Sagrada
Escritura
Solemnidad de Santa
María de Guadalupe
Is 7, 10-14 / Sir. 24, 23-31: Yo soy la Madre
del amor, Vengan a mi, los que me aman
Gal. 4,4-7 Dios envió a su Hijo, nacido de una
mujer.
Lc. 1, 39-48 Bendita tu entre las mujeres y
bendito el fruto de tu vientre.
La bienaventuranza de
la fe: el elogio dirigido por Isabel a María nos lleva a reflexionar,
en este tiempo de espera, sobre nuestra fe. La fe de María se caracteriza
como una adhesión a la promesa de Dios. María está totalmente segura
de que Dios quiere y sabe ser fiel a la palabra dada. El misterio
de Dios se oculta en aquel niño que, como todos los niños, se va
formando en el seno de su madre. Creyendo, ha comenzado a constatar
cómo Dios es fiel en realizar su promesa. También esto es cierto
para nosotros: si no creemos, no experimentaremos nunca cómo el
don de Dios, misteriosamente, puede ir formándose en nosotros.
La fe de María se manifiesta
también en el hecho de ir a visitar a Isabel: un viaje inspirado
por la premura de su prima que necesita ayuda -como suele decirse
comúnmente y con razón-, pero también un viaje para ir a contemplar
lo que Dios está haciendo en los otros. También nuestra fe
tiene mucho que aprender de esta actitud, ya que debemos tratar
de darnos cuenta de lo que Dios hace en la historia de los demás.
María e Isabel tienen esto en común, de lo que nos podemos aprovechar
nosotros hoy: saben dialogar sobre lo que Dios hace en ellas. Ninguna
de las dos habla de sí, sino de la otra, o de lo que Dios ha hecho,
hasta el cúlmen del Magníficat. La fe de María nos exhorta
a insertarnos en el clima propio de los «pobres del Señor», es decir,
de las personas humildes y sencillas que confían en Dios sabiendo
reconocer su obra. Se nos invita a vivir en una actitud general
de disponibilidad al plan de Dios que nos invita a volver
a las palabras del salmo (39,8) que el autor de la carta a los Hebreos
pone en boca de Cristo: «Aquí estoy para hacer tu voluntad»
(Heb 10,7).
Profundización
del Acontecimiento Guadalupano
El Papa Juan Pablo II declaró: “Y América,
que históricamente ha sido y es crisol de pueblos, ha reconocido
«en el rostro mestizo de la Virgen del Tepeyac, [...] en Santa María
de Guadalupe, [...] un gran ejemplo de evangelización perfectamente
inculturada». Por eso, no sólo en el Centro y en el Sur, sino también
en el Norte del Continente, la Virgen de Guadalupe es venerada como
Reina de toda América.”
Y es verdad, Santa María de Guadalupe sabe descubrir las “semillas
del Verbo”, desechar todo lo que pudiera
entorpecerlas y darles plenitud en su Hijo Jesucristo; logra ser
una experiencia de identidad desde lo profundo del corazón del ser
humano, sin distinción, ya que desde la persona más sencilla hasta
las altas jerarquías siguen transmitiendo este gozo.
Dios tiene la
iniciativa de encontrarse con el ser humano en condiciones tan adversas
y desesperantes, tan desgarradoras y desastrosas que sólo su intervención
podía resolver la situación y con una maravillosa intervención por
medio de lo más precioso para Él, su propia Madre. Por medio de
la Siempre Virgen Santa María de Guadalupe, Dios se encuentra con
el ser humano, se encarna en esta situación, pues Guadalupe lo porta
en su Inmaculado Vientre, es una mujer en cinta y retoma lo bueno
y profundo del espíritu indígena y en él, lo bueno y profundo del
espíritu de todo ser humano, lo verdadero; lo que el Concilio Vaticano
II llama: “las semillas de la Palabra”, y lo lleva todo a la plenitud,
lo que sería una verdadera Pascua Florida, o como podría decirse
en categorías indígenas una verdadera Pascua llena de flores y cantos.
Por ello es claro lo que dice el Siervo de Dios Juan Pablo II, que
el Acontecimiento Guadalupano es el modelo de evangelización perfectamente
inculturada.
El cardenal Paul
Poupard, presidente del Consejo Pontificio para la Cultura, lo plantea
de una manera clara en el Sínodo de América: “Evangelizar una cultura
no significa faltarle al respeto, sino, por el contrario, testimoniarle
un respeto mayor llamándola, en nombre de Cristo, a su pleno desarrollo”. Y como
dice también el gran pensador contemporáneo de origen chileno P.
Joaquín Alliende Luco: “La inculturación ha sido siempre un proceso
accidentado, y hasta con momentos de violencia y lucha. Un modelo
de eximia inculturación fecunda es María de Guadalupe. La misión
evangelizadora de los primeros parecía destinada al fracaso. Después
de las apariciones en el Tepeyac cambió la situación misionera radicalmente.
Interminables procesiones de indígenas solicitaban el bautismo […]
en pocos años, millones de indígenas pidieron a los misioneros españoles
el bautismo cristiano. Guadalupe aparece como el acontecimiento
tal vez más logrado de la historia de la Iglesia.”
Con Santa María
de Guadalupe se inició una nueva creación desde el corazón humano.
En otras palabras, confirmamos nuevamente que en el Acontecimiento
Guadalupano se observa claramente una evangelización inculturada,
no sólo para los indígenas, que en México, aunque se hablaba de
ellos en bloque, integraban diversidad de culturas, sino también
para los españoles y, de alguna manera, en el pueblo mestizo que
recién nacía; Santa María de Guadalupe una mestiza, signo de unidad,
en Ella, de todas las razas, discípula y misionera de Jesucristo
para darlo a él a toda raza, pueblo y nación, o como diría Ella
explícitamente: “a las más variadas estirpes”.
Notas
Juan Pablo
II,
Ecclesia in America, N
o
11, p. 20.
Cfr. Decreto «Ad Gentes Divinitus» en el Concilio
Vaticano II, Cap. 2, N° 11.
Paul Poupard,
en Javier García González, LC, Historia del Sínodo
de América, Ed. Nueva Evangelización, México
1999, p. 192.
Joaquín
Alliende Luco, Para que nuestra América viva, Ed. Nueva Patris, Chile 2007, p.
97.