una mujer, nacido bajo la ley, para rescatar a los que estábamos bajo la ley, a fin de hacernos hijos suyos". Y esa mujer, elegida y predestinada desde toda la eternidad para ser la Madre del Hijo encarnado de Dios, es María, la humilde jovencita de Nazaret.

Queridas hermanas y hermanos: Me alegra encontrarme nuevamente con ustedes y celebrar el Santo Sacrificio Eucarístico en la "casa" de Santa María de Guadalupe que hoy, reunidos para expresarle nuestra profunda gratitud por el don de su presencia y por el cuidado maternal que nos manifiesta a través de su hermosa Imagen estampada milagrosamente sobre la tilma de Juan Diego, nos acoge como lo que somos: como sus hijos.

"Alégrate, llena de gracia, el Señor está contigo"
-le dijo el Arcángel Gabriel en Nazaret, "has hallado gracia ante Dios. Vas a concebir y a dar a luz un hijo y le pondrás por nombre Jesús (…). "El Espíritu Santo descenderá sobre ti y el poder del Altísimo te cubrirá con su sombra". Y añadió: "Ahí tienes a tu parienta Isabel, que a pesar de su vejez, ha concebido un hijo y ya va en el sexto mes la que llamaban estéril, porque no hay nada imposible para Dios".

"Yo soy la esclava del Señor, cúmplase en mí lo que me has dicho",
contestó María con una actitud que indicaba, que Ella era totalmente sierva del Señor, pero, también, que ella debe ser, particularmente a partir de ese momento en que quedaba definitivamente unida al Redentor del mundo y a su misión, servidora del prójimo.

De suyo, como nos trasmite San Lucas en su Evangelio, acogido sin reservas el anuncio de su maternidad y conocida la noticia de la maternidad de Isabel, María presurosa se puso en camino hacia el poblado donde vivía su pariente. Jesús comenzaba a formarse en su seno, y su presencia, penetrando el corazón de la Madre con la fuerza del amor y del servicio, la movía a salir al encuentro del otro, llevando consigo, en su mismo ser, al "Dios-con-nosotros", al Salvador del mundo.

Así, dos mujeres llenas de fe y del Espíritu Santo se encuentran, y maravilladas, alaban juntas al Todopoderoso, confortándose mutuamente en la fe. La presencia de María lleva una bendición a Isabel, provocando dinámico gozo a la vida nueva que crece en su seno. María, por su parte, encontrando a Isabel alaba y glorifica a Dios. Sus corazones se alegran porque Dios las ha mirado y su mirada ha sido fecunda.


Al centro de todo el evento que abraza en primera persona a María, está la fe: "Dichosa tú, que has creído", le dice Isabel. Porque ha creído, es dichosa, y ahí está su grandeza: en el haber creído firmemente y, por ello, en haber sido capaz de acoger sin reserva los designios de Dios.

"A través del camino de su fiat filial y maternal, -leemos en la encíclica «Redemptoris Mater», n.13- «esperando contra esperanza, (María) creyó» (…). Creer quiere decir «abandonarse» en la verdad misma de la palabra del Dios viviente, sabiendo y reconociendo humildemente ¡Cuán insondables son sus designios e inescrutables sus caminos!» (Rom 11, 33). María, que por la eterna voluntad del Altísimo se ha encontrado, puede decirse, en el centro mismo de aquellos «inescrutables caminos» y de los «insondables designios» de Dios, se conforma a ellos en la penumbra de la fe, aceptando plenamente y con corazón abierto todo lo que está dispuesto en el designio divino".

Queridas hermanas y hermanos del amado pueblo mexicano, ustedes, al igual que Isabel, hace cuatrocientos ochenta años tuvieron también la dicha de recibir la visita de María Santísima, nuestra Madre y Maestra en la fe. Y al igual que en aquella ocasión, María, atenta como entonces a las necesidades del prójimo, portando en su seno a su Hijo amado y lleno su corazón de confianza, de amor y de Espíritu Santo, quiso, presurosa, visitar a los habitantes del nuevo pueblo que, no sin dolor, comenzaba a gestarse en estas tierras. Su presencia maternal, sus palabras colmas de cariño, su mensaje de confianza, de optimismo y de particular predilección a todos comprensible atestiguado por su Imagen estampada milagrosamente en la tilma de San Juan Diego, hicieron que la naciente nación saltara de gozo al comprender que, en esa presencia, se hacía también presente el Hijo Unigénito de Dios; que esa presencia significaba y portaba para el México de entonces y de todos los tiempos, gracia y bendición.

¡Cuánto, en verdad, nos ha amado y nos ama María Santísima! Sabía que la necesitábamos; sabe que la necesitamos, y por ello ha venido a nosotros y sigue con nosotros, ofreciéndonos y dándonos ejemplo de amor, de entrega, de solidaridad; animando nuestra confianza, nuestra esperanza, nuestra voluntad para hacer verdaderamente lo que su Hijo nos pide y para transformar positivamente, así, esta nuestra y su querida nación mexicana.

Hace 480 años, María se puso en camino para ser "buena noticia" para los habitantes de las tierras de México, de América y del mundo entero. Ella, aunque ya glorificada, no quiso esconder su tesoro: su propio Hijo e Hijo de Dios. Totalmente generosa, también entonces y también ahora, presurosa lo trasmite y ofrece a los hombres y mujeres desde la sencillez y naturalidad de la vida "ordinaria", para que el don supremo sea para todo mensaje fecundo e irradiación de gozo y de bendición.

¡Cuánta necesidad tenemos hoy, queridas hermanas y hermanos, de personas que siguiendo el ejemplo de María se atrevan a ser "buena noticia" para nuestro mundo que parece sumergirse más y más en un secularismo que quiere un mundo sin Dios, en un relativismo que tiende a sofocar los valores del Evangelio, en una indiferencia religiosa que se gloría de menospreciar el bien superior de las cosas que conciernen a Dios y la Iglesia!

Y, ¡Bendito sea Dios! que, jamás abandonando a su pueblo, también hoy suscita hombres de profunda fe y de ilimitada confianza, y que, no obstante múltiples dificultades, fieles al llamado y al Señor que les sostiene, se atreven a ser "buena noticia".


Uno de ellos, que en nuestro mundo es hoy verdadera y preclara "buena noticia" gracias a su profunda fe, a su transparente testimonio de vida, a su humildad, a su innegable sabiduría y carisma, queridos hermanos, es el Santo Padre Benedicto XVI, quien
puedo darles ahora la grata noticia, ha confirmado su próxima visita a este país.

Él, siguiendo los pasos de Santa María de Guadalupe y del Beato Juan Pablo II, ha decidido venir, visitar y encontrar al, también para él, amado pueblo mexicano. Ha decidido hacerlo movido por los mismos sentimientos, amor, deseos y esperanzas que María Santísima portaba en su corazón al presentarse a san Juan Diego, y con el mismo ánimo y cariño que Juan Pablo II supo trasmitirnos en todas sus visitas. Viene el Santo Padre Benedicto XVI, para ofrecer a los hijos de la Iglesia y a todo hombre de buena voluntad, la palabra y el testimonio de fe valiente, y la palabra de fundada esperanza: y "hablar de la esperanza, es hablar del porvenir y, por tanto, de Dios". El Papa viene para hablarnos de Dios.

Tras su elección como Papa, en un momento en que se vivía una sensación de orfandad luego la muerte del gran Papa Juan Pablo II, el Santo Padre Benedicto XVI quiso presentarse a la Iglesia y al mundo como un humilde trabajador en la viña del Señor, que buscaba hacer sólo la voluntad de Dios y ejercer su ministerio como servicio a Cristo, el verdadero Pastor de la Iglesia.

Fiel a este propósito, a lo largo de estos años sus enseñanzas, su testimonio y su orientación de fe han sido bálsamo y fuerza ante tantas incertidumbres y oscuridades, no sólo para los católicos, sino también para los cristianos no católicos y para los hombres y mujeres que sin prejuicios buscan la verdad y la luz capaz de abrir horizontes de esperanza en un mundo y en una sociedad sumidos en una profunda crisis antropológica.

Por ello, a lo largo de estos años el Papa ha repetidamente insistido en cuanto sea necesario que, incluso en la Iglesia, jamás nos olvidemos de que "Dios es lo primero", de que la cuestión de las cuestiones es la del Dios vivo y personal que da sentido a toda reflexión, a la vida de la Iglesia y, en definitiva, a todo lo que realmente interesa a la persona humana. Que Dios es lo primero y lo básico, porque Él es la fuente de la Verdad, del Amor y de la Vida.

¡Sí, queridos hermanos! El Papa viene a hablarnos de Dios y jamás se cansará de hacerlo. Porque sólo con la fe en Dios se abren las puertas de la vida; sólo con la fe en Dios, que no es fruto de "una decisión ética o una gran idea, sino por el encuentro con un acontecimiento, con una Persona, que da un nuevo horizonte a la vida y, con ello, una orientación decisiva" (Deus est Caritas, 1). El Santo Padre, también por ello, no es un mensajero de ideas, sino testigo de una persona: de Jesucristo Nuestro Señor. Mensajero de la verdad y de la paz, que es Jesucristo mismo.     

Hoy que el mundo se esmera en elegir la senda de los contra valores y que se siente agobiado por la violencia, el dolor y sus múltiples causas; hoy que el cristianismo está en el ojo del huracán desencadenado por el relativismo, enfurecido porque el cristianismo es prácticamente el único que insiste en proclamar, a tiempo y a destiempo, en toda circunstancia y lugar la verdad, la palabra de los hombres que son "buena noticia" como la del Papa Benedicto XVI, se convierte en luz y fuerza para infundir válida esperanza y dinámico optimismo a la humanidad.      

Para el Papa, al igual que toda para la Iglesia "tener miedo, dudar y temer, acomodarse en el presente sin Dios, y también el no tener nada que esperar, son actitudes ajenas a la fe cristiana". Traer a Dios a la mente y a la vida del hombre, es cuestión de fidelidad a Dios y de fidelidad al hombre: "conocerán la verdad, y la verdad les hará libres" (Jn 8,32). Y conocer la verdad significa conocer a Dios y dejarse atraer por Él. La Iglesia no puede permitir que el hombre sea vencido por la mentira.

En consecuencia, siempre en actitud de diálogo, que es una forma más de amar a Dios y al prójimo en el amor de la verdad, pero también con valentía y amor, día a día la Iglesia continuará a ser "buena noticia" para la humanidad, bien consciente de que "el odio es un fracaso, la indiferencia un callejón sin salida y el diálogo una apertura".

Muy queridas hermanas y hermanos. El ejemplo de María nos impele al dinamismo, a tomar parte en la batalla a favor de Dios y del hombre, a ser decididamente "buena noticia". Sabemos bien que en esa lucha, ni el Santo Padre, ni la Iglesia, ni nosotros los creyentes, estamos solos. Es Santa María de Guadalupe quien nos dice: "¿No estoy yo aquí, que soy tu Madre?" Y el mismo libro del Eclesiástico, como aplicándolo a María, proclama: "Yo soy la madre del amor, del temor, del conocimiento y de la santa esperanza. En mi está toda la gracia del camino y de la verdad, toda esperanza de vida y de virtud'.

En este día, sin duda, día de gracia, pidámosle a nuestra Madre de Guadalupe que proteja y abrace con su amor y con su intercesión al Santo Padre Benedicto XVI. Pidámosle que nos inspire sentimientos de gozo y gratitud por el nuevo regalo que quiere ofrecemos en la persona del Santo Padre. Roguémosle que nos ayude a acogerlo y a saber acoger su mensaje de esperanza, de paz, de confianza, de verdad. Implorémosle por nosotros, por cada uno, por todo el amado pueblo mexicano, por los mismos enemigos de la verdad y por la humanidad entera.

Santa María de Guadalupe, Madre del Verbo Eterno, Madre de la Iglesia, Madre nuestra, Reina de México: ¡Gracias por tu inmenso amor por nosotros! ¡Gracias! ¡Salva nuestra Patria y alcánzanos una fe semejante a la tuya!

Amén.
 
 
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